Manipular las emociones y exaltar la histeria colectiva es una fórmula gastada, pero que sigue siendo impactante y efectiva cuando se trata de transmitir un mensaje electoral. Los políticos seducen a la multitud y la introducen en una dimensión desconocida, donde la fanfarria y el espectáculo dominan el escenario. Ellos, las figuras principales, aparecen en medio de luces y timbales como los mesías, los ungidos, los elegidos por un pueblo que —según ellos— los adora y seguirá impasible por el tortuoso camino de la democracia.
Están tan concentrados en sí mismos, que rara vez perciben que Guatemala es un pueblo triste, cansado de escuchar profecías malogradas, pero que mantiene viva una esperanza escuálida.
Los políticos confundidos por los vítores que corean sus nombres, por los besos y por los abrazos, no advierten que esa multitud es la misma que escucha a uno u otro en un desfile parco, y la que recibe hoy una camiseta roja, mañana una gorra naranja y pasado mañana un chaleco verde.
En esa dimensión paralela, los políticos pierden la noción de la realidad y no se esfuerzan en encontrar otra fórmula que atraiga y convenza a una fuerza invisible que hoy puntea en las encuestas de opinión —y que podría inclinar la balanza el 9 de septiembre próximo—.
Los indecisos, un 42.5 por ciento de la ciudadanos con derecho al voto, conocen la dimensión de los políticos: observan el espectáculo, escuchan al candidato, aceptan la mísera comida que ofrece el anfitrión al final del mitin, y desaparecen, con algo en el estómago, pero en el fondo vacíos, sin haber encontrado un verdadero sustento para su búsqueda.
Los candidatos no perciben que los electores están madurando, y que sobre ese 42.5 por ciento deben enfilar su campaña política. Los indecisos piden coherencia en los discursos, y soluciones prácticas —no demagógicas— a los problemas inmediatos que les afectan.
No quieren más bulla, ni fiestas, ni shows mediáticos. No buscan héroes o súper hombres, sino tan sólo una propuesta seria, creíble, que los conquiste; un hombre trabajador y honrado, en el que se pueda confiar y creer, no como otros, en los que depositaron su esperanza y los traicionaron.
Los indecisos pueden definir la elección y convertirla en una verdadera fiesta cívica donde se elija al mejor, al presidente de todos los guatemaltecos.

La transparencia alimenta la democracia, la gobernabilidad, la auditoría social y cultiva ciudadanías. La ausencia de transparencia engendra autoritarismo, corrupción, desconfianza, anomia, acrecienta la crisis política institucional, cobija acciones ocultas y propicia soluciones mediante vías marginales y grupos encubiertos.
Lamentablemente, esas ausencias de transparencia son una arrogancia de cualquier poder. O con otras palabras, para ejercer poder se tiene que administrar la transparencia. Ese es el campo laboral de los publirrelacionistas y los manejadores de imagen. Dramático aserto que pone en la agenda el tema de la claridad y apertura en la comunicación y la acción políticas.
En nuestro país son usuales la mentira, la desinformación, la información a medias, el encubrimiento, el irse por las ramas, el lenguaje incomprensible del Presupuesto Nacional y del gasto público, la formación de prejuicios o estereotipos (que sirven para equivocadamente entender lo real con lentes ajenos), la manipulación y el discurso seductor (frecuente en políticos e ideólogos). La falta de transparencia expande la impunidad.
Esa ausencia de claridad desde el poder, extiende la cultura del encubrimiento y genera la formación de mafias. Ya no es solamente una característica de la gestión pública, sino que se ha generalizado en la vida social. Se trata de no enseñar todas las cartas. Se pervierte el lenguaje.
Somos rehenes de una comunicación pública contaminada. Recuerde usted ese lenguaje cantinflesco, contradictorio e incierto, que se ha vuelto discurso político con ínfulas de sabiduría y con las pausas de un gato sobre el tejado caliente.
El Estado guatemalteco, inconcluso y desnacionalizado, se ha delincuentizado. La vía más eficaz para conseguir algo son las acciones ocultas. No es el apego a lo socialmente justo. Nos metieron en una Babel de tejidos discursivos engañosos e intransparentes, en un libre mercado de jergas donde domina el que cuenta con mayor sombra o protección política (el que tiene más saliva, traga más pinol). Predomina el que hace prestidigitación con las palabras. El colmo: también lo hace a través de testaferros. Para eso tienen el respaldo de un enjambre legal, en el que todo es posible: sindicar, enjuiciar, eximir de culpa, ampararse y eternizar la espera de resolución. ¡Hasta lo in fragranti lo vuelven intransparente, a pesar de la evidencia y la confesión. ¿En qué crisis estamos?
Planes, sólo en el papel
Ana María de Klein
De Madres Angustiadas
Cada cuatro años hemos leído y escuchado los “planes de gobierno” de los partidos políticos que han encabezado las encuestas de opinión y que, aparentemente, tienen posibilidad de ganar, por ocupar los tres primeros lugares en la intención de voto.
La conclusión a que hemos llegado es que el papel todo lo aguanta. Hemos leído y escuchado ofrecimientos inverosímiles sobre temas de seguridad y justicia, que solamente los más ingenuos de los ciudadanos pueden creer.
Todos sabemos que cada nuevo gobierno llega siempre con el lema de “borrón y cuenta nueva”, e inicia su gestión eliminando cualquier iniciativa o programa del gobierno anterior, sin realmente conocer ni analizar los logros obtenidos.
Esta actitud significa un retraso considerable en la implementación del trabajo en todos los ministerios y oficinas del Estado.
Como agrupación de la sociedad civil, con 12 años de lucha para promover el fortalecimiento de las instituciones de seguridad y justicia, pedimos que los partidos políticos se comprometan a lo siguiente:
Publicar los nombres y hojas de vida de las personas que ocuparán todos los cargos en ministerios.
Publicar los nombres y hojas de vida de los candidatos a alcaldes y diputados, para que los ciudadanos tengamos acceso a esa información, antes de emitir nuestro voto.
Establecer un período razonable y obligatorio, para que todos los nuevos funcionarios públicos reciban el cargo levantando actas sobre ese proceso, y hacer público el resultado de la transición.
Hacer una evaluación profesional de los programas y procesos iniciados por el gobierno anterior, antes de decidir sobre cambios.
Publicar el correo electrónico y la dirección postal a donde todos los ciudadanos podamos enviar vetos en contra de candidatos o funcionarios con antecedentes inaceptables para ocupar cargos en el Gobierno.
La honradez y la calidad de las personas hacen la diferencia.