El paraíso perdido de EE. UU.
En Hawái, el tiempo parece detenerse.

por Antonio Martín Guirado
De este archipiélago se dice que es lo más parecido al cielo que hay en la Tierra. Sol, temperaturas ideales, tranquilidad e incluso una cocina en la que se funde Oriente con Occidente, todo un centro gourmet.
Hawái, el Estado más joven de Estados Unidos —entró a formar parte de la Unión en 1959— se localiza en un archipiélago del océano Pacífico, más allá de sus impresionantes escenarios naturales y de ser la cuna de nacimiento del actual presidente estadounidense —Barack Obama nació en Honolulú—, es un estado de ánimo.
A tres mil 200 kilómetros del continente
El llamado “espíritu Aloha” es la perfecta simbiosis entre las temperaturas tropicales y la calidez y encanto de su población, que imbuyen las seis principales islas del archipiélago: Kauái, Oahu, Lanái, Maui y Hawái, también conocida como Big Island, para no confundir con el Estado en su conjunto.
A unos tres mil 200 kilómetros del EE. UU. continental, en Hawái se respira tranquilidad. Ya sea desde el impresionante cañón Waimea, el cráter Haleakala o el volcán Kileaua —uno de los más activos del mundo—, el contacto directo con la naturaleza invita a sentirse parte del paraje. Y a sonreír. Porque en esta tierra volcánica donde casi siempre brilla el Sol, al turista lo reciben con flores. La vida parece regirse, como les gusta decir a sus habitantes, por las tres W: wind (viento), waves (olas) y wings (alas).
Y es así desde hace cientos de años. Los primeros en poner pie en Big Island fueron los polinesios, desde las Islas Marquesas, hace más de mil 500 años. Cinco siglos después, nativos de Tahití llegaron y aportaron sus creencias en dioses y demiurgos, dando origen poco a poco a la cultura hawaiana, culminada con la llegada de los colonizadores estadounidenses.
En el siglo XX, las plantaciones de azúcar y piña propulsaron la economía y atrajeron a numerosa población japonesa, china, filipina y portuguesa, pero si por algo se conoce a esta tierra, además del Sol y el surf, es por lo ocurrido el 7 de diciembre de 1941.
En aquella fecha de infame recuerdo para EE. UU., los japoneses atacaron por sorpresa la base naval Pearl Harbor, en Oahu, lo que provocó la declaración de guerra de la Unión Americana a Japón y su participación inmediata en la Segunda Guerra Mundial.
Cuatro años después, Japón firmó, en la bahía de Tokio, la rendición en el acorazado Misuri, que aún descansa en el puerto de Pearl Harbor como museo y solemne recuerdo, venerado por miles de turistas cada año, al precio de US$16 por entrada.
Esos mismos visitantes cuentan con un novedoso punto turístico desde hace cuatro años: los escenarios naturales de la serie Lost.
“Hasta hace poco tenían el avión destruido en plena playa”, dijo a la agencia de noticias EFE el regente de uno de los cientos de lugares disponibles para alquilar un auto y perderse por los 231 kilómetros de perímetro con los que cuenta Oahu.
El avión al que se refiere es el Oceanic 815, el aparato que tuvo un accidente con muchos de los protagonistas del programa a bordo. El rodaje de esas escenas se hizo en Mokuleia, al noroeste de la isla, pero también reciben muchas visitas otros escenarios como los acantilados de Kualoa Ranch o las cascadas de Waihi Falls.
Oahu es la tercera isla más grande de Hawái y la más poblada, con unas 900 mil personas, aproximadamente el 75 por ciento.
Desde la playa de Waikiki (agua que mana de la tierra), una de las más célebres del mundo, se puede hacer trekking hasta el cráter de Diamond Head, que cuenta con una de las mejores vistas de la isla, si se obvian los coloridos y sensuales espectáculos de danza autóctonos.
Todo en esta tierra parece que luce con más fuerza. Los acantilados del condado de Sunday Beach parecen sacados de un cuadro de Friedrich, cambiando la niebla por unas olas que rompen lo cristalino de sus aguas en un paisaje salvaje, dominado por los aficionados al surf, al skysurf y al windsurf.
También hay espacio para las pequeñas cosas, como la visita en mula por la península Kalaupapa, en Molokái, o los recorridos a pie por la costa Napali, en Kauái, y en auto por Maui.
Los cuerpos esculturales se entremezclan con los cocteles, avistamientos de ballenas, atardeceres majestuosos y miles de hectáreas de frondosa vegetación, en un enclave donde montaña y playa se dan la mano de forma única, en apenas unos kilómetros.
Así es Hawái, donde no existen las preocupaciones y el tiempo parece detenerse.
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