¡Ay, pero si es
mujer!
Estar al mando de un vehículo pesado todavía es visto como un trabajo de hombre, aunque cada vez más mujeres rompen este paradigma.

Elma Zacarias.
Por ana martínez de zárate
No es común ver mujeres detrás del volante de vehículos pesados, barcos o aviones. Esos son puestos, por tradición, para hombres. Sin embargo, cada vez hay más y la tendencia aumenta.
De hecho, gerentes de empresas de transporte señalan que las prefieren, porque son más responsables y eficientes, aunque la mayoría tiene que luchar contra el machismo, la discriminación y los prejuicios. ¿Cómo son? ¿Cómo consiguieron su sueño? ¿Por qué les gusta estos trabajos? ¿Qué sienten? ¿Qué piensan? Seleccionamos a siete de ellas y hacemos un repaso por sus experiencias como luchadoras que han conseguido su objetivo: ser ellas mismas y que sus compañeros las respeten.
Elma Martina Zacarías Aguilar
Su padre, don Mariano, mira con atención a su hija cuando conduce un camión de obra triple 7D, una enorme máquina con llantas de más de dos metros y medio de altura. Apenas se atreve a acercarse, pero sus ojos brillan de forma especial. Observa todo con asombro. Está muy orgulloso de Elma. Quizás, aunque no lo dice, se sienta un poco responsable del gran progreso de su hija. Él era un campesino mam de San Miguel Ixtahuacán que un día decidió comprar dos camiones para aumentar las posibilidades de vida de sus seis hijos. Nunca aprendió a manejar, pero obligó a sus choferes a enseñarles a sus hijos. También a Elma, quien a pesar de ser mujer nunca fue tratada de manera diferente a los varones. Así que a los 11 años comenzó a conducir un camión de 10 toneladas. “Quise dejar de estudiar, porque lo que quería era manejar, no estudiar, pero mis padres me obligaron a seguir”. Y acabó siendo maestra. “Nunca me imaginé enseñando, pero esa era la única posibilidad que tenía en mi escuela”. En el 2004, en busca de trabajo como maestra, conoció la empresa minera Montana Exploradora. “Fui a ver al alcalde de San Miguel Ixtahuacán, quien me habló de que esa empresa apoyaba al Ministerio de Educación y pagaba a 38 maestros. Ingresé mi papelería y me admitieron. Me tocó una escuela de la aldea Chininguitz, del municipio de San Miguel Ixtahuacán”. Y, para su sorpresa, le gustó. Tardaba caminando 45 minutos desde su aldea, Maquivil, del mismo municipio, así que a veces, cuando estaba alguno de los camiones de su padre desocupado, se trasladaba a la escuela en él, lo que era motivo de alboroto entre sus alumnos. “Cuando llevaba el camión, los niños se ponían felices. Se subían y se divertían mucho. Al acabar las clases, los llevaba a dejarlos a sus casas”. Una vez, en septiembre del 2004, fue a una reunión de maestros a las instalaciones de Montana, y el ingeniero Aroldo García la vio llegar en su camión. “Se sorprendió mucho y me esperó a que saliera. Me dijo que le gustaría tener una mujer que manejara los triple 7D y me preguntó: ‘¿Te animas?’ y le dije que sí. No tuve miedo. Estaba feliz, porque mi sueño se había cumplido. Nunca tuve dudas de regresar a la escuela”. Sin embargo, Elma aún quiere superarse: “Deseo especializarme más en máquinas pesadas y algún día conducir tráiler por carretera”. Y quiere hacer los trayectos que en alguna ocasión hizo con su padre, manejando ella, desde su aldea hasta Barberena, Santa Rosa, antes de entrar al trabajo de Montana, cuando aún muchas de las carreteras estaban sin asfaltar.
Mientras tanto sigue formándose y aprendiendo a manejar otras máquinas de la empresa, sin reparar en los comentarios maliciosos de alguno de sus compañeros. Sabe que varios se han quejado de que una mujer gane el mismo sueldo que ellos. Asimismo, también algunos son reacios a enseñarle el manejo de maquinaria. “No sé qué tienen en mi contra”. Por eso le gustaría tener más compañeras, “para demostrarles a los hombres que podemos hacer este trabajo”. Sin lugar a dudas, Elma es una mujer que tiene las ideas muy claras de lo que quiere obtener y cómo. Por ahora está centrada en el trabajo y en el cuidado de su hijo de un año y 8 meses. Y no le importa hacerlo sola, porque sabe que puede hacerlo. “Mi pareja quería que dejara de trabajar para ocuparme del bebé, pero no lo admití”, afirma.
Mayra Elizabeth Del Cid

Siempre le apasionó manejar. A los 12 años se lo pidió a su madre, quien la dejó que probara con el automóvil. Pronto, en plena adolescencia, comenzó a acompañar a su hermano, piloto de autobús urbano, en algunos recorridos. “Una vez, con 16 años, me dijo: ‘Ahora lo traes tú’. Y empecé a temblar, pero lo hice y me gustó mucho. Desde entonces manejé autobús, aunque no trabajaba aún”.
Después se casó y tuvo una niña a quien le puso su mismo nombre, y hoy tiene 10 años; ella no para de abrazarla y de mostrarse muy orgullosa de tener una madre que es un ejemplo de valentía, ya que Mayra, de 31 años, es una “luchadora”, como se autodefine, que tomó las riendas de su familia en un trabajo poco acostumbrado a los tacones, como los que ella usa en cada trayecto.
Con apenas 15 días de haber dado a luz, Mayra se quedó viuda. Mataron a su marido al bajar del autobús. La historia se repetía, porque su hermano también fue asesinado cuando terminaba su turno diario con la camioneta. Como debía mantener a su familia, decidió ponerse a trabajar llevando el autobús de su esposo. Y desde entonces —hace 10 años— todos los días, por las tardes, Mayra se arregla, “que se den cuenta de que soy una mujer”, se encomienda a Dios y comienza su recorrido desde la zona 18 hasta la 18 calle de la zona 1.
Cuando se le pregunta si lo cambiaría por un negocio más tranquilo o menos peligroso, se ríe y rápido asegura que no. Le encanta el suyo. Disfruta manejar y le gusta tratar bien a sus pasajeros. “¿Quién es caballero y se levanta para dejar asiento a esta mujer embarazada?”, grita Mayra, cuando ve a alguna que sube. “Siempre alguien se levanta y le aplaudo. Intento motivarlos”. Por ahora ha tenido suerte, y nunca ha pasado algo demasiado peligroso en el autobús, aunque uno de los cristales está a punto de romperse: “Un borracho tiró una botella”. Dios, al que se encomienda, la cuida, igual que a muchos de sus compañeros, que también se preocupan por ella. “Me he hecho respetar”, cuenta.
Dora Sánchez Juárez

“El amor de madre puede más que el miedo”, dice, emocionada y entre lágrimas, Dora, quien es trailera desde hace casi dos años y trabaja para el Ingenio Pantaleón. De pequeña, esta mujer quería ser madre. Nunca imaginó que manejaría tráileres, aunque su padre tuvo esta profesión durante un tiempo, y uno de sus seis hermanos también. Su familia emigró a EE. UU. y allí pasó parte de la adolescencia hasta que regresó al país para estudiar. Pero se enamoró, tuvo una hija y la obligaron a dejar los estudios: “Mis padres me castigaron de esa forma”. Sin embargo, sufrió el engaño de su novio, quien había dejado embarazada a otra mujer, y entonces, con la niña aún muy pequeña, decidió regresar a EE. UU., donde permanecía parte de la familia. “Me fui de mojada. Pero entonces era mucho más fácil pasar. Mi papá me fue a recoger a la frontera y conseguí pasar escondida en el baúl, y mi hija iba debajo de las piernas de mi papá”. Allá trabajó cuidando niños y se volvió a enamorar. “Era de mi mismo pueblo, de Santa Lucía, Escuintla”, cuenta. Con él tuvo cuatro hijos más, aunque nunca quiso casarse, y desde que lo conoció repartieron su tiempo en estancias en EE. UU., y en Guatemala. “Como era tan fácil pasar”, añade. De hecho, dos de sus hijos son ciudadanos estadounidenses, por haber nacido en ese territorio. En el 2000 se asentaron en forma definitiva en Santa Lucía, y Dora tuvo que trabajar: “Estuve un tiempo manejando un microbús escolar y luego surgió este trabajo, que me encanta. Mi sueño actual es volver a EE. UU., pero con los papeles, y ser trailera interestatal”. Aunque ninguno de sus hijos quiere seguir sus pasos, todos se sienten muy orgullosos de su trabajo. “Mi padre me dice que no cabe duda de que soy su hija, y mi madre también se siente orgullosa, aunque al principio lloraba, porque tenía miedo”.
Olga Graciela Alonso Rojas

Lola. Así es su apodo, debido a la película mexicana Lola, la trailera, y ella está tan identificada con el nombre que ya casi no responde por el verdadero.
Después de dos relaciones sentimentales fracasadas —“los dos me abandonaron estando embarazada”— decidió seguir su vocación, que la tenía muy clara desde pequeña: ser trailera, como su padre y sus hermanos. “Mis hermanos mayores me regalaban muñecas, y a mi hermano pequeño, camiones, y yo nunca toqué las muñecas, solo jugaba con los camioncitos”, recuerda, entre risas. Además, su papá le pedía siempre que le ayudara a reparar su camión, a lo que siempre accedía con gusto. Pero parte de su familia no acaba de entender que Olga lleve “el manejar en la sangre”, como ella dice, pues, reconoce, ha sufrido mucho el machismo y casi todo su entorno no aprueba que se dedique a esta labor. Incluso, su novio, también trailero, prefiere otro trabajo más convencional para ella. Pero está decidida a cumplir su deseo: “Viajar en tráiler por Centroamérica”. Por ahora ha sido contratada por diferentes empresas para conducir hasta las fronteras con México, El Salvador y Honduras, además de viajar por Guatemala.
Su historia de amor también surgió y se ha desarrollado en la carretera. “Nos habíamos visto en un taller de reparación de camiones, pero luego coincidimos en Ciudad Hidalgo, México, y allí Cupido nos dio (risas) y comenzamos una relación”. Tras el flechazo, el noviazgo transcurrió en el asfalto: “Nos comunicábamos por radio, y cuando coincidíamos en la ruta parábamos a comer juntos”.
Olga se ha convertido en una más del grupo de traileros y, por ejemplo, no tiene reparo en bañarse en los mismos baños que ellos. “Me ducho con pantaloneta y una camiseta, pero si un hombre se quiere bañar desnudo, me avisa, y yo me doy la vuelta, para no verlo”. Además, sabe usar sus armas de mujer para su beneficio: “Me río en forma coqueta, y los hombres me dan vía”. Y se despide con una última confesión: “Hablo con el camión. Pienso que es mi hermana gemela, quien murió al nacer”.
Elsa Alejandra Escobar

Es la quinta de seis hijos. Sus padres, mecánico y ama de casa, no podían costear la carrera de medicina, la profesión que desde pequeña Alejandra quería ejercer. “Esta carrera es muy cara. Conseguí concluir dos años de medicina, pero aunque lo compaginaba con un trabajo como secretaria de medio tiempo, no podía pagarla. Entonces, mi hermana, que trabajaba en el Centro Médico Militar, me contó de la Escuela Politécnica y de todas las oportunidades que te daban en el Ejército, así que acabé mi segundo año de medicina y me pasé a la Politécnica. Mucha gente me decía que no iba a aguantar. Entonces pesaba 95 libras. Cuando pasaba épocas duras y pensaba en regresar a medicina, recordaba a todos los que creían que no iba a poder, y eso me daba fuerzas para continuar”.
Sin embargo, nunca pensó en convertirse en marina y tener a su cargo, incluso, al buque insignia: el Kukulkán, GC-1051, el más grande en la actualidad, con 105 pies de largo y una capacidad para albergar hasta 30 tripulantes. “A los dos años de la carrera tienes que elegir dónde quieres especializarte. Se evalúa el nivel académico, la personalidad, todo. Como primera opción quería Transmisiones, y luego, en las dos siguientes, puse Marina. Cuando me dijeron que me habían seleccionado para ser marina me quedé muy sorprendida e intenté cambiar el puesto con otra compañera, que había sido elegida para Transmisiones. Pero nos dijeron que no, que yo era más apta para este puesto, porque tenía cuadro de honor, así que acepté, y ahora no me arrepiento”, dice Alejandra, quien lleva nueve años en la Marina y perteneció a la primera promoción de mujeres de este ámbito. Entre los momentos más emocionantes recuerda cuando salvó a una madre y a su hijo que estaban a punto de ahogarse, en el Puerto San José. “En Semana Santa las playas se llenan y nos mandaron a la costa, porque suelen pasar accidentes de este tipo”, comenta. Las funciones de los marines a bordo son variadas, aunque la más común es aportar seguridad. “Una vez proporcionamos protección al buque mexicano Cuauhtémoc y cuando me presenté por radio, los tripulantes aztecas no podían creer que una mujer los estuviera cuidando toda una noche. Pensaron que era una broma. Al día siguiente me invitaron a comer, porque querían conocerme”. Hoy esta alférez de navío está destinada en el Departamento Marítimo, dependiente del Ministerio de Defensa, aunque reconoce que le gustan más los puestos operativos que los administrativos.
Eliza Reyes

“Muy pocas personas tienen el privilegio de poder ver un amanecer o una noche de luna llena tan bien desde su oficina”, afirma Reyes. Para ella su oficina es la cabina del avión donde maneja casi todos los días. Su rutina es viajar por Centroamérica y por Guatemala para llevar tanto carga como pasajeros. Desde hace dos años labora en la empresa de Transportes Aéreos Guatemaltecos (TAG), ya que dejó el ejército, donde aprendió a pilotar, porque “mis expectativas cambiaron y quería tener la oportunidad de volar más”. Su vocación está clara, aunque de pequeña nunca se hubiera imaginado en su trabajo actual. “Nací en La Tinta, Alta Verapaz, pero a los dos años me trasladé a Cobán. Me encantaba ver las avionetas que trasportaban el café. A los 8 años, en una feria, alguien estaba regalando vueltas en avioneta y fue muy emocionante. Me preguntaba: ¿cómo puede volar este avión?”, dice. Sin embargo, nunca llegó a hacerse ilusiones de manejar uno, porque la carrera era muy cara. Al final, empezó Ingeniería Industrial en la Universidad de San Carlos, pero, cuenta: “Cuando vi un anuncio de que se admitieron mujeres en el Ejército de inmediato me dije: ‘Me voy a la Escuela Politécnica’. Mi mamá no quería, porque la imagen que se tiene de ellos es de crueldad… pero tampoco me dijo que no; solo que lo pensara bien. Creía que cambiaría de opinión, pero no”. Una vez en la Escuela, Eliza, como la mayoría de sus compañeros, quería ser piloto aviador. Y al final fue una de las elegidas.
La primera vez que subió al avión para la instrucción pensó que nunca podría hacerse cargo de la máquina. “El instructor hizo acrobacias y bajé tan mareada”, recuerda. Sin embargo, esas mismas acrobacias en el cielo acabó haciéndolas ella y disfrutando cada segundo entre las nubes. Su sueño es hacer un vuelo transoceánico, pero mientras tanto seguirá divirtiéndose en los diferentes viajes por Centroamérica. Sobre todo, le gusta aterrizar en el aeropuerto de Tegucigalpa, la capital de Honduras, “porque por diversas condiciones es más complicado que los demás y exige mucha concentración”. “Una vez, un zopilote, entrando a Tegucigalpa, venía directo a la cabina, intenté esquivarlo, pero al final chocó contra el ala. No pasó nada. Pero hay que tener mucho cuidado con que no se metan en las hélices”, cuenta.
Marta Castellanos

Es la primera mujer piloto de Guatemala y quizás, de Centroamérica, asegura. Nació en Santa Lucía Cotzumalguapa, Escuintla, en una familia con fincas de café. Su padre murió cuando ella tenía 6 años, y se trasladaron a la capital. Marta aún recuerda con absoluta precisión un hecho que marcó su vida: el primer vuelo transoceánico sin escalas, realizado por Charles Augustus Lindbergh, en 1927. “Hubo una gran bulla por todo el mundo”. La fascinación por este aparato en el mundo fue contagiada a la joven Marta. “Cuando había algún vuelo en Guatemala, yo salía corriendo desde mi casa, en la zona 3, hasta el campo de aviación, en La Aurora. Mi mamá se enojaba y me dejaba sin almuerzo, pero a mí qué me importaba”. Desde entonces, tuvo claro cuál era su sueño y luchó con toda su fuerza para conseguirlo. “Convencí a mi mamá para que me pagara un curso de correspondencia de aviación. Lo pasé y me mandaron un diploma y unas alitas, pero yo me decía: ‘qué hago yo con esto, si lo que yo quiero es volar’. Así que fui a hablar con la Secretaría de Guerra (hoy conocido como Ministerio de la Defensa) para contarles lo que deseaba. Después de mil vueltas, logré que me recibiera el ministro, y cuando se lo conté me respondió: ‘Es una locura; solo hay hombres, pero hablaré con el presidente’”. Finalmente, la admitieron, con el único requisito de que acatara las normas del régimen militar. “Tenía que llevar pantalón. Mi madre no quería, así que yo salía de casa con vestido, pero un compañero me dejaba un pantalón de lona que me ponía al llegar a las instalaciones”. En 1931 se convirtió en la primera mujer aviadora y efectuó varios vuelos por Guatemala; sobre todo, a Quetzaltenango y Petén.
El director de Aviación le dio una beca para estudiar en los EE. UU., pero al no recibir el apoyo de ninguno de sus familiares, tuvo que renunciar a su sueño. “Lo hice por la oposición de mis parientes y porque un piloto me dijo: ‘¿qué hace aquí una mujer? Se tiene que ir a su casa’. Me enojé tanto que ya no quise seguir. ¿Para qué?”. Y Marta se casó y tuvo una bonita familia de cinco hijos, que escuchaban entusiasmados las historias de su madre durante los vuelos. De hecho, uno de ellos hizo realidad su sueño y se convirtió en piloto.
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