Decisión 2007 No. 10 - Guatemala, martes 10 de julio de 2007
Tribuna
La entrevista
Oswaldo Salazar | filósofo
Babel, + circo y votos
“No es que la gente no entienda los altos vuelos de la economía o las políticas de Estado, sino que hay desencanto, apatía y escepticismo”.

Por Gustavo Adolfo Montenegro

Más allá del descontento y los problemas coyunturales de los electores guatemaltecos tras dos décadas de democracia incipiente, el filósofo y escritor Oswaldo Salazar propone aventurarse a una discusión madura sobre el rumbo de nuestro sistema político y los ideales de identificación de los ciudadanos.

“El mundo contemporáneo
ha convertido los procesos
eleccionarios en verdaderos
reality shows. Es difícil no ver
a los candidatos sumidos en
sus papeles de reparto.
Lo interesante sería poder
ver los créditos, y saber
quién o quiénes dirigen y
producen el espectáculo”.

A veces parece que la política de tiempos de Maquiavelo (siglo XV) no ha cambiado: la misma lucha del poder como fin, y no como medio.

La figura del Príncipe es una de las primeras manifestaciones del culto a la voluntad única del yo. Hoy, 500 años después, las cosas han cambiado un poco. El racionalismo democrático del mundo liberal ha convertido al yo supremo de los príncipes renacentistas y monarcas barrocos en un escenario maleable, negociable, donde confluyen distintas fuerzas sociales. Esta situación, que ha sido entendida como la “democratización del poder político”, ha sido también su enmascaramiento.

La gente critica a los políticos por ambiciosos y egocéntricos, pero sin ciertas aptitudes no van a llegar muy lejos… ¿Cuáles deben ser las aptitudes de un político?

No pueden formularse en abstracto, es un problema que se resuelve coyunturalmente. Para llegar lejos, un político debe establecer un equilibrio entre las aspiraciones sentidas del voto popular y los intereses sectoriales de los poderes privados que lo impulsan.

La democracia, dicen, es el menos peor de los sistemas políticos. ¿Qué piensa al respecto?

Es un error, me parece, juzgar a los sistemas políticos en términos de bueno o malo. Buenos o malos, ¿para quién? La democracia, como cualquier otro sistema, es un régimen, una disciplina. Tal y como la entendemos ahora, ligada íntimamente al tema de la representación, la democracia es la disciplina de la imagen. En este nuevo milenio, en el medio de la crisis del Estado-Nación, la democracia, nuestro espejo del dominio humano, se nos empaña y la disciplina de la imagen se disuelve acosada por la lucha entre globalización y poder local.

La violencia es uno de esos problemas que hace que la gente clame por un gobierno fuerte, autoritario, casi represivo…

Si analizamos el país en que vivimos, que nace con la revolución liberal de 1871, la violencia siempre ha castigado a la sociedad guatemalteca. Hemos pasado de la violencia caudillista, a la guerra ideológica para terminar con la violencia de los grupos económicos emergentes y sus secuelas marginales. Tres etapas: la monopolización, la polarización y la diseminación de la violencia. El hecho de que actualmente el Estado sólo puede comprenderse a partir de las tácticas de gobernabilidad hace más aguda la cuestión.

La gente pide una solución inmediata, despreocupada de las causas, y en esa economía de lo urgente sólo logramos sustituir una violencia por otra. La seguridad por la vía autoritaria tiene un precio que se paga con la reducción de las libertades. ¿Realmente queremos eso?

Perfil

Intelectual

Salazar es doctor en Filosofía, catedrático en la Universidad Francisco Marroquín. Graduado en Boston College. Fue decano de la Facultad de Humanidades en la Universidad Rafael Landívar. Ha publicado libros sobre Filosofía de la Cultura.

Opinión

“El debate político no puede ser el enfrentamiento de visiones totalizadoras porque entonces es la guerra. Y de eso ya hemos tenido suficiente”, dice acerca de la necesidad de tolerancia y mente abierta para la discusión política constructiva.

En campaña se exigen planes concretos a los candidatos, pero esto pareciera dejar todo el trabajo al equipo que entra al gobierno. La mayoría de la población sigue sólo como los remeros del buque de Ben Hur...

Usted plantea una situación desesperada: una sociedad esclavizada, condenada a trabajar y sin poder decidir sobre su destino. Y allá arriba, un equipo anónimo que decide todo para un capitán que no es sino un títere que pone la cara.

Quizá la cosa sea un poco más prosaica. A la mayoría de remeros no les interesa saber de los planes de gobierno. Y esto es así no porque la gente no entienda los altos vuelos de la economía o las políticas de estado, sino por desencanto. Y en este juego del escepticismo y la apatía, las elecciones se han convertido en circo de publicidad y voto de castigo.

Aristóteles decía que el hombre es el animal político, pero ante tanta violencia, jugarreta partidaria y fragilidad de las instituciones, como que el animal político es más bien la excepción…

Sí, eso nos ha venido diciendo Aristóteles durante los últimos dos mil años. Dice también que el ser humano, como animal político, es distinto de otros animales gregarios (las abejas, por ejemplo) porque la naturaleza nos ha dotado de la capacidad de discurso y de un sentido del bien, las dos cosas que, junto a la razón, hacen posible la búsqueda de la felicidad. Así, en un análisis aristotélico del tema, podría decirse que esa violencia, esas jugarretas partidarias y la fragilidad de las instituciones son los factores que han coartado, fragmentado, mutilado nuestra capacidad de discurso, y que han nublado nuestro sentido del bien. Vivimos en una sociedad babélica.


¿Qué nos hace falta para cambiar, para bien, la democracia de este país?

Esta pregunta está vinculada a la anterior. La figura del Estado y sus formas ilustradas de gobierno están en crisis, y no sólo en Guatemala. Quizá éste sea un buen momento para repensar el espinoso tema de la legitimidad de las instituciones. Si el Estado guatemalteco está en ruinas, un camino que podría seguirse para reconstruirlo es el fortalecimiento del poder local.