Semanario de Prensa Libre • No. 245 • 15 de Marzo de 2009

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Joyas de arte recorren las calles
El mayor esplendor de la escultura guatemalteca es la de los siglos XVII y XVIII. Esas piezas de dramatismo y belleza se acercan cada año a la población devota que las considera un vínculo entre lo terrenal y lo divino. Éstas van rodeadas con detalles especiales en su anda.


Sepultado de La Recolección

por julieta sandoval

A la escultura guatemalteca le llaman el “arte consentido de la Semana Santa”, ya que entorno a ella se mueven todas las manifestaciones de esta fiesta religiosa de tradición centenaria que la convierte en inigualable en el mundo.

Cada año recorren las calles de diferentes ciudades del país, esculturas espléndidas, con gran valor artístico, histórico y cultural. Salen rodeadas de misticismo y devoción para que miles las admiren y las veneren.

El libro Contemplaciones apunta que en Guatemala hay presencia de imágenes religiosas cristianas desde la Conquista; la Virgen del Socorro del siglo XV fue la primera. Para el sometimiento ideológico, uno de los tres que se dieron —los otros fueron el militar y el económico—, los frailes se auxiliaron de las esculturas como elementos pedagógicos para la evangelización. Primero las tallas fueron importadas. Más tarde, a finales del siglo XVI, fray Félix De Mata se dedicó a varias artes, una de ellas la escultura, para la cual trabajó la técnica de la pasta de caña, de origen mexicano, explica Carlos Morán, registrador de bienes coloniales del Ministerio de

Cultura y Deportes.

Después, los frailes enseñaron los fundamentos de la escultura a los artistas nativos, quienes poseían una base ancestral; de esa fusión de estilos, españoles y americanos, surge la talla nacional. Aparecieron los talleres formales dirigidos por un maestro con oficiales y aprendices para satisfacer la demanda. Los primeros modelos se basaron en la copia de grabados importados.

Desarrollo notable

Los cristos crucificados del siglo XVI muestran estilos puros y combinados, con ciertos rasgos renacentistas, influencia gótica y manierista (más dinamismo en la composición). Sin embargo, fue a finales del siglo XVII y todo el XVIII cuando la escultura guatemalteca alcanzó su mayor esplendor artístico y de calidad. Carlos Morán dice que estas piezas son de estilo barroco. “El carácter propio de la imaginería local es tener expresividad, los gestos son más exagerados, y dinámica (las piezas son menos rígidas), con policromías y encarnados notables, así como trabajos de estofe que reproducen texturas y tejidos. Rostros y cuerpos ensangrentados”, agrega


Primera decoración en Jesús de la Merced.

En esta época se desarrolla una serie de imágenes basadas en la narrativa bíblica —Jesús de la columna, del pensamiento, cautivo, nazareno, crucificado, sepultado y resucitado—, la mayoría de uso doméstico o para la veneración privada en los conventos y beaterios, encargadas por los integrantes de las órdenes religiosas, cofradías, hermandades y de estrato social alto, cita el libro Contemplaciones.
Los nombres de los escultores y encarnadores casi nunca fueron registrados, ya que su trabajo era como una ofrenda. El Nazareno de La Merced es el único de quien se conoce con exactitud su procedencia, comenta Morán. Tallada por Mateo de Zúñiga en 1654 y encarnada por don José de la Cerda; al año siguiente hizo su recorrido por primera vez. Desde 1677 se fijó su salida el Martes Santo, antes era el Jueves Santo, pero por rivalización con la procesión de La Candelaria se cambió de día. Es la imagen con más reproducciones —de tipo doméstico, pinturas y estampas devocionales—. Fue consagrada el 5 de agosto de 1717.

El encarnador recibía la obra del escultor, y hacía que en el rostro y cuerpo se reprodujeran aspectos anatómicos, como músculos, tendones y venas resaltadas. Las imágenes más antiguas presentan cabellera tallada, después se colocó cabello natural, que da un aspecto más humano.

Los ojos de la imagen de La Merced fueron pintados en la madera, un detalle propio de las primeras obras, después fueron elaborados de vidrio soplado. La mirada transmite nobleza. Según Morán, los tallistas ponían énfasis en la expresión de los ojos, donde recae la carga psicológica de la comunicación; y en la boca, que transmite la sensación de un gemido, lamento o una palabra.
El semblante de Jesús en el arte guatemalteco refleja la influencia gótica, renacentista, flamenca, barroca, neoclásica y romántica.

En el siglo XIX se impone el estilo neoclásico, que es más austero y formal. Le imprime al rostro de Jesús, compostura y circunspección. En el XX entra a su etapa de decadencia y desaparición, al volverse comercial, agrega el restaurador.

Adornos evangelizadores

Por años, las imágenes han salido para catequizar, llevadas por cargadores en andas hechas de finas maderas. Miguel Álvarez, cronista de la ciudad, cuenta que en la Época Colonial, un mantel de brocado francés o damasco, cuyo color cambiaba cada año, era el único adorno, práctica prolongada hasta principios del siglo XX.
Las primeras innovaciones fueron un cojín y flores —naturales o hechas de papel—. Jesús Nazareno de La Candelaria llevaba un cojín con movimiento, eso causó sensación; después fueron plataformas escalonadas con espejos. Más tarde vinieron decoraciones más elaboradas.

Al principio, la temática de los adornos era la Pasión de Cristo o alegorías a la misma, con materiales sencillos —papeles de diferente tipo, flores artesanales de cera, papel o tela—. Con posterioridad introdujeron figuras para complementar la escena. Hasta llegar a la actualidad, cuando se elaboran grandes y complicados ambientes con materiales industriales y tecnológicos, “alejando, muchas veces, el mensaje sencillo de la evangelización”, indica Álvarez.

El altarero era el artista que expresaba el sentimiento popular con creatividad en el adorno. La actividad se originó en la ciudad y luego pasó a Antigua. A partir de los años 1970 y 1980 ya no es exclusividad de un gremio, sino de diferentes disciplinas. “En las andas se combina modernidad de la decoración con la antigüedad de las imágenes, éstas siempre deberán ser el centro de atención”, dice.
Andas procesionales, decoración y esculturas son obras de arte que recorren las calles cada año para deleite de los fieles católicos.

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