Decisión 2007 No. 11 - Guatemala, martes 17 de julio de 2007
Tribuna
Análisis

De discursos y mareas
¿Qué es el discurso? ¿A qué intereses sirve? ¿Qué implican los mensajes?

Por Ramón Urzúa Navas

Es muy simple. Toda la marea de la civilización busca el asiento de su gravedad en el suelo arenoso del discurso. Y quiero permitirme entender por “discurso”, con Louis Althusser y Michel Foucault, a la maraña de poderes y el espacio en el que pugnan todas las tensiones externas que modelan y disciplinan al individuo desde la cuna, y que lo interpelan de acuerdo con el espíritu del tiempo y de la ideología dominantes.

Discurso es tanto lo que decimos como lo que callamos; cuanto hacemos y cuanto omitimos hacer. Es el fin y son los medios: McLuhan y Maquiavelo. Para usar la metáfora de Foucault, el discurso dominante —cualquiera que sea— ejerce un perenne espionaje sobre nuestros actos, ya para impedir la transgresión, ya para castigarla, exactamente como el panóptico de la cárcel ideada por Jeremy Bentham.

Palabras en escena

Conviene hacer dos distingos: discurso según el uso del lenguaje articulado en la concreción del habla, y discurso de acuerdo con las ciencias sociales, en cuyo caso —a partir del posestructuralismo— se analizan los mecanismos con que opera el poder. En este último sentido, al discurso no lo constituyen tan sólo las palabras, sino también aparatos “oficiales” que consiguen imponer en el “yo” presupuestos religiosos, científicos o filosóficos.

Para efectos de estas líneas, discurso es toda palabra que la figura del político musite, escupa, entone o vomite; desde el podio, frente al micrófono, bajo la lluvia o ante los reflectores. Pero es discurso también la camiseta que regala, con el muy filantrópico interés de conseguir un voto para sí. Y al continuum discursivo de aquellos personajes contribuyen, desde luego, sus requiebros de voz, sus pausas, sus silencios, sus ojos, sus manos, sus vallas anarquistas, sus dramatismos imposibles, sus sonrisas burocráticas, sus balas homicidas, sus escenarios lavanderos, sus marimbas demagógicas, sus ocultas inquinas y sus ventiladas ignorancias.

Bendiciones y bramidos

La palabra feroz y la mueca autoritaria, desde la medianía del argumento insuficiente, ofrecen siempre un número teatral de poca monta. Tomemos por caso la figura de Otto Pérez Molina, o la de Álvaro Colom, o la de Luis Rabbé, o la de cualquiera de cuantos contienden arrancándole las carnes a su prójimo político: todos tienen en común la inconfesable codicia del poder, y echan mano de talentos actorales y de amígdalas forzadas para granjearse simpatías.

Remarcable es la viñeta de Alejandro Giammattei, quien invoca el amparo divino con un tono de amenaza y un aire de profecía. Tal estrategia discursiva parece exacerbar cuanto de teología redentora hay en toda maldición. “Todas las noches” —ha dicho públicamente— “le pido a Dios que me preste a su pueblo por cuatro años”, y esto entraña la paradoja hegeliana del maestro y del esclavo.

Dicho en términos de Jacques Lacan, estamos frente al Discurso del Amo, en virtud del que un dios/señor monopoliza el poder al anular la identidad del sujeto/siervo, del cual es propietario.

Por lo demás, ¿acaso tiene la invocación de Giammattei mayor valencia argumental que una falacia de apelación a la misericordia, o a la estampa pía de la madre que —al pie de la cama— enseña a su hijo a rezar? Como fuere, ¿no se opone tan tersa imagen a aquellos bramidos de altavoz, tanto como a los planes de gobierno oficialistas que permanecen pletóricos de ausencia?

Ejemplos
de nobleza


UNE

“Si fuera brujo, ya les habría torcido las patas a saber a cuántos, sin necesidad de hacer campaña”, Álvaro Colom, en mitin en Jalapa.

PP

“¿Quién es el candidato de la mano aguada? El que anda con la paloma para todos lados y le vamos a decir otra vez que no”, Roxana Baldetti, en Nebaj, Quiché.

Dardos envenenados

Distinta es la pragmática de Álvaro Colom, cuya voz no tiene precisamente el más lírico de los timbres. Dado que desde el siglo XX ha ansiado convertirse en presidente, ha tenido mayor tiempo de federar todas sus fuerzas y tejer un programa de administración que le otorga cierto grado de ventaja sobre sus más cercanos oponentes. Y, a la vista de las cosas, no está claro si aquel proyecto es de izquierdas, si es centrista, o si es más bien una derecha en versión metrosexual.

Hasta no hace demasiado, el plan de batalla colombino consistía, cabalmente, en no batallar con ninguno, en discurrir como pacífico operario del concepto de esperanza; en venderse, en fin, sin retórica inflamada. Pero en las últimas semanas ha vertido cafeína en sus palabras, y no hace ascos a valerse del insulto y de la ira contenida. Sin omitir la mención de las labores de su esposa, “Sandrita” (y nótese el empleo del diminutivo que connota afecto y cercanía), Colom ha empezado a levantarse las costras y a hacer dardos de ellas.

“Si yo fuera brujo, ya les habría torcido las patas a saber a cuántos, sin necesidad de hacer campaña”, dijo en un mitin en Jalapa. ¿Y cómo conciliar tan amigable vudú con su cacareada profesión de fe (“Soy un hombre de Dios”)? No es todo: “Cualquiera que les venga a decir pendejadas de Álvaro Colom, esos (sic) son los traidores y esos son los que están asesinando pilotos en la Ciudad de Guatemala”, proclamó también en tal ocasión. ¿Y deben los votantes suponer que todo aquel que cuestione a este individuo traiciona intereses de la Patria?

Tácticas de guerra

Otto Pérez Molina ha recogido el guante, aturdido quizá por el inopinado tacto del vicepresidente de la República. Muy bueno es negar acusaciones, pero sería mejor escuchar propuestas. “Mano dura” había sido el mantra de Pérez, hasta que recibió el anatómico consejo de introducir “cabeza y corazón” en los simples puños. Irónicamente, la idea de rigidez se ve robustecida con el agregado vocal de “carácter y firmeza”, que Pérez repitió, como gramófono de 1945, en un conocido programa televisivo. Con tales ardores pretende derrotar a la tropa antagonista, y pasar por el triunfo con la soltura de Aníbal cuando éste atravesó los Alpes armado de elefantes. El terror atormenta, y aquel general se apresura a prometer “seguridad” en abundancia, ese maná que ya cualquiera nieva en el desértico Sinaí de este proceso.

Asimismo contra Colom y a favor del militar, la legisladora Roxana Baldetti arrima el hombro en calidad de circunstante: “¿Quién es el candidato de la mano aguada? ¡El que anda con la paloma para todos lados, y le vamos a decir otra vez que no!”. Muy interesante. Esta dama se apropia de la imaginería patriarcal, pero no para subvertirla, sino para afianzarla. Con evidentes alusiones fálicas en esa frase pintoresca, ¿implica Baldetti que prefiere mano blanda en todas partes y la dureza en otro lado?

En términos comparativos, la presidenciable Rigoberta Menchú y la diputada Nineth Montenegro guardan aún cierto decoro. Lo reprochable en su plan no es la falta de qués, sino la escasez de cómos. Y, en el caso de Menchú, su arenga se limita a recurrir a la doble condición de indígena y mujer para lograr apoyos sororales y de etnia, sin reparar en que toda referencia al emisor tiende a absorber su propia oratoria. Apela a imagen y logros, en una técnica de autobombo que ha sido ya perfeccionada por Fritz García-Gallont y Álvaro Arzú, eminentes miembros del Gremio de los Recíprocos Inciensos.

Poco queda por decir de Harold Caballeros, quien resultó descabalgado en el último suspiro. O de Francisco Arredondo, ahora solista de violín en la punta de la loma. ¿Qué puede ya sorprender? Claro el tablero, los discursos seguirán abasteciendo el arsenal. Todo está dispuesto para que el más astuto se instale en la corte del poder. Y, como en la ficción de Reinaldo Arenas, aquello tal vez se convierta de nuevo en el palacio de las blanquísimas mofetas.