La casa y el ladrillo

“Cuando me confiscaron la palabra y me quitaron hasta el horizonte, cuando salí silbando despacito y hasta hice bromas con el funcionario de emigración o desintegración, y hubo el adiós de siempre con la mano a la familia, firme en la baranda a los amigos que sobrevivían y un motor el derecho tosió fuerte [...]” Se trata de un fragmento del primer poema que Mario Benedetti publica en su libro La casa y el ladrillo (1977).
Mario Benedetti, uno de los mejores y más populares poetas del siglo XX, además de ser un excelente narrador, dramaturgo y ensayista, nació en Paso de los Toros, en Tacuarembó (Uruguay), el 14 de septiembre de 1920.
Ha escrito más de 80 libros que han sido traducidos a 14 idiomas. En su producción literaria se encuentran poemas, novelas, cuentos, ensayos, teatro, crónicas humorísticas, guiones cinematográficos y letras de canciones.
La casa y el ladrillo
Suma y letras, S. A.
117 páginas
Ópera
Madame Butterfly

Es una tragedia japonesa que relata la emotiva historia de amor que se desarrolla en Nagasaki, Japón, entre la joven y hermosa Cio Cio San (Madame Butterfly) y el teniente Pinkerton.
Lugar: Gran Sala Efraín Recinos, en el Centro Cultural Miguel Ángel Asturias.
Fecha: 27 y 28 de marzo, a las 20 horas.
Admisión: Q420 en platea; Q320 balcón I y Q220 balcón II.
Cine
El extraño caso de Benjamín Button

Es la historia de F. Scott Fitzgerald escrita en la década de 1920. Benjamín es un hombre que nació con 80 años de edad y fue en reversa, rejuveneciendo según pasaban los años. Cuando el protagonista tiene 50 años, se enamora de una joven de 30 (Cate Blanchett). En cartelera.
PRESTO NON TROPPO
En Tikal, hace 25 años
Por Paulo Alvarado
Toda una generación dista de aquel 28 de enero de 1984, en que tuvo lugar el concierto a inmediaciones de la plaza principal de Tikal, frente a la pirámide que se conoce como el Gran Jaguar. La mayoría de la población actual del país ni siquiera había nacido o no tenía edad como para haber acudido al evento.
El asunto causó revuelo desde el momento mismo en que se anunció que un grupo de rock guatemalteco actuaría en las célebres ruinas precolombinas. Todavía, en marzo de ese año, semanas después de la presentación, aún aparecían artículos en los medios de prensa escrita en los que, alternadamente, se defendía o se deploraba la disposición ministerial que había autorizado el concierto. Según el punto de vista, aquello había sido memorable, único y maravilloso —a la altura de espectáculos que ya tenían varias temporadas de realizarse en tantas otras áreas arqueológicas del mundo— o, por el contrario, había constituido un atentado inaceptable contra la integridad física de los monumentos y la fauna endémica de la selva.
La polémica desatada llegó a rayar en lo irrisorio, como cuando alguien argumentó que “por lo menos 10 mil jóvenes” se reunirían para “iluminar los templos, correr, gritar y brincar”. En un reportaje se alegó que pasarían “muchos años antes de que las especies animales volvieran a incorporarse a la gran ciudad maya”. Incluso, un editorialista calificó “palurdos” (esto es: torpes idiotas) a quienes asistieron a un concierto que apenas le parecía adecuado, “para una juerga privada de muchachos en onda”.
Cabría preguntar cuántos de los que terciaron en la discusión conocían Tikal antes de la presentación. Cabría preguntar cuántos de ellos volverían al sitio después (y no solo en alguna visita guiada de un día, de ésas que le dan como pincelada a los turistas extranjeros). Cabría preguntar, en fin, cuántos de los que se opusieron tan enconadamente al concierto habían escuchado con atención la música del grupo.
Continuará...
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