Decisión 2007 No. 17 - Guatemala, martes 28 de agosto de 2007
Tribuna
Tema Central

Desigualdad antidemocrática
Históricamente, en el distrito central es donde más se vota

Por: Martín Rodríguez Pellecer
Redactor / Política y poderes

Cuatro elecciones democráticas consecutivas por primera vez en 160 años de historia como República y los mejores indicadores económicos en 20 años han logrado llevar a Guatemala al podio de los tres países más desiguales del mundo. Algo está fallando en el sistema político y económico de Guatemala.

Dos datos muestran esta paradoja de la desigualdad al traducirla a la democracia: 63 mil guatemaltecos —0.5 por ciento de los 12.7 millones— concentran el 19 por ciento de los ingresos del país, o sea, más de Q43 mil millones al año, según el Informe de Desarrollo Humano de Naciones Unidas y el Banco Central; por otra parte, los tres candidatos que lideran en las encuestas han gastado más de Q150 millones en la campaña, según el monitoreo de la empresa Publisearch para observadores electorales.

“El riesgo de la desigualdad extrema para la democracia es que ese 0.5 por ciento de la población —que dispone del capital, de los recursos y de los medios de producción— puede disponer qué candidato es el indicado —y financiarlo—, aunque no sea el que favorezca los intereses del 51 por ciento que vive en pobreza”, asevera Gustavo Berganza, de Mirador Electoral.

Guatemala, según el informe del Banco Mundial, en el 2006, es el tercer país más desigual del mundo, sólo detrás de Sudáfrica y Namibia, y por delante de los clásicos latinoamericanos: Brasil y Colombia.

“Hemos construido una democracia altamente mercadotécnica y muy cara. Para una candidatura o para organizar eventos para incidir como elector o simplemente registrarse para votar en una parte de la ciudadanía requiere de muchos recursos financieros”, añade Álvaro Pop, de la Misión Indígena de Observación Electoral.
Así, para 21 por ciento que vive en pobreza extrema —con menos de Q8 al día—, recibir Q50 por votar por un candidato, sin conocimiento de las implicaciones que esto tiene, desvirtúa la democracia, sostiene Berganza. La democracia, entonces, se convierte en un evento electoral en el que cada persona se pone una camisa de un color y se apasiona, pero después de los resultados se quita la camisa y el sistema político pierde presencia en su cotidianidad, añade Pop.

Ajena y violenta

La desigualdad es más grave para el sistema, pues origina la falta de cohesión social. “Lo que uno puede notar en Guatemala y en otros países de América Latina es que la desigualdad provoca un bajo sentido de pertenencia, y esto erosiona la democracia y provoca ingobernabilidad”, opina Juan Alberto Fuentes, del Instituto Centroamericano de Estudios Fiscales (Icefi).

“India antes tenía pobreza y desigualdad, y era pacífico. Pero lo que introduce la violencia es el cambio y la percepción de que ese cambio conduce a más desigualdad”, explica Fuentes.
Hay dos momentos históricos en Guatemala en los que se acentúa ese crecimiento con desigualdad. Uno es en la década de 1960, con la producción de azúcar, algodón y carne, que coincide con el inicio del conflicto armado interno; el otro es en los ochenta, con crecimiento económico con exclusión, que sumado a la urbanización de la pobreza y otras causas llevaron a que en el 2006 hubiera 16 asesinatos diarios.

Más desigualdades, cíclicas

La desigualdad económica no es la única que se puede medir. El estadounidense Robert Dahl, uno de los politólogos más reconocidos a nivel mundial, enfatiza en sus ensayos que en la democracia moderna la ciudadanía no sólo implica igualdad de acceso al voto, sino igualdad de acceso a otros derechos, como el derecho a la educación, a la salud y al trabajo.

“La desigualdad no es sólo en ingresos, también hay una gran desigualdad en acceso a la educación y a la salud, y esto perpetúa la desigualdad”, considera Fuentes. Él y Pop apuestan que si hubiera un índice mixto que midiera las desigualdades económicas con las de acceso a servicios básicos, Guatemala sería el último del mundo.

Raquel Zelaya, de la Asociación para la Investigación y Estudios Sociales (Asíes), recuerda que las cifras se acentúan cuando se toman en cuenta más desigualdades. “Si a una familia pobre no se le da acceso a la educación, seguirá en la pobreza”, reflexiona.

Freno económico

“Realmente no se ha hecho suficiente conciencia del negocio que sería para todos que fuéramos una sociedad mas igualitaria. Tendríamos menos tensiones sociales, más competitividad, más capacidad para tener una convivencia social y democrática”, opina Zelaya.
Economistas sostienen con pruebas científicas esa aseveración: “La desigualdad no favorece la ampliación de la base técnica educativa ni el desarrollo de capitales, pues, como en Guatemala, el capital se concentra en un grupito pequeño con nexos familiares. Esto produce una serie de imperfecciones en el mercado de créditos, y sin créditos no hay desarrollo”, refiere Fuentes.

Democracia y equidad

La desigualdad y la democracia no son usualmente palabras que vayan en la misma oración en Guatemala. Es más, la única experiencia nacional al respecto son los discursos del ex presidente Alfonso Portillo y, ahora, del candidato panista Óscar Rodolfo Castañeda. Pero hay voces fuera del discurso proselitista que unen ambos términos.

“La democracia debería servir para combatir la desigualdad, y no sólo como un momento emotivo electoral. Por eso, el latinobarómetro muestra que la gente desconfía de la democracia, por que no cambia la estructura social”, critica Pop.

El Banco Mundial —que durante los años noventa procuró una política de laissez-faire, o que los Estados no intervinieran en el mercado— ha alertado ya que los países latinoamericanos tienen que invertir en la reducción de las desigualdades para poder crecer más, concluyó Guillermo Perry, economista en jefe para la región, en su informe del 2006.

EE. UU., que también impulsó en los noventa el Consenso de Washington para que los latinoamericanos hicieran reformas estructurales para “liberar sus economías”, también ha cambiado su discurso. “La democracia en el continente está destinada al fracaso si no hay justicia social”, advirtió Thomas Shannon, subsecretario del Departamento de Estado, en su visita a Guatemala hace dos meses.

Sin consenso sobre el tema

Sin embargo, el perjuicio de la desigualdad para la democracia y la economía no convence a todos los constructores de opinión en el país. La Universidad Francisco Marroquín (UFM) y el Centro de Estudios Económicos Sociales, centros de pensamiento que forman a la élite económica y al empresariado, dudan de que la desigualdad sea un problema.

“La desigualdad no es perjudicial, es inevitable, porque las personas tenemos distintas capacidades: unos son más bellos, otros más atletas, otros más artistas, y eso genera desigualdades. En la medida en que luchemos para eliminar la desigualdad, frenaremos el crecimiento económico”, dice Ramón Parellada, catedrático de la UFM.

El académico y empresario cuestiona los datos que aseguran que Guatemala es uno de los tres países más desiguales del mundo. “Muchas de esas mediciones son subjetivas”, cuestiona.
Parellada afirma que el país lleva 200 años aplicando medidas contra la desigualdad, y éstas han resultado en un país más pobre. Cita como ejemplo el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS). Propone, en cambio, poner atención en la creación de riqueza. “Seguiremos siendo desiguales, pero menos pobres”, augura, y cita como ejemplo a EE. UU. hace un siglo.

Compatible

A pesar de las consecuencias negativas de la desigualdad sobre la democracia, ésta ha sobrevivido. “Lo terrible del caso es que la democracia con tanta desigualdad funciona. El ejemplo más claro es India. Sin embargo, eso no quiere decir que esté bien, porque ¿dónde queda el principio de justicia y de bien común?”, resalta Berganza.

Guatemala también es un ejemplo de esto. Nunca en la historia había habido tantos años de democracia sin interrupciones, ni tampoco tanta desigualdad.

Raquel Zelaya abona en esa dirección: “Somos un ejemplo en América Latina de una macroeconomía bastante aceptable y con calificaciones de riesgo mejorando. Pero también somos un referente latinoamericano de desigualdad y de un Estado que no ha podido cumplir su función tutelar de servicios básicos de educación, salud, empleo o infraestructura”. Fuentes agrega que Guatemala es percibida en el mundo como “un país feíto, violento y desigual. Y eso es poco atractivo para la inversión extranjera”.

Quien llegue a la Presidencia encontrará el país con sus mejores indicadores macroeconómicos en 20 años: la economía crecerá 5 por ciento este año, las exportaciones aumentarán 16 por ciento por tercer año consecutivo y las reservas internacionales superan los US$4 mil millones. Sin embargo, el salario real de los trabajadores se redujo 20 por ciento del 2000 al 2004, debido a la inflación, según el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales.
Peor aún, la población en extrema pobreza —con menos de Q8 diarios— aumentó de 16 por ciento a 21.5 por ciento desde el 2000, según la Secretaría de Planificación de la Presidencia, en el 2006.

Cómo cambiar esto

Aunque no hay fórmula mágica, los actores mundiales parecen llegar a un consenso sobre el desarrollo. Perry, del Banco Mundial, expuso en el último informe del 2006, que para superar la pobreza y la desigualdad, América Latina tiene que enfocarse en microcréditos, inversión estatal en educación y en infraestructura.

Sin embargo, aunque el próximo gobierno fuera el mejor intencionado, con los funcionarios mas idóneos, Raquel Zelaya advierte que no hay suficientes recursos para atender las demandas sociales: “No es cierto que sólo priorizando o gastando mejor siempre habrá brecha por cubrir. Tiene que haber acceso a servicios públicos de salud y educación, y acceso al crédito. Todo esto tiene un costo fiscal. Demandamos al Estado, pero no contribuimos más”.
Pop considera indispensable reconocer la importancia de encontrar mecanismos que conjuguen a la sociedad, la economía y la política. “Se demostró que más economía y menor Estado no es factible en América Latina y se tiene que pasar esa discusión. Se necesitan ayudas mutuas entre mercado, Estado y sociedad”.

Berganza coloca otra pieza para la discusión: “La desigualdad legal en derechos entre hombres y mujeres se erradicó porque fue considerada moralmente inaceptable por la sociedad, pero las limitaciones y desigualdades económicas, y en acceso a educación o salud, todavía no se ven como inmorales en Guatemala”.