Semanario de Prensa Libre • No. 209 • 06 de julio de 2008

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D cultura

Tierra de inspiración
Guatemala ha despertado el interés de notables figuras de la literatura mundial.


por Sébastien Perrot-Minnot

Guatemala, país de la Eterna Primavera, que vio nacer a tantos notables escritores y poetas, hizo florecer la imaginación y pasión de destacados autores de varias regiones del planeta. Y en realidad ¿cómo hubiera podido no ser el caso, en esta comarca de hermosa naturaleza y fascinante historia, de contrastes y convulsiones?
Etimológicamente, Guatemala (Quauhtlemallan) es “el lugar de muchos árboles”.

Desde hace siglos, todos se impresionan por los paisajes tan diversos de la costa sur, la cadena volcánica y las sierras que la bordean al norte, los grandes valles fluviales, la costa caribeña y las verdes extensiones del Petén. En poco tiempo, se puede pasar de un medio ambiente a otro radicalmente distinto. Tal panorama hubiera encantado, seguramente, al novelista francés Julio Verne (1828-1905), fascinado por las sorprendentes propiedades de la naturaleza, las exploraciones y los avances científicos. El autor de la famosa serie de los “Viajes extraordinarios” mencionó a Guatemala en una novela corta que publicó a los 23 años, Los primeros navíos de la armada mexicana.

Los volcanes, que dominan y dan forma al paisaje, tienen un particular poder de atracción. En sus Souvenirs du Guatémala publicados en una revista parisina en 1904, el viajero Rodolphe Saillard relata el asenso del Volcán de Agua por el entusiasta señor Pellet, ministro de Francia en América Central y “brillante escritor”.

Los colosos tampoco podían dejar indiferente a Antoine de Saint-Exupéry, que estuvo en La Antigua Guatemala en 1938 y se habría inspirado en los tres volcanes del área para inventar el extraño planeta de donde venía el Principito (1943).

Este aviador y escritor francés había tenido un dramático accidente al despegar el aeropuerto La Aurora; se recuperó en la ciudad colonial donde sintió probablemente, como Gustave Flaubert en Túnez, que el “clima era tan suave que uno se olvidaba de morir.”

Un pasado evento volcánico dio lugar a una maravilla de la naturaleza, el lago de Atitlán. En 1934, el novelista, ensayista, crítico y poeta inglés Aldous Huxley tuvo la feliz idea de aprovechar un crucero por el Caribe para descubrir Guatemala. Tras un viaje interminable desde Puerto Barrios, llegó al lago que a primera vista consideró como el más bello del mundo.

En Guatemala, las bellezas naturales sirven generalmente de joyeros a prodigiosas riquezas culturales. En 1931, el país fue visitado por la escritora y poetisa chilena Gabriela Mistral. Después de que la Universidad de San Carlos le otorgará un doctorado honoris causa, Mistral pronunció un discurso cargado de emoción donde declaró, en particular, su amor por los “grandes mayas fundamentales”. Esta chilena se convertiría, 14 años más tarde, en la primera latinoamericana en recibir el Premio Nobel de Literatura.

Frente a remanentes de los antiguos mayas hasta los arqueólogos tienden a dejarse llevar por las delicias de la literatura y la poesía. Qué mejor ejemplo que el británico J. Eric S. Thompson y su magistral Grandeza y decadencia de los mayas (1956).

El destacado poeta, periodista y diplomático nicaragüense Rubén Darío (1867-1916), quien fue también un unionista apasionado, descubrió Guatemala a finales del siglo XIX. Publicó aquí la segunda versión de su famoso libro Azul. Pero como lo recuerda la doctora Evelyn Uhrhan Irving en un estudio sobre la Presencia de Rubén Darío en Guatemala (1971): “Aunque Darío pasó en total dos años en Guatemala, parece ser que escribió poco que tratara del país.” No obstante, un poema —al menos que se trate de un esbozo— delata el interés de Darío por la profunda historia guatemalteca: “En Guatemala la antigua D. Pedro de Alvarado/ Un día entró a una iglesia solemne y silenciosa/ A su talón de hierro dio la marmórea losa/ Un eco que era un eco de un eco del pasado”.

Los ecos del multifacético pasado de Guatemala —prehispánico, colonial y moderno— resuenan hoy en el corazón de una nación multicultural. Sobre el fantástico aporte de los siglos y el sincretismo, el genial poeta francés Paul Valéry formuló acerca de las Leyendas de Guatemala de Miguel Ángel Asturias (1930, primera edición), estas palabras tan hechiceras: “¡Qué mezcla esta mezcla de naturaleza tórrida, de botánica confusa, de magia indígena, de teología de Salamanca, donde el Volcán, los frailes, el Hombre-Adormidera, el Mercader de joyas 10 sin precio, las «bandadas de pericos dominicales», «los maestros magos que van a las aldeas a enseñar la fabricación de tejidos y el valor del Cero» componen el más delirante de los sueños!”

Como lo reconocía Asturias, Guatemala es una tierra convulsiva. Entre las convulsiones de la historia, el golpe de Estado protagonizado en 1954 por el coronel Castillo Armas, y que puso un fin al gobierno revolucionario del coronel Árbenz, provocó muchas reacciones en el mundo. En Francia, el poeta Louis Aragon dedicó dos dolorosos cantos de su poema Los ojos y la memoria (1954) a los trágicos sucesos que ocurrían al otro lado del mundo.

Antes y después del golpe de Estado de 1954, un bien conocido revolucionario argentino entonces establecido en Guatemala, Ernesto Che Guevara, se abandonó a veces a las apacibles ocupaciones de la poesía. En octubre del 2007 se presentó en Guatemala una compilación única de una veintena de poemas del Che.

El editor de ese libro, Marco Vinicio Mejía, aclaró a la agencia noticiosa cubana Prensa Latina que el objetivo era “mostrar la faceta humanista del Che, no sólo la del guerrillero”.

El espacio de este modesto artículo no permite mencionar a todos los autores de la literatura y la poesía mundial que se interesaron por este rincón de América Central. No se puede omitir, sin embargo, al poeta, político y diplomático chileno Pablo Neruda, quien recibió el Premio Nobel de Literatura en 1971.

Neruda viajó a Guatemala en 1941 y 1950, y en esta última ocasión recibió vibrantes homenajes del Gobierno y el Congreso. Este amigo de Asturias se refiere a Guatemala en varios de sus poemas. En su Oda a Guatemala, destacó varias de las bellezas del país, el cual le aparecía como “Un puño y un puñado/ de polvo americano con semillas,/ un pequeño puñado de esperanza”.

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