Semanario de Prensa Libre • No. 244 • 8 de Marzo de 2009

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D frente

“No sacrifico mis emociones”
La relatora especial para la Libertad de Expresión de la OEA habla sobre los derechos de la mujer.

por ana martínez de zárate
fotos: daniel herrera

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Está obsesionada con disfrutar de los últimos rayos de sol de Guatemala, antes de viajar a Washington D. C., donde, desde hace unos meses, vive y trabaja como relatora especial para la Libertad de Expresión en la Organización de Estados Americanos (OEA). La colombiana Catalina Botero estuvo de visita en el país, por primera vez, gracias a una reunión regional sobre este tema. Debido a que enfermó, decidió alargar su estancia una semana más hasta recuperarse. Horas antes de tomar el avión de regreso a la fría capital de EE. UU. a la que todavía no se ha adaptado, disfrutamos de un tranquilo desayuno bajo el sol con esta abogada apasionada y luchadora por los derechos humanos.

¿Es más difícil llegar a este puesto por el hecho de ser mujer?

Cuando tienes el privilegio de tener cierto nivel educativo, el machismo es muy sutil, no es un machismo brutal, evidente y abierto. Se difumina, pero también existe de forma clara. Cuando no tienes ese privilegio, que es lo que le pasa a millones de mujeres en el continente, el machismo es brutal, hay violencia intrafamiliar, hay mujeres que tienen dos y tres jornadas. Sin embargo, es invisible porque nadie habla de eso en ningún país.

¿Ha sido víctima del machismo?

He llevado a cabo investigaciones sobre cómo afrontar un pasado de violencia, como le sucedió a Argentina con las juntas militares. Me fui a ese país con un amigo a entrevistar penalistas. Entonces me sentaba con estos señores y les hacía la pregunta, y ellos le contestaban solo a mi amigo. Era increíble. Cuando se lo dije a él, me dijo que era una paranoia feminista. Y yo lo reté y le dije: “Si en las dos próximas entrevistas pasa eso, me invitas a comer en el mejor restaurante de Buenos Aires”. Y ese día comimos en el mejor restaurante de Buenos Aires. Muchos hombres no son conscientes.

¿Su educación fue igualitaria?

Tuve una educación liberal. Mi mamá es una defensora histórica del medio ambiente y siempre viajaba mucho, y nosotros —tengo una hermana y un hermano menores que yo— nos quedábamos con mi padre. No había una división de roles como la hay en América Latina. Me eduqué sin que nadie estuviera hablando de feminismo de manera constante. Mi papá es un humanista nato que entiende que hay que hacer las cosas por igual. No existía la menor diferencia, ni siquiera en los juguetes.

¿A nivel internacional, cree que se respetan los derechos de la mujer?

No. Creo que hay un enorme avance desde el punto de vista del derecho. En los órganos internacionales ya se habla de los derechos de las mujeres, pero todavía falta mucho para que eso sea una realidad. A muchos hombres les parece ridículo y se burlan de los temas de género. Cuando le muestras las estadísticas efectuadas con una metodología validada que las mujeres ganan menos dinero que los hombres en la misma posición laboral, los pones en un compromiso, no te lo pueden explicar. Son incapaces de aceptar que hay un problema de discriminación de género. Mientras eso no se reconozca, seguirá existiendo.

Hay mujeres que tampoco admiten la existencia del machismo.

Es verdad, el problema no es de los hombres, sino de la cultura, y por eso las mujeres reproducen patrones. Sin embargo, quienes están en una posición de dominación tienen mayor responsabilidad, porque su situación es privilegiada y entonces tienen mayores deberes. Por eso, los hombres tienen el deber de ponerse en el lugar de la mujer. Ayuda mucho que haya habido mujeres que han logrado superar esas barreras y que no han asumido roles masculinos. Es fundamental porque en el mercado laboral es más fácil pelear adquiriendo roles masculinos. Hay que asumir que eres una mujer, que eres diferente y que no te tiene que dar vergüenza llorar, sentir ternura y afecto por la gente que te rodea. Se puede hacer eso y, además, triunfar. Cuesta mucho porque te califican de histérica, tonta o débil.

¿Le ha pasado?

Soy muy apasionada y eso se traduce en sentimientos. Tengo la suerte de que en Colombia llevo 20 años de trabajo profesional público, entonces he logrado demostrar que tengo una buena capacitación técnica, y me lo perdonan, incluso se vuelve un plus. Pero no es lo mismo cuando sales a un país donde no te conocen y te cuentan una tragedia y te conmueves, entonces, si eres un hombre, es visto como algo bueno, pero si eres una mujer es porque eres débil. Todavía no me ha pasado, pero me va a pasar y tengo que estar preparada a que esa sea la lectura y me tiene que dar igual. Ya se acostumbrarán.




De izquierda a derecha: Eduardo Bertoni, anterior Relator de la CIDH, Catalina Botero, Miklós Harasxti, Relator europeo, Frank de la Rue, Relator de la ONU, y Sylvie Coudra, encargada en Unesco de la Libertad de Expresión.



¿Cuál sería la solución para acabar con el machismo?

Lo primero es que haya un reconocimiento abierto del problema. Existe discriminación, cuando hay violencia intrafamiliar y es invisibilizada, cuando la mujer tiene doble jornada, cuando trabaja en el mismo puesto que un hombre y gana la mitad, cuando no son reconocidas como interlocutores iguales en un debate, cuando sus maridos les prohíben trabajar, cuando las formas femeninas son ridiculizadas en el mundo laboral. Hay que reconocer que somos distintos, que vemos el mundo diferente y tenemos otros problemas y que hay patrones culturales de discriminación. Lo segundo es que hay que afrontarlo desde el Estado. Su papel es enorme en todo el proceso educativo. Además, hay que concienciar a toda la sociedad sobre este problema: a los maestros, a los médicos en los hospitales y a la Policía, para que actúe cuando llegue, y no como ha pasado que no ha hecho nada porque entiende que es un problema doméstico.

¿Cree en la política de cuotas?

Sí. No es necesario en países donde no hay discriminación, porque en el proceso de selección no te escogen pensando si eres hombre o mujer, como por ejemplo en Europa del Norte. Pero mientras te contraten teniendo en cuenta el sexo y exista el discurso de “es mujer, va a abandonar la empresa, va a tener unos hijos y nos va a tocar pagarle una licencia”. Mientras siga pasando esto, tiene que haber leyes de cuotas, en donde les obliguen a tener el 40, el 30 o el 20 por ciento de mujeres para que haya en los niveles directivos un porcentaje importante, porque eso permite que la voz de la mujer sea escuchada. Eso no quiere decir que todas representen los intereses de las mujeres, porque hay casos en los que no, y hombres profundamente igualitarios.

¿Ve un cambio en las nuevas generaciones?

Van a la universidad y sienten el valor de la autonomía. No ven normal depender de otra persona, entonces, ya no van a tolerar el maltrato. Y eso es el primer paso. Además, estas nuevas generaciones empiezan a hablar el lenguaje de los derechos. No son militantes, no es la generación de 1960 y 1970, pero los llevan incorporados, entonces saben que tienen derechos, que hay mecanismos para defenderse. Los que han evolucionado menos son los hombres que tienen todavía en su cerebro los roles tradicionales.

¿Qué pasa con las mujeres que no han tenido la posibilidad de educarse?

Son las que más sufren porque, además, tienen escasos recursos y por lo general pertenecen a minorías marginadas. Padecen triple discriminación. Una mujer indígena sin poder adquisitivo es tres veces discriminada. Está sometida a un proceso de dominación brutal y tiene muy pocas herramientas para salir adelante. Hay que admirar a mujeres como Rigoberta Menchú, que ha logrado superar la triple discriminación, y desde el punto de vista de género ha conseguido un logro descomunal. Lo que pasa es que no es suficiente con que las mujeres sean conscientes de sus derechos. Las relaciones de dominación son tan estructurales, que romperlas es casi imposible. Tienen que pelear con su familia, la Iglesia, la comunidad y con toda la sociedad hegemónica. Hay que romper roles estructurales. Ahí es donde el Estado juega un papel esencial.

¿Qué le diría a las personas que niegan el femicidio?

Les diría que es lo mismo que aquellos que niegan que existieron los campos de concentración y dicen que los judíos se murieron de gripe. Que no sean tontos. Que por una vez dejen de mirar desde su posición privilegiada y se pongan en la piel de una mujer que se tiene que levantar a las cuatro de la madrugada para dejar el desayuno de sus hijos, hacerle el almuerzo a su marido, irse a trabajar, volver a arreglar la casa, soportar los gritos y los golpes de su esposo y no poder irse porque quiere proporcionar a sus hijos oportunidades que ella nunca tuvo.

¿Se considera feminista?

Me considero una persona que cree en la igualdad y que hay discriminación por razón de género, por el color de la piel, por cuestión económica, por el país de origen. Creo en la igualdad de todos, pero no creo que seamos idénticos. Por ejemplo, en estos 20 años de profesión, nunca he intentado actuar como hombre. Es decir, no sacrifico mis emociones ni mi forma de ser.

¿De qué se siente más orgullosa?

De haber formado parte de la Corte Constitucional colombiana, que ha sido una de las más importantes de todo el continente y produjo una enorme revolución pacífica en mi país. Cualquier compatriota coincide en una cosa: el recurso de amparo es la gran herramienta que te hace ciudadano. Y eso es gracias a la Corte Constitucional que se tomó en serio la Constitución y los derechos. Este recurso en Colombia lo tienes que resolver en 10 días. Fue una revolución, porque se inculcó una cultura de los derechos.

¿Cuál es el tema que más le conmueve?


Todos los casos en los que las víctimas no pueden defenderse. Son injusticias que deberían salir todos los días en los medios, pero no salen. Eso lo aprendí de Ciro Angarita, un juez de la Corte Constitucional colombiana, que era casi tetrapléjico y que tenía una gran empatía por las víctimas.

Más datos

  • Es abogada, licenciada por la Universidad de los Andes (Bogotá, 1988), con posgrado en Gestión Pública y Derecho Administrativo, en la misma universidad (1989).
  • Tiene varios posgrados. Entre ellos destaca el de Derechos Humanos del Instituto Universitario de Derechos Humanos de la Universidad Complutense de Madrid, España (1990-1991).
  • Trabajó en la Corte Constitucional colombiana durante un período de 10 años.
  • Ha sido docente en varias universidades. En la de los Andes impartió varios cursos, por ejemplo, de Ética, Teoría Constitucional, Derecho Constitucional, Derecho Procesal Constitucional e Interpretación Constitucional.
  • En la actualidad, ocupa el cargo de relatora especial para la Libertad de Expresión de la Organización de los Estados Americanos (OEA).
 
   

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