Semanario de Prensa Libre • No. 256 • 31 de Mayo de 2009

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D fondo

Memorias con movimientos
Las danzas guatemaltecas son una confluencia de historia y rituales que, pese a que son nuestras tradiciones, son poco conocidas.

Por: julieta sandoval
Fotos: esbin García y edwin castro

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El fotógrafo Ricardo Matta ha documentado la danza de la Culebra de Santa Cruz del Quiché.


No solo es bailar; detrás de esa ejecución de movimientos acompañados de música hay herencia, tradición, rituales y creencias tan complejas y difíciles de entender cuando se está al frente como un simple espectador, considerándolas tan solo una exhibición o atractivo turístico; sin embargo, tienen elementos y relaciones sociales muy peculiares.
Según el Atlas Danzario de Guatemala, hay danzas de origen prehispánico, aquellas antes del descubrimiento de América. Las hispánicas que fueron heredadas por los españoles como la de moros y cristianos. Las afrocaribeñas traídas por los africanos que vinieron con los peninsulares. Las coloniales surgieron aquí, por ejemplo la Conquista o los convites que eran una invitación a la fiesta. Y las republicanas, surgieron después de la independencia, entre estas están las napoleónicas y las flores.
De la época precolombina, en la actualidad, se conocen tres: el drama Rabinal Achí, el Baile del venado y el Palo Volador. El primero aún conserva su escrito original en k’iche’. Sus movimientos guardan los diseños antiguos de circulaciones vinculadas con cosmogonías solares; se evocan pausados gritos de guerra. Es patrimonio intangible de Guatemala; la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) la declaró patrimonio oral e inmaterial de la humanidad en el 2005.
Los otros, aunque también son prehispánicos, incorporaron elementos españoles, por ejemplo el Baile del Venado, que imita la preparación para la cacería de este animal, lo cual también puede interpretarse como un símbolo de guerra y la toma de prisioneros, considerados como venados, tema representado en las estelas, explica el arqueólogo Horacio Martínez. También se observa en vasijas del período Clásico, donde aparecen personajes vestidos de venado o este animal asociado con mujeres desnudas que lo seducían, como parte de un ritual de procreación y fecundidad.
Se modificó con la llegada de los españoles, y aparecen capitanes y pastorcillos, y la caza es para celebrar la fiesta del Santo Patrono. El argumento varía según las regiones en que se practica, revela el Atlas Danzario.
Los españoles trajeron gran parte de la temática de las danzas, en los siglos XVI y XVII; la predominante fue la de los moros y cristianos, con variantes, ya que fue una forma de evangelización con la que demostraban cómo la religión católica había vencido a la musulmana en el siglo XV. Los conquistadores intentaron eliminar lo existente imponiendo algo nuevo, indica el documento.
Aunque hubo fusiones, se implantó cierta coreografía de los patrones peninsulares, algo observado en las danzas con las dos columnas enfrentadas, las mismas figuras y recorridos acostumbrados, un orden jerárquico de los personajes y un sistema de agrupación y desplazamiento simétrico. Se generalizaron los trajes y máscaras
que reflejaban en sus diseños a los grupos sociales dominantes de su tiempo —españoles, criollos y negros—. Por eso, a la mayoría de danzas guatemaltecas se les llama baile de moros.

Danza y erotismo

El Palo Volador lo remiten a antiguas historias k’iche’s en el Popol Vuh, que relatan la muerte a manos de Zipacná de 400 muchachos héroes. A los personajes de los micos les fueron agregados los moros y cristianos, arcángeles y sanmigueles, al mezclarse la leyenda ancestral a la creencia cristiana. Este baile tiene ciertos rituales, como que los voladores se abstengan del sexo durante unos 40 días, y las mujeres se alejen de todos los lugares donde se encuentre el palo, durante la ceremonia; ellas usan una tela roja para protegerse de las influencias negativas.
Carlos René García Escobar, antropólogo y autor del libro Atlas Danzario de Guatemala, explica que “el palo volador es una danza agraria de la fertilidad, que representa un pene gigante que entra en la madre tierra para fertilizarla; por eso es misterioso y provocador de tabúes”.

Grupos de danzas

  • Hay representaciones de danzas que se interpretan más que otras.
    De Toritos hay 78 grupos que las bailan. De origen colonial.
    Moros y cristianos, 43 grupos con ellas activas. Hispánica.
    De Venados existen en actividad 36. Prehispánica
    La Conquista, 34 grupos la tienen vigente. Colonial
    Los Diablos, 7. Hispánica
    Los Animalitos, 6. Republicana
    Las Flores, 6. Republicana
    Palo Volador, 3. Prehispánica
    La Paach, 2. Prehispánica
    La Culebra, 2. Prehispánica
    La Sierpe, 2. Colonial
    Los Curunes, 2. Colonial
    Fieros, 2. Colonial
    Chico Mudo, 2. Colonial
    Rabinal Achí, 1. Prehispánica
    Xecalcojes, 1. Republicana
    Ixcampores, 1. Republicana
    La Pichona, 1. Colonial
    Los Huastecos, 1. Colonial
    Afrocaribeñas. En este grupo están las danzas Jungüjugü, la Chumba, el Sambai, la Punta y el Yancunú. Éstas pueden estar ubicadas entre las prehispánicas y las hispánicas.
    Éstas fueron consignadas en el Atlas Danzario, pero pueden existir más que no fueron reportadas. El nombre es genérico, pero dentro de ellas puede haber variantes y adaptaciones con nombres distintos
    Las danzas conservan el estilo teatral primigenio traído por los españoles.


El tema de el baile de la Culebra, que García Escobar asegura pertenece a las danzas prehispánicas, está ligado a las actividades agrarias. El Atlas Danzario cita las documentaciones de Franz Termer en la década de 1930 y René García Mejía en 1972, donde señalan que “los danzarines usan máscaras de madera y se cubren la cabeza con pañuelos rojos; suelen escenificar escenas de fetichismo y terminar la danza representando orgías”.
Justo Francisco Tzoy Reynoso, integrante del grupo de bailadores de Santa Cruz del Quiché, cuenta que allí se baila en honor a la imagen de Santa Elena de la Cruz, en la feria que se celebra del 15 al 19 de agosto. Dos meses antes, un grupo busca las serpientes en los montes junto con un sacerdote maya que los dirige con ceremonias para que los animales, que por lo regular son mazacuatas (no venenosas), salgan de sus cuevas. Son un préstamo al dios mundo y en el tiempo que se tienen se les alimenta de sereno y animalitos como ratones.
“Se consiguen cinco o seis, según cuantas presta la madre tierra. Al terminar el baile, la culebra es devuelta al monte, y para eso también se hace una ceremonia”, agrega Tzoy Reynoso. Usan máscaras de madera y el vestuario es ropa vieja o lo que se consiga. El argumento es el enamoramiento de una señorita; por ello, aparecen escenas que simulan relaciones sexuales y besos, pero las máscaras están de por medio. Durante todo el ritual se exhiben las culebras; podrían ser unas cuatro o cinco veces, éstas pueden ir entre la ropa de los bailarines o en sus cuellos.

Otras representaciones

A lo largo del tiempo, las danzas se han arraigado en ciertas regiones con características culturales propias, como el idioma y las costumbres.
La garífuna o garinagu se practican en la región nororiental, Izabal, Belice y Honduras. Según registra el libro Atlas Danzario, en 1797 aparecieron en el territorio centroamericano migraciones de grupos africanos. Sus danzas son de carácter ritual, mítico e histórico. Evocan seres mitológicos afrocaribeños, aunque también rememoran momentos históricos de su arribo a la nueva tierra y de sus batallas ganadas a piratas y colonizadores ingleses. Predomina el canto rítmico al compás de instrumentos de percusión.
El Paach, de posible origen prehispánico, dice Carlos René García Escobar, es una ceremonia dedicada al alimento base, el maíz, a la cosecha que se ha obtenido de éste. Participa un rezador profesional y se baila frente a un altar hecho de flores y adornos de papel de colores. Se practica al iniciarse el descanso de los campesinos sembradores.
En la Danza de las Flores o Cintas, un grupo baila alrededor de un tronco con cintas de colores que expresan amor a la primavera. La de los Negritos trata de jóvenes reprendidos por sus abuelos. La danza de Napoleón reproduce la batalla que perdió este personaje en Waterloo contra los ingleses.
El paso del siglo XIX al XX permite caracterizar un estilo de baile conocido en Guatemala como son para las clases populares. “Éste se ha convertido en un elemento musical que homogeniza culturalmente sentimientos que identifican a algunos guatemaltecos, como los grupos comunitarios indígenas, cuyos sones han sido más originales y los de ciertos autores mestizos que han creado un tipo de son híbrido”, explica el Atlas Danzario.

Interioridades

Las danzas representan muchas cosas, la mayoría, imperceptibles para un público pasajero, como el dato de que pertenecen a alguien, pese a que son parte de la comunidad. No se pueden presentar si no tienen un dueño o autor, quien casi siempre obtiene el personaje principal en el baile y está comprometido a seguir con la tradición. Esta persona convoca a alguien más, que ayudará con la organización y con los gastos. Después animarán a otros, amigos o viejos bailadores, para conformar el Consejo de Principales, quienes buscarán a los bailadores, señala el Atlas Danzario.
Don Felipe Sanic es el autor del grupo San Bernardino, nombre del patrono a quienes dedican sus bailes en Patzún. Cuenta que hace ocho años retomó el baile de los Toritos. “Nos ofrecieron los trajes, y decidí llamar a jóvenes para continuar con la tradición. Nosotros no podíamos hacerlo, por lo costoso de la indumentaria”, agrega. Ellos son una excepción, ya que según Carlos René García, la indumentaria completa es alquilada en las morerías (talleres de sastrería) por el tiempo que dura la fiesta titular de los pueblos. Los trajes confeccionados en estos lugares son réplicas de los vestuarios militares del ejército español de los siglos XVII y XVIII.
“Los participantes consideran una ofrenda o tributo pagar por sus trajes. La inversión puede ser de unos Q10 mil para los días de fiesta”, explica el antropólogo. También se alquila la música. El grupo de San Bernardino paga entre Q1 mil 300 a Q1 mil 400 por día a la marimba y al saxofón que los acompaña. Aunque siempre están presentes el pito y el tambor.
Los dueños son poseedores de los textos literarios originales, los cuales servirán de guión para montar la coreografía. Son escritos anónimos de la Colonia, razón por la cual a los personajes se les escucha, a veces, palabras castellanas en desuso, que antes se transmitieron de forma oral. El Atlas Danzario explica que éstos cuentan una historia real, mitos o leyendas, aprendidos de memoria (la mayoría, porque los bailarines son analfabetas). Estas copias son guardadas por sus dueños, aunque algunas veces, cuando cambian de religión, las venden a extranjeros, las obsequian o las destruyen. Eso ha propiciado que varios originales estén perdidos, y por ello la historia se adivina por medio de los movimientos de los bailarines.
En las morerías de Totonicapán, indica el Atlas Danzario, se solía alquilar los escritos con los trajes y las máscaras, de ahí los bailadores tomaron copia, quienes se convirtieron en autores, propagándose por varias partes del país.
Por cada danza se realizan rituales favorables por un sacerdote indígena (denominado regionalmente como adivino, abogado, calpul, Chuch K’ajau, K’jauxel o abuelo), quien bendice todos los elementos materiales que entran en relación con la danza (trajes, instrumentos musicales, máscaras, altares domésticos, flores, candelas, comidas y bebidas rituales, la casa de la cofradía de bailes y las personas mismas —principales y bailadores), dice el Atlas Danzario.
La enseñanza es tradicional. Felipe Sanic asegura que su grupo tarda entre tres a cuatro meses para prepararse. Los movimientos (pasos y vueltas) son enseñados por el autor. “Él es quien dice cuándo y dónde deben salir y cómo deben bailar”, agrega.
Aunque los textos de algunos bailes tienen personajes femeninos, éstos son interpretados por hombres. Según García Escobar, es una costumbre producto de la influencia cristiana traída por los españoles. “Si participan mujeres, deben estar comprendidas entre las edades de 9 a 12 años, así se garantiza que sean vírgenes. En los bailes prehispánicos, si hay intervención femenina, vuelve a aparecer en las danzas de origen ladino de la época republicana”, asegura.
Sanic y Tzoy dicen que la razón para no incluir a mujeres es lo agotador de los bailes. El de Toritos dura, aproximadamente, cuatro horas, y el de la Culebra, unas 10. “Además, creo que no se atreverían a dar los saltos que se hacen, pues no son fáciles”, comenta Sanic.
Las mujeres se encargan de la alimentación y de cuidar a los niños, además de ser las acompañantes de hijos, esposos, padres o hermanos bailarines. Cuando se celebran las danzas, muchos grupos invitan a comer, como el de San Bernardino, que prepararon un caldo de res y tamales blancos. Reunidos en la casa de la cofradía, todos se alimentan antes de que empiece la ceremonia.
Cuando se recorren diferentes poblaciones del país, se encontrarán manifestaciones como las danzas que han persistido a lo largo de los siglos, y como dicen unos versos del poema Nuestra danza, de Pablo Ramazzini, “es una danza del pueblo … ¿será esta patria en donde vivimos digna de esta danza que bailamos desde siempre?”.


En la celebración del Corpus Christi, se representa la danza de los Animalitos en Rabinal.
   

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