Decisión 2007 No. 18 - Guatemala, martes 04 de septiembre de 2007
Tribuna
Tema Central

Legitimidad a prueba
La participación electoral puede otorgar un mandato fuerte al gobernante electo

Por: Martín Rodríguez Pellecer
Redactor / Política y poderes

La participación que los votantes han mostrado en 24 años ha sido impredecible —movida por emociones de cambios, desinterés o para zanjar amenazas— y ha terminado dejando paticoja la legitimidad de los presidentes: los mandatarios han sido electos sólo con entre 18 y 41 por ciento de los empadronados, y no han logrado explicar a los guatemaltecos por qué no se puede cambiar al país en cuatro años.



El subibaja de los porcentajes de votantes ha sido así: después del prometedor 78 por ciento de participación en la Asamblea Nacional Constituyente, incluido el 23 por ciento de votos nulos, vinieron 15 años de descenso.

En 1985, cuando se eligió a Vinicio Cerezo, de la Democracia Cristiana Guatemalteca, participó la ciudadanía empadronada en 69 y 65 por ciento en las dos vueltas. Cinco años después, 56 y 45 por ciento acudieron a las urnas, de donde resultó electo Jorge Serrano. En 1995, sólo 46 y 36 por ciento participaron para elegir a Álvaro Arzú, quizás decepcionadas casi dos terceras partes de la ciudadanía por la falta de resultados y el intento de golpe de Estado de Serrano.
Entonces, los guatemaltecos volvieron a animarse con las promesas de Alfonso Portillo, y votaron en 53 y 40 por ciento en las dos vueltas, y asistieron aún más a las urnas ante la amenaza de regreso del ex dictador Efraín Ríos Montt, en 57 y 46 por ciento, en el 2003, cuando fue electo Óscar Berger.

Emocionales o racionales

Para el sociólogo Héctor Rosada, esas variaciones en participación encuentran explicación en lo emocional del electorado.

“En la primera elección de 1985 había mucho entusiasmo, terminaban las dictaduras, era la transición a la democracia. El electorado es emocional, vota por oposición, por castigo y por lo nuevo. Ahora va a bajar la participación, porque no será una elección trascendental. Es la campaña más aguada, vacía, incolora e insabora. Esta campaña no provoca emoción, interés ni esperanza”, critica Rosada, negociador de los acuerdos de paz.
Gustavo Porras, también sociólogo y signatario de los acuerdos de paz, tiene una visión distinta. “El electorado es racional. La gente percibe si una elección es trascendente o no lo es. La conciencia ciudadana sabe que si puede haber cambios dramáticos con su voto, participa más”, expresa y apunta como ejemplos las elecciones de Cerezo y la más reciente, en contra de Ríos Montt.

Legitimidad, en duda

José Dávila, director del Instituto Centroamericano de Estudios Políticos (Incep), lamenta que el abstencionismo de la mayoría del electorado le resta legitimidad, aunque no por eso poder, a los presidentes que resultan electos. Uno de estos casos ha sido el del gobernante con menos respaldo popular en votos y que llevó a cabo más reformas en el país. Álvaro Arzú fue electo en 1995 con 51.8 por ciento de los votos en la segunda vuelta, en la que participaron sólo 36 por ciento de los empadronados. Así, lo llevaron a la Presidencia sólo 18 por ciento de quienes eran aptos para votar.

Y aún así, una mayoría legislativa y liderazgo sumaron para que lograra la firma definitiva de los acuerdos de paz, cambios estructurales en la cúpula del Ejército, la captura de la red de contrabando más fuerte del país o privatizaciones muy impopulares.
Dávila resalta las consecuencias graves de esa falta de legitimidad para un sistema de democracia en construcción como la guatemalteca. “Estas democracias necesitan de alta participación, al menos en el voto. La elección es legal, pero no legítima. En países europeos o Estados Unidos también hay grandes abstencionismos, pero los problemas básicos están resueltos. Nosotros, en cambio, nos estamos jugando avanzar en democracia, que está incompleta, que se está construyendo”, explica Dávila.
Eso sí, subraya que el que salga electo es legal, porque los que van a votar son los que deciden. “Eso hay que respetarlo”.

¿Por qué no siguió creciendo?

Después del prometedor inicio de la participación democrática, ésta nunca volvió a esos niveles de participación. Dos apuntan a ser los motivos principales. Uno es el desencanto con la democracia y otro el aumento del padrón electoral.

Este domingo se pondrá
a prueba la legitimidad
del próximo presidente


Un ejemplo son los votos entre 1985 y el 2003. Cerezo fue electo en primera vuelta con el apoyo de 38 por ciento de electores, que sumaban 648 mil 681 votos. Portillo, en cambio, fue electo con 47 por ciento de votos en el 2003 en primera vuelta, que sumaron un millón 45 mil 820 votos.

“Los porcentajes bajan mucho, por la apertura del padrón electoral a mujeres e indígenas. Costó mucho que la mujer indígena votara, porque el marido decidía si votaba o no”, reconoce Rosada.

Para Ligia Blanco, de la Asociación de Investigación y Estudios Sociales (Asíes), hay un desencanto con la democracia. “La ciudadanía piensa que en cuatro años se va a ver el cambio, pero es una situación de proceso”, explica la politóloga.

Uno de los motivos de esa falta de cambios estructurales es el escaso margen de maniobra del Gobierno, que con sólo 10 por ciento de los ingresos respecto del tamaño de la economía, su margen de incidencia es muy bajo.

Blanco cuestiona a los políticos en el Gobierno y en el Congreso por ese escaso margen de maniobra. “Es pequeño el margen, ¿pero quién es el que puede hacer una reforma para modificar ese margen de maniobra? El Gobierno y el Congreso. El mejor ejemplo es cambiar la estructura fiscal para lograr más recursos y poder aumentar su incidencia. Pero el margen de maniobra viene justamente determinado por los financistas”, protesta Blanco.
El estudio del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sobre el estado de la democracia en América Latina reveló que 54.7 por ciento de los latinoamericanos preferirían ceder espacios de democracia a gobiernos autoritarios a cambio de mejoras en el ámbito económico. En el caso guatemalteco, el porcentaje es arriba del promedio latinoamericano.
El Latinobarómetro del año recién pasado coloca a Guatemala junto a El Salvador y Paraguay, como los tres países que consideran que viene bien un poco de mano dura.
Otro dato suma para la mezcla de sentimientos. Un estudio publicado este mes por la Asociación Desarrollo, Organización, Servicios y Estudios Socioculturales (Doses) sobre las percepciones de jóvenes entre 18 y 24 años respecto de la democracia arroja estas conclusiones: los jóvenes están convencidos que la única forma de elegir autoridades es por medio de elecciones democráticas.

Sin embargo, prefieren un líder fuerte que restaure el orden, aunque no sea con medios democráticos, y consideran que los políticos se interesan por ellos sólo durante las elecciones. Esto es grave en términos de la consistencia del sistema en los próximos decenios.
El voto más importante

La participación electoral tiene un escalón más por derrotar en los próximos dos meses en Guatemala. Ante una casi segura segunda vuelta, ésta corre el riesgo de competir con las más bajas de la historia democrática.

“Entre primera y segunda elección, hay una entropía, que es la pérdida de calor. Hay un principio físico que es que la energía no desaparece, sino que se transforma, pero en este proceso hay una pérdida de calor. Entonces, hay un grupo de personas que ya no se esfuerza, porque no está su candidato”, apunta Rosada.

Porras añade otro factor. “El voto importante es el de la primera vuelta, de sus partidarios que lo consideran la mejor opción, y será su base para el apoyo que necesitan cuando estén gobernando”, expresa.

Describe al de la segunda vuelta como “el del menos malo”, y vaticina que el que gane la próxima presidencia contará sólo con 25 por ciento de los votos válidos en primera vuelta, algo así como lo que le ocurrió a Serrano Elías.

Perspectiva poco alentadora

A diferencia de hace cuatro años, cuando hubo una campaña masiva para vencer el abstencionismo y evitar así un fantasma de fraude para la elección de Efraín Ríos Montt —se logró 57 por ciento de participación, la más alta desde 1985—, todo apunta que la participación disminuirá. Un ejemplo es que a dos semanas de la elección, 37 por ciento de ciudadanos no sabía por quién votar.

Todos los analistas consultados temen que disminuya la participación. “Es que gane quien gane, no va a cambiar nada en el país”, recoge Rosada. Para Blanco, la responsabilidad es del sistema, de los partidos políticos y de la formación política de los ciudadanos, que dejan tan poco deseo de participar que a la gente no le importa permitir que otros sean los que tomen las decisiones por ellas.

Porras quita aliento al pesimismo. Recuerda que el poder legal del presidente es el mismo sin importar el porcentaje. Cita el caso de hace 12 años, cuando Arzú fue electo con el equivalente a 18 por ciento de los ciudadanos empadronados, pero las medidas que tomó su gobierno en 1996 hicieron que la ciudadanía tuviera una perspectiva más favorable de la democracia.