Submundo alcohólico
Un espacio aparte, alejado de las normas establecidas por la sociedad. Esta es la vida de los borrachos, esos que duermen en la calle, de los que solo trabajan por el amor de su vida: el licor.
Por roberto villalobos
fotos: carlos sebastián y esbin garcía

Cantinas como estas, cerca del mercado Colón, abundan en todo el país.
Gente tirada en la calle, mugrienta, sangrienta, hedionda. Algunos son indigentes, otros son trabajadores, pero todos tienen algo en común: su gusto por el alcohol. Beben por la mañana, por la tarde y por la noche, día tras día. No se pueden quitar el vicio, necesitan embriagarse. “Esto de tomar es un círculo maldito, pero rico”, dice Lucas Calín, un autocalificado bolo con resaca, sentado en la banqueta, cerca de una cantina de La Terminal de la zona 4. Pese al grave problema de estas personas con la bebida, la mayoría pide que la sociedad los observe como personas con dignidad, que los respeten y que no los vean como inservibles. “Somos humanos, y entre más nos marginen, más bebemos, porque no tenemos otra salida”, asegura el albañil Juan Carlos Estrada, de 50 años.
Entre guaro y resacas
“Otro Kuto, por favor”, ordena un borracho y lanza tres monedas de Q1 sobre el mostrador húmedo, en un bar “de mala muerte”, en los alrededores del mercado Colón, en la zona 1 capitalina. De hecho, la entrada es de miedo: no hay puerta, solo una cortina roja que se mueve con el viento; al lado hay un precario biombo de madera. Al fondo, Maximón está con un octavo de licor y un cigarro en la boca. Además, hay un refrigerador para gaseosas (que casi nunca se venden) y montones de cajas repletas de octavos de diferentes marcas: Kuto, Jaguar, Predilecto o Guaca, los guaros de menor costo. Quetzalteca Especial y Venado son los premium de ese submundo, porque valen unos Q7, lo que se considera muy caro.
“Aquí tenés, ‘mijo’”, le responde Juana, la dueña del negocio Veracruz. “Mamá Juanita, a mí dame un ‘jaguarín’”, pide otro.
Los dos destapan sus bebidas, ansiosos por dar el trago amargo. Antes del primer sorbo, tiran un poco al piso, en honor a los muertos, dicen. En tanto, en otra de las mesas, alguien se tira un poco de licor sobre sus costados. “Es para quitarse las malas vibras”, asegura.
El fotógrafo Carlos Sebastián y yo nos presentamos. Nos reciben con las manos sudorosas y pintadas de negro por tanta suciedad. Saben que estamos haciendo un reportaje y no les importa la cámara o la grabadora. Al fin de cuentas, es su modo de vida.
“Todos empiezan a beber con los amigos o en familia. El alcohol provoca alegría, un ambiente de fiesta. Luego progresan las borracheras, se arman los problemas y causa sufrimiento. Terminan por alejarse de sus seres queridos, porque no pueden vivir sin tomar. Es una adicción”, explica el psiquiatra Juan Jacobo Muñoz.
Mientras transcurre la plática entre los fanáticos del alcohol etílico, ingresa alguien e interrumpe el ambiente de camaradería. Es un personaje vestido con playera negra y una boina. De hecho, su imagen es como la del Che Guevara. “Ya viene este, solo para hablar de guerrilla”, dice mamá Juanita. En efecto, saluda y platica con efusión sobre la Revolución (la cubana, se supone). Una y otra vez sobre lo mismo, solo que cada vez agregaba u omitía detalles. Quizás sufre del síndrome de Korsakoff, un problema en el tejido nervioso del encéfalo, producido, en muchas ocasiones, por la alta ingesta de alcohol. Quien lo padece sufre amnesia y tiende a la fabulación.
“Compadre, regáleme un peso para un octavito”, solicita un señor canoso con una mochila en la espalda. Cuenta que trabajaba en la Policía Nacional, desde 1956 hasta mil novecientos y tantos. No se le entiende, porque su estado de ebriedad avanzado. Los balbuceos son constantes. Luego de comprar la botellita, intenta contar sus experiencias, sin éxito, porque llega a la mesa alguien más, deseoso de participar de la entrevista. “Yo empecé a tomar hace dos años, cuando murió mi hija en el Hospital San Juan de Dios. Ella tenía 10 añitos”. Interrumpe unos segundos la conversación para limpiarse las lágrimas. “Tenía cáncer en la sangre, pero más bien creo que falleció por negligencia médica”, cuenta. Cuando le pregunto por qué se refugió en las bebidas espirituosas, responde: “Tengo un dolor demasiado grande. Nadie me lo puede quitar”.
Liseth Gálvez, antropóloga y catedrática de la Universidad de San Carlos, refiere que la mayoría comienza sus pasos en la ingesta de alcohol para olvidar sus penas. “Empiezan con algunos traguitos, pero luego muchos se vuelven adictos”, destaca.
Pronto se vuelve irresponsable con su familia y luego con su trabajo. “Su aspecto físico, incluso, se deteriora: no se rasuran, no se bañan, andan con la misma ropa”, apunta Gálvez.
Las relaciones con las personas en su entorno —amigos y familiares— se rompen cuando la situación se agrava. Eso es alcoholismo crónico. Ellos solo piensan en proporcionarse del tóxico, sin importar cómo; esa es su meta, por lo que caen en la anomia, un estado de ánimo en el que un individuo está en la delgada frontera de la sensación entre “ningún futuro, y ningún pasado”, según una teoría sociológica.
Prueba Cage
- Este es un sencillo examen para saber si alguien tiene problemas con la bebida. Una sola pregunta afirmativa es un indicio de ello.
- ¿Ha pensado en que debería dejar de beber?
- ¿Las personas en su entorno (amigos, familiares) lo han molestado por su forma de beber?
- ¿Alguna vez se ha sentido culpable por ello?
- ¿Ha necesitado licor por la mañana para calmar los nervios o para quitarse la resaca?

Este hombre no pudo caminar más y se quedó a dormir en la banqueta.
En la calle
“Soy de Santa Rosa y soy ‘charamilero’”, balbucea Antonio, quien estaba ebrio en la calle, un viernes por la noche en los alrededores de La Terminal. “Tenía una familia, pero por esto (levanta el octavo entre sus manos) ya no la veo”. Después, recalca: “Soy un charita”, y bebe un trago más. Como Antonio, muchos llegan a vivir en la calle y consiguen uno que otro trabajo. Eso sí, solo para pagar por la bebida. La situación se vuelve tan caótica que se convierten en mendigos.
“Algunos se quedan a dormir aquí adentro, en el local, cuando ya no pueden mantenerse en pie. Los trato de dejar de lado para que ‘arrojen’, porque si se quedan boca arriba se pueden ahogar con su vómito y morir”, expone mamá Juanita. En La Terminal, el dueño de una cantina, incluso, los deja dormir en la palangana de su camión. Cuando llueve, les pone una carpa. Esos “charitas”, sin embargo, corren con suerte, puesto que en varias calles y carreteras del país están tirados en situación peligrosa. Uno, en cualquier momento, podría ser arrollado por los vehículos. “El riesgo de accidentes se potencia cuando alguien está borracho”, destaca Ever Camargo, de la Secretaría Ejecutiva Comisión Contra las Adicciones y el Tráfico Ilícito de Drogas (Seccatid), una dependencia del Estado adscrita a la Vicepresidencia de la República, a cargo de la prevención y tratamiento de las adicciones de drogas legales e ilegales.
Seccatid, además, vela por que las casas-hogares brinden los servicios pertinentes para la recuperación del paciente alcohólico. “Aquí nos vienen varias denuncias de que los tratan mal, y eso no debe ser así. Tenemos un programa para capacitar al personal de esas casas hogar, que, idealmente, deberían dar un servicio con médicos y psicólogos”, apunta Camargo.
En el Veracruz, alguien más se acerca y se queja: “Una vez fui por ayuda, pero, en lugar de eso, me agarraron con leño y chicote; me pegaron en todo el cuerpo. Nos dicen que no tenemos que estar chupando, pero también creo que hay maneras correctas para hacerlo. Solo aguanté una semana”. Su espalda y brazos evidencian los golpes.
Llega el turno de Gustavo Zamora (50). Se dedica a descargar camiones y a extraer basura de los cuartos de las trabajadoras del sexo que están en la línea del tren, en la zona 1. No puede estar sin un octavo en su cuerpo, por eso pasa por las mañanas a tomarse su bebida. En total, bebe una botella al día. Puro, aunque a veces con fresco de rosa de jamaica. Anda con el guaro porque su esposa lo dejó, hace 15 años. “Esto me hace mal, pero también me tranquiliza; así no pienso tanto en la mujer”, asegura. “Sé que mi vida está mala, pero esto me atrapa; es la ansiedad. Estoy alcoholizado. Solo trabajo por la bebida y para comer”, agrega.
Mamá Juanita y otros encargados de bares cuentan que les dan de comer gratis a sus clientes. Son comidas sencillas, hechas de las sobras de carnicerías. Eso dicen los borrachos. Los dueños, en cambio, argumentan que todo es fresco. “Al menos tienen algo, de lo contrario, creo que estos no se alimentarían”, señala el dueño de otro bar capitalino.
De hecho, otra de las consecuencias del alcoholismo es la desnutrición. Además, el sistema inmunológico baja sus defensas, por lo que los llamados ‘charitas’ se exponen a una gran diversidad de enfermedades. Además, el deterioro físico es evidente: ojos rojos o piel reseca y quemada. “Yo les digo que dejen de tomar, porque les hace mal. Pero son bolitos, y no pueden despegarse de la botella. Aunque se los diga un montón de veces, no lo van a entender”, comenta mamá Juanita.
Temblores
Tiempo después, entra alguien más, despeinado, sucio. Tiembla. “¡Necesita guaro!”, grita un colega suyo. Abren el envase le ponen el guaro encima. “Es para que caliente el cuerpo”, argumentan. Se lo frotan en la cara, en los brazos, en el pecho y la espalda.
Tenía razón mamá Juanita: No pueden vivir sin el alcohol. Es su forma de vida, puesto que todo gira en torno a él. El caso de ellos es dramático; es muy difícil que salgan del problema cuando se ha llegado a esos extremos. “Están condenados a la muerte”, advierte el psiquiatra Muñoz.
Sin embargo, Edmundo Guerrero, médico especialista en el tratamiento de adicciones de Seccatid, es más esperanzador: “Es complicado, pero no imposible”, apunta. No obstante, refiere que a ese tipo de personas hay que irlos a traer a la calle porque, a la postre, no buscarán ayuda.
Además, “necesitan que la sociedad los acepte, y no verlos con desdén. No hay que juzgarlos, condenarlos o agredirlos. Hay que ayudarlos”, añade la antropóloga Gálvez.
La responsabilidad de recuperación recae, en gran parte, en los adictos, que deben dar el primer paso: reconocer su enfermedad, aprender a vivir sin el alcohol y estar claro en que no hay una cura definitiva. Alcohólicos Anónimos puede ser de gran beneficio para estar libre de esta droga legal. Puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.
Ayuda
- Alcohólicos Anónimos. Están en todo el territorio nacional. Teléfonos: 2254-6565 y 2254-1808. En Internet: www.aa.com.gt
- Al-Anon (una organización anti alcohólica) se ubica en la 5ta. avenida 12-41, zona 1, edificio Fleishmann, 5to. piso. Teléfonos: 2238-3789 y 2253-9637.
- Seccatid también brinda ayuda. Teléfonos 2442-5525 y 2442-5480. Avenida Petapa, 23 calle 18-08, zona 12.
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