¿Para qué votar?, es la pregunta recurrente que muchas personas se hacen ante el proceso para elegir a las próximas autoridades que nos gobernarán, debido a que han visto que las promesas hechas por los políticos quedan sólo en eso, en promesas.
Es fácil escuchar la queja de muchos decepcionados: “Si todos los partidos son iguales”, “esos políticos nada más andan de un partido a otro”, “cuántos en campaña ofrecen muchas cosas y después ya no se les vuelve a ver”.
Bien es sabido que muchas personas se quejan, aduciendo no ser los responsables de las autoridades que actualmente nos gobiernan, sencillamente por no haber votado.
Pero no ejercer ese derecho es dejar la puerta abierta para que otros tomen una decisión por mí.
Es por ellos que se dice que, irónicamente, son los ciudadanos que no participan los que están definiendo quién gana las elecciones, pues, al final, todo se define en razón del llamado “voto duro” de cada partido.
A pesar de los dichos que se escuchen, es necesario que el 9 de septiembre todos ejerzamos el derecho de elegir, y así cumplir con nuestra obligación de votar.
¿Para qué? Para que después no nos lamentemos del tipo de personas que llegan al poder; además, para no dejar en manos de otros nuestro futuro y el de nuestros hijos.
El no hacerlo también es una irresponsabilidad que en diversas oportunidades nos ha dejado un alto costo: personas que se han servido del poder, que se beneficiaron de las estructuras del Estado, que lo saquearon, que les importó poco la ciudadanía.
No podemos obviar que existen problemas para ejercer un voto libre, como la pobreza, el mercantilismo en los votos por parte de los partidos, mecanismos que en mayor o menor medida utilizan todos los partidos que han sido incapaces de generar acciones de convencimiento para la ciudadanía.
Por ello, es indispensable que la sociedad retome su papel en la definición de quiénes quieren que sean sus representantes; algo complejo en medio de esta maraña de ofertas descabelladas, de trayectorias dudosas, pero por eso es precisamente importante la participación de todos. Ya es tiempo de que a los ciudadanos nos toque definir un futuro mejor.

Tradicionalmente en Guatemala, la “cosa pública” es un tema de los adultos varones que, según conveniencia personal, estaban convencidos de que ellos eran los únicos dotados de conocimientos suficientes para elegir quién debía dirigir los destinos del país. Hasta hace muy poco tiempo se consideraba que en asuntos políticos, los hijos adultos con derecho a voto debían seguir la opinión del jefe de familia.
Actualmente, cada vez con mayor interés, los jóvenes sienten que tienen responsabilidad en conocer quiénes son, a quién representan y cómo beneficiarán al país los candidatos a la Presidencia de la República.
Lo anterior no significa rebeldía ni desacuerdo, se trata, al parecer, de que los jóvenes piden que se les tome en cuenta como seres de libre albedrío.
Si nos ponemos a pensar en la actual estructura por edades de la población guatemalteca, nos damos cuenta de la importancia que tiene la opinión de los jóvenes para decidir quién debe gobernar el país. Más de la tercera parte de la población es menor de 25 años.
Hablar que el futuro de Guatemala será de los jóvenes suena un tanto obsoleto. Los jóvenes quieren ser protagonistas ahora de los cambios que perciben necesarios para el país. No esperar el futuro que nunca llega, y que cuando suceda estará influido por los adultos mayores que, realmente, lo hemos hecho bastante mal.
No podemos seguir como una sociedad indiferente, con una memoria histórica casi inexistente y viviendo sólo el presente, arrullados por una publicidad política vacía e inconsistente.
Dejando la responsabilidad de dirigir los destinos del país a unos cuantos audaces que, sabiendo de nuestra apatía y falta de conocimientos de los hechos políticos e históricos fundamentales, nos engañan fácilmente.
Debemos, por ejemplo, retomar el sentido de las palabras del politólogo inglés John Locke, quien en Tratados sobre el gobierno civil nos recuerda: “Los seres humanos poseemos ciertos derechos, como el derecho a la vida, libertad y propiedad privada, y donde la sociedad civil surge para el mantenimiento de esos derechos”.
Al parecer, casi instintivamente, la juventud guatemalteca está por ser protagonista en la defensa de sus derechos, que coinciden con lo expresado por Locke.
Desde pequeño, mis padres me enseñaron a amar mi Patria y a servirla con responsabilidad e integridad. Desde muy temprano comprendí que uno de mis deberes ciudadanos es el de elegir a las autoridades que han de guiar el rumbo político, económico y de desarrollo social de todos los ciudadanos de esta hermosa Guatemala.
La primera ocasión en que voté, agradecí y asumí con responsabilidad la oportunidad de ser parte de quienes depositan su confianza para que los electos sean responsables de cumplir con las obligaciones del cargo que han de ostentar. Por ese compromiso adquirido, siempre he asistido a sufragar y he inculcado en mis hijos esa responsabilidad.
Desde siempre, he puesto atención al pensamiento político de los postulantes, su trayectoria de vida personal y profesional, su compromiso con la sociedad y los grupos con mayor vulnerabilidad, los logros alcanzados en los diferentes cargos que han desempeñado, las personas que los acompañan y los partidos políticos que los postulan.
En las últimas elecciones, voté por quienes, a mi criterio, creí que le ocasionarían menos daño al país. Y una vez más se confirmó que cuando se asocia la incapacidad, la falta de formación política, la soberbia y la defensa de intereses personales y sectarios, el desarrollo de la sociedad se posterga de manera indefinida. No en vano somos el penúltimo país en injusticia, desigualdad y postergación en el continente más desigual e inequitativo del orbe. En ello, únicamente nos supera Haití.
Hoy, nuevamente me piden que vote para elegir a unas personas y unos partidos “políticos” caracterizados por su poco compromiso real y efectivo con la sociedad guatemalteca, por su indefinición ideológica, por su escasa o nula formación y por sus valores frágiles y convertibles al pago de satisfacciones e intereses particulares y sectoriales.
Estoy claro de que las opciones que se me presentan no ofrecen alternativas efectivas para el fortalecimiento de las políticas económicas, educativas, de salud, de seguridad y desarrollo social sostenido. Mi voto está comprometido con el país y con los sectores de la sociedad con mayores niveles de postergación. En consecuencia, exijo que mi postura no sea calificada como indefinida, porque yo estoy muy claro de que mi compromiso es con Guatemala y con los mejores ciudadanos de nuestro país.