Semanario de Prensa Libre • No. 244 • 8 de Marzo de 2009

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En primera persona

“Así fueron mis 15 años”
Hubo risas, hambre, un accidente, y nada fue tan malo.

Imagen
Foto Prensa Libre: Familia Santos

Cumplía 15 y de regalo nos fuimos por tierra hacia Panamá. Llevaba mi sueldo de Q800 que había ganado en vacaciones, por si me daban ganas de comprar algo. Mi papá solo llevaba cheques de viajero. El problema fue que recién pasaba la Navidad y no había bancos abiertos. Sobrevivimos con Q800 ¡hasta Nicaragua! En la hielera llevábamos dosis de por vida de vitamina C, porque mi mamá nos llenó con naranjas y paternas. El viaje era bastante placentero; vimos atardeceres preciosos, conocimos a mucha gente amable, comimos gallo pinto, hasta recogimos tierra medicinal de Honduras. Al llegar a Nicaragua, mis Q800 ya casi habían desaparecido. Mi mamá decía, más en serio que en broma, que deberíamos comernos los cheques de viajero de mi papá. En Nicaragua nos quedamos en una pensioncita de “mala muerte”, como diría mi abuela, de a US$2 por persona. Allí vi que, a pesar de la pobreza, los niños encuentran como divertirse. Al casero le regalamos unos zapatos antes de irnos.

¡Al fin llegamos a Costa Rica!, y en el peaje había una cafetería. Fue como un oasis, porque nos cambiaron los cheques. Quién sabe qué cara nos vio la señora que atendía. Ya era miércoles, y teníamos que estar de regreso en Guatemala el sábado, porque el abuelito tenía Alzheimer y se había quedado casi solo en casa. En Costa Rica tuvimos un problema grande: la autopista tenía muchos baches, estaba lloviendo, el carro se somataba tanto que se le torció un muñón; la llanta se quemó; mi hermana y yo nos reíamos a más no poder dentro del carro, tomando fotos de mis papás, que cambiaban la llanta bajo la lluvia.

Por la mañana, otra vez teníamos hambre porque la comida ya se había terminado. En ese momento se alzó en el horizonte un rótulo que nos hizo agua la boca: Campero. Mi papá, nos dijo “¡Venimos de tan lejos para comer Campero!”; de todos modos, allí comimos mientras mi papá fue al banco a cambiar el resto de sus terriblemente encantadores cheques. Por fin, llegamos a la frontera con Panamá. Seguimos. En el lugar llamado Los Ruices había un rótulo que decía: “No corra, van 82 muertos”. De repente, mi papá perdió el control del carro que chocó, volcó, dio vueltas y se fue al precipicio. Solo sentí que él me puso el brazo en el cuello para protegerme. Caímos en un montón de paja o en algo suave, increíble. Todos estábamos bien. Abrieron la puerta del carro y me sacó un señor, después, a mi hermana, a mi mamá y a mi papá.

Todos salimos ilesos, ni un solo rasguño, gracias a Dios. Mi mamá dice que nos sacaron ángeles, porque ella salió sin zapatos y una señorita, que iba manejando atrás de nosotros, le regaló los suyos; unas niñas que vivían en una cabañita a la orilla de la carretera, fueron a preparar camas y comida para nosotros. Lo que faltaba del viaje salió gratis. Un policía paró una pullman que iba para la ciudad de Panamá, le contó al chofer lo que había pasado, y éste nos aceptó con gusto. Al final, nos quedamos dos semanas en Panamá, el abuelito estaba bien, y el carro volvió seis meses después. Gracias a toda la gente que nos ayudó (el hospedaje también salió gratis), y más que nada, gracias a Dios.

Maysa Lucía Santos Barrera
lucialuci313233@yahoo.com

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