Semanario de Prensa Libre • No. 246 • 22 de Marzo de 2009

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Punto final

Desconfianza política

En varios países de Latinoamérica la Policía es sinónimo de corrupción. El problema empezó hace más de 50 años, y hoy se ha convertido en un cáncer.

POR ricardo trotti

Cuando todavía usaba pantalones cortos en mi San Francisco argentino, mi mamá me rogaba que al pasar frente al destacamento policial lo hiciera por la otra acera. “Nunca se sabe con esos tipos”, me decía, denotando la desconfianza que en aquella época recaía sobre los uniformados.
Cincuenta años después, la percepción sobre el descrédito de los policías, lejos de mejorar, se profundizó en cada ciudad latinoamericana. El clima de inseguridad, reflejado en el simple hecho de tener miedo de salir a la calle o tomar un taxi, por temor a ser víctima de robo o secuestro, se ha desmejorado aún más, ya que quienes deben velar por el orden público y prevenir el delito se han convertido en cómplices de los delincuentes.
La apreciación es general. Un sondeo reciente en 330 localidades guatemaltecas reflejó que 82 por ciento de la gente desconfía de los agentes de la Policía. Ese desengaño alcanza al 83 por ciento en Buenos Aires, mientras que otra encuesta en Uruguay reveló que el 56 por ciento de los comerciantes víctimas de hurto jamás denunció el delito porque la Policía simplemente no lo resolvería.
La inseguridad y la desconfianza policial han engendrado problemas sociales mayores, como la justicia por mano propia. En Venezuela se registraron 15 casos de linchamiento y 60 intentos durante el 2008, situación similar que afectó a Guatemala y Bolivia. En otros países, como Brasil y Nicaragua, es aún peor. Se han formado grupos parapoliciales que producen más delitos de los que tuvieron como objetivo controlar.
Debido a estos factores, en varias localidades como Villa Hermosa, en México, la gente, cansada del narcotráfico y los secuestros expresos, está pidiendo a gritos que el Ejército reemplace a la ineficiente y corrupta Policía. La experiencia, de todos modos, indica que los militares no traen soluciones a largo plazo, ya que suelen generar violaciones a los derechos humanos.
También es verdad que no es fácil ser policía. En la mexicana Ciudad Juárez, 80 agentes fueron asesinados en el 2008, mientras que el jefe de la estación, para evitar que se cumpla la amenaza del narcotráfico de matar a un uniformado cada 48 horas, debió renunciar. La fuerza de seguridad de esa ciudad sigue disminuyendo. El nuevo alcalde depuró a la mitad de una plantilla de mil 400 agentes, por complicidad con el narcotráfico, y a pesar de que paga los mejores sueldos del país, ofrece vivienda y seguro de vida, ni remotamente podrá reclutar a los cuatro mil hombres indispensables para mantener el orden.
Cuando la corrupción es notoria e inmanejable, los gobiernos suelen responder con depuración, pero a pesar de que la limpieza se viene aplicando por décadas, como en República Dominicana, donde depuraron a 27 policías, por nexos con el narcotráfico, pareciera que los reclutas toman los vicios corruptos de los despedidos al poco tiempo de ingresar.
La encrucijada es grande. Hay países como Costa Rica donde el presupuesto para la seguridad pública es del 0.5 por ciento del PBI, mientras se trata del mayor reclamo social. En otros países, los policías ganan salarios por debajo de la línea de la pobreza, lo que incentiva dejarse tentar por el crimen organizado.
El clamor por más seguridad ya es protesta pública en varias ciudades. Pero lamentablemente se barajan muchos parches, sin fórmulas que combinen la prevención y la represión, la creación de una mejor cultura ciudadana sumada a mejores salarios, selección y control de los policías; mayor presencia en las calles; alianzas vecinales para combatir el crimen; endurecimiento de penas; reducción de la edad de procesamiento de menores; reducción de tiempo de los procesos judiciales; aumento del número de juzgados.
Hasta ahora hay dos caminos a imitar que dieron resultados: el que profesó el ex alcalde de Nueva York Rudolph Giuliani, quien enfrentó los problemas de seguridad con más policías, cámaras de video, vigilancia y represión; y el que siguió el ex alcalde de Bogotá, el filósofo Mockus, quien combatió el crimen incentivando la cultura ciudadana con programas de socialización y conducta que permitieron bajar y prevenir los conflictos.
Tal vez la fórmula del éxito para combatir la inseguridad y generar credibilidad en la Policía sea una combinación de ambas filosofías. Mientras tanto, la desconfianza ciudadana es una ventaja para los delincuentes.

info@ricardotrotti.com

   

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