Mensajes pendencieros
Por: Ramón Urzúa Navas
Corría diciembre de 1513. Nicolás Maquiavelo, entonces exiliado en San Casiano, escribía estas líneas a su amigo Francesco Vettori, embajador en la corte pontificia de León X: “Todos estos príncipes nuestros tienen un propósito, y puesto que nos es imposible conocer sus secretos, nos vemos obligados en parte a inferirlo en las palabras y los actos que cumplen, y en parte a imaginarlo”.
¿Esperanza?
Fantasía conceptual
de poca monta
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Aunque con menos boato y ningún Renacimiento, la Guatemala de este siglo es muy semejante a la Italia del Cinquecento, parcelada entre la orina de los Sforza, los Medici, los Borgia, los Farnese o los Colonna. Mismas perfidias, otros apellidos.
Cuánta razón: palabras y actos desvisten intenciones. Y es el caso que Álvaro Colom Caballeros, Otto Pérez Molina y sus respectivas camarillas son concreciones desnudas de aquella observación de Maquiavelo.
Políticos al fin, el Partido Patriota (PP) y la Unidad Nacional de la Esperanza (UNE), las dos expresiones mayores de la voluntad popular en esta contienda, han sabido dar alojo a lo más granado de la industria de la injuria, en una campaña que se da baños de sangre con cada víctima caída.
La vaguedad como anzuelo
Esta es la historia de dos candidatos que, en atropello de toda regla electoral, deciden echar a andar la máquina de su propaganda mucho antes que el reloj oficial los autorice. Uno de ambos, general en situación de retiro del Ejército, ejercita justamente su mano militar en una legión de vallas donde alza el puño frente a un rostro intoxicado de tatuajes.
El otro, ingeniero de profesión, se hace exhibir en un gesto taciturno que parece transmitir serenidad y mansedumbre, con una opacidad fantasmagórica. Pasa el tiempo, y el electorado consigue distinguir dos propuestas diferentes: mano dura, por un lado, y esperanza, por otro.
Se hacen oír las primeras críticas a la campaña, y se señala, con razón, que en aquellas consignas no hay otro planteamiento que el que quieren significar esas nociones: en cuanto a la primera, peca de insuficiente y fascistoide (la mano empuñada, per se, es simple arquetipo de la fuerza bruta), mientras que la segunda revela imprecisión, bisutería conceptual de poca monta. La primera quiere vender seguridad, y nada más, en un país que busca en los barrancos a sus muertos. La segunda pretende insuflar confianza en una abstracción, cuando la ciudadanía descree hasta de la propia democracia.
Puestos a pensar, los estrategas respectivos deciden entonces modificar su hoja de ruta. Llegado el momento, a la acéfala “mano dura” le serán concedidos “cabeza” y “corazón”, y será cantada en ritmos festivos, muy irónicamente con los acordes plagiados del chachachá, del Vacilón. Propiedad intelectual aparte, esta táctica persigue una doble astucia: por un lado, aspira a convencer de que la “mano dura” lo será no solo contra la delincuencia, sino también contra la pobreza, el hambre y el rosario de problemas que sofoca al ciudadano. De otra parte, sumerge el anzuelo de que lo más primario y animal con que cuenta el ser humano, la fuerza, está muy bien equilibrado con dosis de sensatez (“cabeza”) y sensibilidad (“corazón”); por poco al estilo de Jane Austen, pero infinitamente menos literario. A pesar de estas añadiduras, el orden de mención sigue privilegiando el puño por encima de los otros dos componentes discursivos. Acaso sin querer, esto proyecta la jerarquía de prioridades con que el grupo de Pérez Molina ambiciona gobernar.
Pulso de niños
Al convertir el lema de “mano dura, cabeza y corazón” en el eje de su campaña, el PP y sus ideólogos no hacen sino asumir un papel paternalista que menoscaba la inteligencia y madurez de su posible electorado, al adjudicar a éste las características de un niño a quien se debe “corregir” con las nalgadas, sin descuidar afecto ni juicio en tal proceso pedagógico. En términos psicoanalíticos, esto se llama infantilización del Otro: un mecanismo sumamente eficaz para el dominio, que encaja con holgura en la ancestral mentalidad guatemalteca de concebir al Gobierno como padre proveedor de todas las cosas —incluso de garrote.
Y la UNE reacciona. Colom, quien en principio se había limitado a sentarse en la montaña de Mahoma en espera de la gloria, despierta de su letargo. Pero en vez de divulgar propuestas específicas, su estrategia ha consistido en lanzar un sistemático mentís a su rival, antes que en priorizar los apremios del votante (y lo mismo vale para Pérez). Así, el partido de Colom dedica anuncios exclusivamente a la descalificación de la dureza, para favorecer la “inteligencia” en el combate de la inseguridad. Lo reprochable es que ninguna medida concreta se esconde bajo esa pátina de aparente lucidez. Y tal privación de ideas pretende hacerse pasar por el eterno pulso entre la fuerza y la razón.
La mano empuñada es
arquetipo fascistoide de la
fuerza bruta; es insuficiente.
De mataderos y mujeres
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En algún instante, los mítines —que hasta entonces eran espacios para prometer este mundo y el siguiente— se convierten no en estrados desde donde exponer esquemas de trabajo, sino en mataderos donde se arranca la piel del contrincante, a quien se ve ya como enemigo. La campaña se convierte en pugilato. Ambos contendientes deciden abolir el estado de gracia que permitía cierto decoro incluso en el sofisma populista, tan socorrido en esta arena. Se abandona, en fin, la sobriedad, y se franquea el paso a toda falacia ad hóminem que se pueda proferir. Ni madres, ni esposas, ni hijos, ni amistades se ven libres de la furia inculpadora. Las falacias se convierten después en agravios, y éstos, en acusaciones porque sí. En el Senado de Roma, Cicerón y Catilina se encendían en duelos retóricos cuyo terso latín asentaba el magisterio del buen uso del idioma; en el ruedo político de Guatemala, Colom y Pérez se empeñan en semejar carniceros de rastro en pendencia por despojos. ¿Y qué decir del manejo de su lengua? Músculo agramatical, aquello les resulta simplemente un instrumento afilado y con perfume de ponzoña.
Konrad Adenauer creía que en política existen adversarios y correligionarios, pero estos últimos son los más peligrosos. Díganlo, si no, Roxana Baldetti, del PP, o Mario Taracena, de la UNE. Flaco favor prestan a sus líderes: puesto que ostentan una insospechada facundia en el arte del insulto, les cabe el dudoso honor de ser quienes azuzan las iras colectivas.
La señora diputada tuvo a bien difundir, en referencia al “candidato de la paloma”, la consigna de la “mano aguada” que ya medio país repite como sinónimo de ausencia de carácter. Pero el asunto no es así de sencillo: arrastra una alusión a la impotencia, fálica y política, que Colom mostraría si llegase a gobernar. Y esto es coacción en una cultura patriarcal como la nuestra.
¿Y no reafirma el patriarcado la propia Baldetti cuando menciona, con insistencia, que a Álvaro Colom lo gobierna Sandra Torres, su mujer? ¿Qué terror insondable suscita en el electorado la eventual presencia de una hembra tras el trono? Así dicho, no se trata de un aserto, sino de una denuncia. Y Colom, el macho ofendido en la comedia, se ve obligado a salir en resguardo de su misma honra; niega que su esposa lo domine, porque aduce que ambos tienen la misma autoridad, en casa y fuera de ella. Curioso: también Fernando de Aragón, el rey católico, sintió su poder amenazado por iguales circunstancias, y el lema de su reinado testifica su temor: “Tanto monta, monta tanto; tanto manda Isabel como Fernando”.
Este ideario falocéntrico se ve reforzado con palabras del propio Colom: “Yo no necesito una mujer para que me defienda; yo defiendo a mi mujer” (Prensa Libre, 7/10/2007). Su intención es claramente denostar a Pérez mediante el mismo argumento misógino que el partido de éste esgrime: una fémina, Baldetti, es quien “defiende” a Pérez en los mítines, lo que, en la lógica patriarcal, mengua la “hombría” del defendido. Y Colom emerge así reivindicado como digno portador de pantalones: para salir avante, no recurre a la tercería de ninguno, y menos a la de una mujer.
Pérez llama a Colom “mentiroso”; éste llama “cobarde” al primero. Alejandro Sinibaldi, jefe de estrategia del PP, tilda a Colom de “mano aguada”, “corrupto” y “ladrón”. Mario Taracena se refiere a Pérez como “chafarote abusivo”, “asesino”, “secuestrador” o “maricón”, y alude a Baldetti como “prieta bonita”, igual que si fuese una yegua (Prensa Libre, 07/10/2007). La cloaca se destapa; expele exquisitos aromas.
Si el hombre es, según Aristóteles, un animal político, entonces Guatemala ha alcanzado el formidable talento de convertirse en parque zoológico de colosales proporciones. Sean todos bienvenidos.