Semanario de Prensa Libre • No. 256 • 31 de Mayo de 2009

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D gastronomía

Alfredo de Roma, una opción para comer
Crítica al selecto restaurante internacional.

por Rosario Herrera


La Historia no se pone de acuerdo: hay quienes dicen que fue Marco Polo quien llevó la pasta a Italia a su regreso de la China. Otros aseguran que ésta ya existía en la península itálica desde tiempos inmemoriales. Otros más mencionan una leyenda de la mitología romana en la que Vulcano, dios del fuego, fue el primero en comer un plato de pasta, luego de haber peleado con Ceres, la diosa de la agricultura.
Por la historia actual se sabe que Alfredo Di Lelio llevaba algunos años de ser el propietario de un restaurante en Roma, Alfredo’s, cuando en 1914 su esposa, por un embarazo, perdió el apetito. En su desesperación por hacerla comer, entró en la cocina e inventó una salsa a la que ella no pudo resistirse: la ahora internacionalmente conocida salsa Alfredo. De entonces a la fecha, varias generaciones de Alfredos han continuado con la tradición familiar de los restaurantes con franquicias alrededor del mundo. Por cierto, en una oportunidad tuve la suerte de comer en el de Roma y, desafortunadamente, por no ser famosa, nadie me quiso tomar una foto comiendo el fettuccine con la mano.
Para hacer la crítica de Alfredo de Roma, llegué muy bien acompañada de mis amigos, Viviana Ruiz y Juan Carlos Lemus, editora y coeditor de esta revista, por lo que aparte de pasar un rato agradabilísimo, pude probar mucha comida. De entrada pedimos para todos un antipasto, muy rico y variado que incluía salmón ahumado, jamones, quesos, verduras asadas, arúgula y otras hierbas comestibles, todos de óptima calidad, con los aliños adecuados para cada uno y con excelente presentación.
Al llegar el momento del plato fuerte, igual que la señora Di Lelio, yo tampoco me pude resistir y pedí el tradicional fettuccine Alfredo. Bien sabido es que en Italia la pasta y el risotto no son considerados el plato principal, sino un primo piatto, pero dadas sus dimensiones para mucha gente resultan suficientes. No es la primera vez que he ido a este restaurante en Guatemala y tampoco la primera en que he pedido esa pasta. La verdad es que me gustó, aunque la prefería antes, cuando hacían la parafernalia de la salsa frente a una. Lo que hay que reconocer es que conservan la receta original, que es con base de mantequilla y queso parmesano de primera calidad.
Viviana comió un róbalo gratinado. Lo probé, como ella dice “rompiendo la etiqueta”, y me pareció de muy buena calidad el pescado y delicada la salsa, con un gratinado mesurado, tal como debe ser. Juan Carlos, también adicto a las pastas, pidió un ravioli boscaiola, que también probé. La pasta es rellena de carne bañada con una salsa que me pareció deliciosa: tomates, aceitunas negras, hongos, hierbas aromáticas, todo molido y cocinado en una unión perfecta.
Mi madre, que cuando suena la palabra restaurante siempre está presente, también fue. Se pidió un salmón a la parrilla con crema de eneldo, que según me dijo, y lo comprobé al probarlo, estaba delicioso. Además, esta vez escogió el vino blanco y fue una elección muy buena entre la variedad de blancos y tintos que hay. Como de costumbre en Guatemala, el vino rosado es escaso.
A la hora del postre ya estaba más que satisfecha, pero la crítica gastronómica lo exige. Viviana pidió una tartita de pera y yo un panna cotta (un flan de crema con yogur con salsa de pistacho y acompañado de fresas). Ambos platos tienen una presentación excelente, pero a las dos nos pareció que el postre podía dar más de sí. A Viviana le supo un tanto seca su tarta, y mí, tal vez por lo aromático de los platos que ya había comido, sentí que el flan era un tanto simple, no así la salsa.
Creo recomendable que, si mis lectores quieren degustar comida tradicionalmente italiana de alta calidad, deben ir a Alfredo de Roma, aquí o en cualquier otra parte donde exista la franquicia, y quién sabe, quizás se encuentren a algún personaje del jet-set comiendo el fettuccine Alfredo con la mano. Si no hay nadie famoso presente, hagan como los romanos, usen el tenedor y en último caso ayúdense con la cuchara. ¡Salud y bon appétit!

rosario@herreramolina.com


   

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