Semanario de Prensa Libre • No. 256 • 31 de Mayo de 2009

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D frente

Tito, una vida intensa
Ha recorrido el mundo, ha escalado palacios y ha descendido a cabañas. Este guitarrista ¿tiene algo qué decir?


Por Juan Carlos Lemus

El guitarrista, de 61 años, es más conocido en el país por las generaciones de la segunda mitad del siglo recién pasado que por las actuales. De cuando en cuando se presenta en sitios culturales. Lo hace cada vez menos desde que comenzó su carrera en 1965.
No han disminuido sus presentaciones porque la guitarra le importe menos; al contrario, sus dedos sobre ella han madurado tanto que no hay auditorio al que no deje profundamente cautivado. No mantiene una agenda, sencillamente porque ha elegido permanecer al margen de los espacios públicos; ha optado por dejar que otros gocen de los escenarios como él los disfrutó durante décadas. Consecuentemente, se ha convertido en el peor promotor de su propia obra, como sucede con casi todos los artistas; es decir, acude solo cuando alguien lo contrata, como un oso que hiberna leyendo libros hasta que van por él. En una sociedad como la guatemalteca, en la que abundan más los contratos para policías privados que para artistas, la suya parecerá una testarudez; sin embargo, sucede que Tito Santis levantó su propio castillo, con mucho esfuerzo, dolor y alegría, y ahora reposa en sosiego con su querida de seis cuerdas, con la que ha viajado por más de 50 países.
Nos entrevistamos en Sophos, donde el café desbloqueó su bien oculta introversión, su risa explosiva, y desatoró completamente su espontaneidad.

¿De donde viene el músico?

Desde que tengo uso de razón. Mis viejos decidieron irse a vivir fuera del perímetro urbano. Crecí en una propiedad que debió de haber tenido unos 50 metros de ancho por 75 de fondo. En el centro, un chalé mitad de madera y mitad de bajareque, rodeado de más campo. De niño corrí entre los barrancos, disfruté de una libertad increíble. No viví eso de “no hagan ruido, no griten, no vayan”. Desde allí, fui un gran soñador. Tuve mucha vida interior y mucha imaginación. Salíamos al barranco, no por el camino más fácil, sino por el Paso de la Muerte, el Camino del Diablo, y todos esos lugares que uno se inventa para ponerse a prueba desde que es pequeño. Tenía 13 ó 14 años, cuando nos pasamos a vivir a la zona 1. Allí crecí, por La Merced.

¿Cuándo la tomó entre sus brazos, por primera vez?

La guitarra estaba colgada detrás de la puerta y la bajó mi hermano mayor. Empecé mis primeros tanes con un amigo grato al recuerdo, el doctor Víctor Daniel España, que sabía hacer unos cinco acordes: algunas canciones de la revolución mexicana, como La Cucaracha y Soy soldado revolucionario. Allí fue la primera vez; empecé a tocarla, con el dedo pulgar.

La guitarra, supongo, puede abrirle puertas y problemas a un adolescente.

No sé cómo ni cuándo, pero en algún momento me hice consciente de que no quería ser indiferente para vivir, me quería comer de un bocado el pastel. Entonces, empecé a ir a muchas fiestas; fui precoz en todo, para tomarme mis tragos, para fumar, y desde entonces tuve una vida intensa; se vino sobre mí una vorágine, con errores y aciertos. Desde muy jovencito, tuve una dama mayor que yo como amante. La guitarra, por supuesto, fue la que hizo que tuviera muchas invitaciones.
Al mismo tiempo, la relación familiar para mí se tornó difícil y creo que la guitarra fue una forma de exorcizar el problema. Fue difícil entendernos a mis padres y a mí. Me encerraba con mi guitarra, tratando de encontrar una respuesta a mi conflicto existencial. No tocaba para venderme; siempre fue algo de mí para mí, hasta que, un día, un amigo tenía que ir a la radio, a cantar, no quería ir solo y resulté en un programa llamado Revista Musical Gallo, que se hacía en la Voz de las Américas. Debo haber tenido unos 16 años. Hasta entonces, no me había probado si era bueno, regular o malo, pues yo tocaba por mí, con toda mi alma, sin afán de exhibirme.

¿Una buena exhibición podría restar la entrega?

Hay quienes actúan. Ha aparecido mucha gente que por un aplauso es capaz de dar cualquier cosa, hasta sus vergüenzas. El artista presenta su arte porque es algo de él, es consustancial a él, no es un médium. De hecho, no soy artista ahora, en este momento, sino solo cuando estoy en el escenario, y desaparece cuando me bajo. Es más, ni siquiera soy guitarrista, sino un hombre que ha tenido una vida maravillosa acompañado de la guitarra. Y cuando oigo a otros guitarristas, los oigo con el sentimiento de querer a otro hermano. Lo maravilloso es cuando todos los que estamos en un concierto estamos en comunión. Solo entonces, sí soy artista. Y siempre serás un estudiante de guitarra. No creo sensato que alguien sienta que es guitarrista consumado.

Usted es un intérprete versátil, pues toca música de todos los ritmos y tiempos. ¿Qué responde cuando le preguntan qué ritmo toca?

Toco música brasileña; sudamericana, en general; me gustan las chacareras, milongas, tengo buen toque de son cubano. Me gusta la música vernácula como la gitana, etcétera. Creo que me volví versátil porque no tuve profesor de guitarra, sino que me eduqué solo.

Será porque la guitarra se abre a muchas posibilidades.

Es un instrumento autosuficiente. La guitarra tiene salidas inesperadas, matices únicos; tiene el encanto de que no se deja, siempre te da una sorpresa. A diferencia del piano, por ejemplo, que tiene un orden sucesivo en la colocación de las notas, la guitarra es como si se metieran las notas en un cuchumbo, se agitan y se tiran como si fueran dados; se desparraman, y eso crea figuras y sabores muy curiosos.

¿Tantas figuras como temperamentos?

La música tiene diferentes estados de ánimo. Es humana; la hay disciplinada, neurótica, loca; es igual a las personas. Tiene alma. He encontrado gente que ve despectivamente a la música vernácula o a la música popular como la gitana, porque piensa que para que la música valga la pena tiene que ser técnicamente difícil, seria y estudiada. Pero no hay nada más grande que el alma humana. Así que, si cierta música popular no está enriquecida por una gran técnica, sí lo está de alma. En el mundo, he escuchado a guitarristas de pocos recursos técnicos, pero que me han dejado profundamente conmovido; quisiera que me prestaran su corazón.



¿Qué opina de la promoción cultural actual?

Cuando me inicié, el arte era más apreciado en su forma pura. Algo te gustaba porque lo escuchabas, no porque te dijeran que tenía que gustarte. Hoy en día, a la gente le gusta algo que le ensartaron como una táctica de publicidad masiva combinada con psicología de mercado, que le hace creer que eligió. Todavía crecí en un tiempo en que la sociedad era la fabricante de su cultura. Yo tuve la suerte de conocer al gran presentador de televisión don Jorge Méndez Castillo, quien era generoso como persona, muy grande como profesional y que tenía una excepcional guatemalidad.

¿Es caro el peaje que hay que pagar por ser músico?

Yo diría que sí, pero nada que valga la pena debe ser barato. En una sociedad como la nuestra, desde que decidí ser músico contravine las expectativas de mis padres. Pero de no haber sido porque luché, peleé, sufrí, lloré, no sería lo que soy. Como dice el Juan Tenorio: “Yo a las cabañas bajé, yo a los palacios subí”.

Recuerde que Don Juan, en esos mismos versos, cierra diciendo: “Y en todas partes dejé, memoria amarga de mí”. ¿Algún amargor por ahí?

Ninguno. Lo que pasa es que la vida no es unipolar, sino bipolar; es intensa y se abre para los dos lados; se gana y se pierde. Nadie que haya sido pleno puede recordar las cosas con amargura. Lo importante es haber abierto esa experiencia vital hacia los extremos, haber estado profundamente enamorado y también dolido.

A propósito de esa bipolaridad, estamos en un lapso político y civil complejo; en el arte, ¿en esta época ganamos, o perdemos?

Si te das cuenta, antes de que hubiera un Ministerio de Cultura había más programas culturales en Guatemala. Había más promoción artística, en vivo, sana. Hoy en día, en los medios de comunicación se ven cosas degradantes. Se vive una deshumanización en beneficio de un individualismo atroz y el sistema privilegia al que es audaz. Es un homenaje al egoísmo humano. En la actualidad, quien califica si un hombre es bueno es la junta de accionistas, trabando, muchas veces, al resto de la sociedad.

¿A qué tipo de programaciones se refiere? ¿A los talk shows, reality shows, o a nuestros programas nacionales “picosos” y “sabrosos”?

Digamos que, si prendo el televisor, la afición por la pistola ocupa 90 por ciento de los canales. Veo títulos como Infieles. Veo la relatividad de los principios, por ejemplo; la realidad es distorsionada, pues no es honesto agarrar 10 por ciento de la verdad y querer convertirla en el cien por cien de la verdad. Eso hacen mañosamente muchos analistas. (Jürgen) Habermas decía: “Ya no creo en el pensamiento científico desde que se compra y se vende”.

¿Gusta de leer filosofía?

Leí mucho; ahora no lo hago, porque saber duele, lastima. Y lastima más cuando ves que la mayoría de las personas le han tomado afecto al equívoco, porque se vende, bien vendido.

Ahora, acerca de tales cimas y simas, empecemos con los descensos. ¿A qué cabañas descendió?

Pues, verás, basta decir que he estado fuera de Guatemala, con el equivalente a US$3 en la bolsa, en un pueblo, sin conocer a nadie, calculando en qué parque voy a dormir esa noche.

Y los palacios escalados, ¿qué tan altos han sido?

Los palacios del amor siempre son muy altos. Ya te dije que soy intenso; tuve relaciones afectivas fuertes, y así de fuertes fueron también los disgustos (risas). Pero he subido a palacios lejanos, he estado en todo el Mediterráneo, en Europa del Este, en los territorios del mar Báltico... en todo el mundo, y no como un turista, sino viviendo con intensidad, con mi guitarra. Pero así como me tocó estar en cinco estrellas, he adquirido mucha más vivencia al estar apretado, con el verdadero lumpen social, con los verdaderos actores de la vida y no con los de la película. Y así como he andado en autos de lujo, una vez me quedé sin dinero, en España, porque me asaltaron, y permanecí dos meses viviendo la aventura.

¿Tuvo vida bohemia?

Soy bohemio. No creo que se entra y se sale; se tiene amor por la vida y hay que pagar de buen grado el costo de vivirla.

Creció en la década de 1960. ¿Nunca se vio tentado a integrar algún movimiento
guerrillero?


Cuando empecé a tener cierto raciocinio, me enteré, como muchos jóvenes de secundaria, de que existía el Frente Unido Estudiantil que, por supuesto, tenía afinidades ideológicas con movimientos de izquierda. En nuestra época, Marx y la literatura afín prendieron el sueño de muchos. A mí me encantó leer desde joven, pero hubo cosas que nunca terminaron de convencerme y nada del marxismo prendió en mí. Siempre estuve más cerca de la guitarra.

¿Cómo observa el camino recorrido?

Con agrado. Doy gracias a Dios haberlo andado. La vida es una experiencia única en la que hay que rehacerse; es increíble, pues hay veces que necesitas rescatarte de vos mismo, pero prefiero eso a no haber probado, como probé, el pastel.

  • Tito Santis es guitarrista guatemalteco de alta trayectoria internacional.
  • Se ha presentado en escenarios y canales de televisión de América y Europa.
  • Interpretó el tema de la película Alguien tiene que morir (1979), en la que además actúa junto con Rosenda Bernal.
  • Alternó con la Orquesta Sinfónica Juvenil de San Diego, California, en Costa Rica; además, con Marco Antonio Muñiz, Pedro Vargas, José-José, Juan Torres, entre otros famosos.
  • Periódicamente es llamado a presentarse en el Tice Ranch, en Seattle, Washington, donde también lo hacen artistas como Willy Nelson.
 

   

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