Decisión 2007 No. 9 - Guatemala, martes 03 de julio de 2007
Tribuna
Análisis

Qué hay detrás de los insultos
Las calumnias acentúan la incertidumbre de los indecisos

Por Claudia Méndez Villaseñor

Los ataques entre partidos políticos no son una novedad en Guatemala. “Insulta, que algo queda”, parece ser la fórmula que repiten cada cuatro años y que busca no sólo desprestigiar a un oponente político, sino crear desconfianza en el segmento de los indecisos, que al final se traducirá en un mayor abstencionismo el día de las elecciones.

No será la primera vez que los guatemaltecos escuchan ataques verbales, palabras soeces e historias macabras en un mitin político.

“Oponentes pendejos”, “asesinos de pilotos”, “corrupto”, “ladrón”, “mano aguada” y “cobarde” son algunos de los mensajes que no dejan de pronunciar los candidatos a la Presidencia y con los que buscan defenderse de un ataque anterior.

Pero, ¿qué tan efectivo resulta atacar sostenidamente a un rival político?, ¿cómo perciben los votantes este estira y encoge?, ¿vale la pena el desgaste? En palabras de analistas políticos y expertos en coyuntura nacional, la respuesta es: no.

Basta recordar cómo en las elecciones pasadas, cuando al escudriñar la vida de uno de los principales candidatos a la Presidencia salió a luz uno de los pasajes más oscuros y escándalos de su juventud.

En Chilpancingo, capital del estado de Guerrero, México, el candidato mató a dos hombres en defensa propia y huyó del país para no rendir cuentas a la justicia.

Cuando la historia se hizo pública, habían pasado 10 años y el crimen había prescrito.

Por el hecho, sus enemigos políticos lo hacían ver como un criminal, pero el hombre, Alfonso Portillo, conocedor de la idiosincrasia guatemalteca, lo utilizó a su favor: “Si eso hice para defender mi vida, qué no haría por defender a Guatemala”, machacaba en los discursos frente a miles de personas. La estrategia funcionó, y el resultado se vio el día de los comicios, cuando aventajó por miles de votos a su oponente más cercano.

¿Qué pasa hoy?

“El comienzo temprano de la campaña electoral trajo consigo el adelanto de campañas difamatorias en contra del candidato que ocupa los primeros puestos en las encuestas de opinión, Álvaro Colom, de la Unidad Nacional de la Esperanza (UNE).

A través de Internet, el político ha sido acusado anónimamente de innumerables hechos criminales, de los que se había defendido haciendo gala de prudencia y tolerancia.

“Mis oponentes políticos son unos pendejos”, dijo el pasado 23 de junio, en Melchor de Mencos, Petén, lo que incitó la confrontación pública entre la UNE y el resto de partidos políticos que buscan alcanzar la Presidencia.

Pero, ¿es eso lo que quiere escuchar el electorado: discursos violentos en los que afloren las calumnias y las injurias?
La respuesta de los expertos nuevamente es: no.

“El Código de Ética, signado entre agrupaciones políticas, rechaza las prácticas de violencia”, explica el analista político Luis Ochoa.

En el documento se especifica claramente que los candidatos no deben agredirse verbalmente entre sí y se comprometen a trabajar en una campaña en la que se impulse el debate y la presentación de los programas de gobierno, algo que actualmente no ocurre.

“Creo que es una idea perversa pensar que al electorado le gusta que los candidatos peleen de esa manera”, agrega.

Sin embargo, Ochoa cree que las campañas negras al final forman parte de las estrategias de los mismos partidos políticos para ganar adeptos.

Igual opina Francisco García, del Instituto Centroamericano de Estudios Políticos. “En la campaña se maneja la inteligencia política, y el efecto que se consigue cuando se lanza una acusación es tremendo”, dice.

“Hay discursos que no son propiamente argumentativos y que sólo utilizan insultos; el insulto tiene sus argumentos, es la retórica de insultos o de la destrucción. Es una forma de estrategia discursiva que puede usar cualquier dirigente político aquí o en otro país. Alberto Fujimori lo hizo en Perú”, escribió Julieta Haidar, especialista en Análisis del Discurso y Semiótica de la Cultura de la Fundación Global Democracia y Desarrollo.

Respeto

Código de Ética

> Artículo 10: Los partidos políticos se comprometieron a mantener una conducta adecuada que rechace las prácticas de violencia.

> No agresión: No es válido agredir verbalmente a los oponente políticos, fue uno de los acuerdos que quedaron prácticamente sin cumplir.

Dinámica negativa

De vuelta en Guatemala, “(Otto) Pérez y (Alejandro) Giammattei agreden a (Álvaro) Colom para que él responda. Colom lo había hecho bien, hasta que contestó, y lo que hizo fue promover el enfrentamiento y polarizar la campaña”, advierte Ochoa. “La manera como actuó Colom podría beneficiar más al candidato señalado Pérez que a la propia UNE”, advierte.

De acuerdo con Ochoa, los del Partido Patriota lograron que la UNE se introdujera en la confrontación, pero al acusar a Pérez de hechos que no tienen sustento y que fueron mal investigados, le permite al otro presidenciable defenderse y demostrar que todo es mentira”, añade.

¿A quiénes beneficia?

En su columna de opinión, el periodista Gustavo Berganza trata el tema. Bajo el título “La utilidad de las campañas negras”, el experto considera que si bien la posición de Pérez puede resultar afectada, tras los señalamientos del diputado Taracena sobre la contratación de un asesor presuntamente cuestionable, no significa que con ello aumente el apoyo hacia Colom.

Más bien opina que el comando de campaña está jugando a promover el abstencionismo.

Berganza dice: “Los estudios de audiencia que se han realizado en otros países muestran que las campañas de ataque refuerzan la intención de voto de quienes están identificados con los candidatos, tanto del que ataca como del que recibe. Pero crean desconfianza y alarma en el resto... El efecto más devastador se produce entre los indecisos”.

Ello, de ser cierto, puede incremenatar, o cuando menos mantener las cifras de la Encuesta 3, efectuada por Vox Latina, para Prensa Libre, que destaca que un 42 por ciento de votantes guatemaltecos aún no tiene un candidato definido.