Un matrimonio poco usual
Después de 45 años, aún viven felices.

Foto Prensa Libre: Familia Escobar
Crecí en una familia fuera de lo común. Con dos padres que rompieron esquemas y educaron a seis hijos con nuevas visiones de la vida.
En la época en que se acostumbraba que la mujer fuera únicamente ama de casa, yo tuve una madre trabajadora, que no solo abrió una brecha para las mujeres de su institución, sino logró obtener cargos altos hasta convertirse en una excelente profesional. Distinguida por su gran juicio y equidad, tuvo éxito en su carrera. Por si fuera poco, en el hogar no faltó su guía y cuidados.
Para mayor suerte, mi padre fue y es increíble. Sin importar el qué dirán, barría, trapeaba y cambiaba pañales, todo entre una sociedad machista. Además de tener dos o tres trabajos para llevar el sustento, su tiempo lo dedicaba, y aún lo hace, para formar una familia recta y feliz.
Padre más tierno y cariñoso no podría haber tenido, y en mi recuerdo quedan grabadas tardes enteras de juegos con él.
Mientras muchos de mis amigos temían a sus papás o los consideraban ajenos a sus vidas, yo crecí con un hombre de gran empatía y enorme corazón.
Suerte o voluntad de Dios, no lo sé. Hoy solo entiendo que si de niña tuve padres que lucharon por hacer mejor las cosas que los demás, tengo la obligación de educar hijos que rompan esquemas, que luchen por marcar la diferencia en la vida, realizando acciones positivas.
Este año mis padres celebran 45 años de casados, y solo puedo gritar: ¡buen trabajo!, ya que después de amarse y aceptarse como cada uno es, lograron transformar seis vidas que a su vez dejan huellas en sus 16 nietos. Gracias, papás, por tener un matrimonio fuera de lo usual.
Ana Lucrecia Escobar Galo
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