Historia familiar y alta cocina
En casa Yurrita, comer
es sinónimo de placer

por Rosario Herrera
El año 1902 fue de gran actividad volcánica en el mundo, y Guatemala no fue la excepción. Fue entonces cuando el volcán Santa María, después de siglos de inactividad, tuvo un furioso despertar y empezó su labor de parto para que, dos décadas después, naciera el incansable Santiaguito.
Durante esa terrible erupción, que duró varios días, acompañada de fuertes temblores, don Felipe Yurrita se refugió con su familia, sus empleados y varios vecinos a quienes acogió, en un almacén de su finca, en El Tumbador, San Marcos. En ese trance, don Felipe, devoto de la Virgen de las Angustias, le pidió por las vidas de quienes lo acompañaban y le ofreció edificarle una iglesia, la Capilla de Yurrita, que en la actualidad muchos guatemaltecos visitan. Antes de construirla levantó una mansión al lado, que al igual que sus otras obras, es del llamado estilo Yurrita, ya que tiene diversos elementos arquitectónicos. Ahora la casa la ocupa el restaurante de su bisnieto, Patrick Bejot, quien estudió para chef en Francia y obtiene un nuevo máster cada vez que prepara alguno de sus platillos.
He comido varias veces en ese lugar y he de decirles que me parece realmente recomendable, no solo por la comida, que es deliciosa, sino también por lo interesante que resulta visitar la casa, cuya decoración y la música de Edith Piaf, que suena de fondo, hacen sentir que se ha viajado al pasado. Hace pocos días fui a almorzar, acompañada de mi siempre dispuesta madre, y pedí de entrada un tartar —entrada fría que generalmente es una mezcla de elementos crudos— de tomates, queso azul y aceitunas negras, muy refrescante y perfectamente aliñada.
Además, probé la sopa del día, un consomé de pesto con verduras, que me pareció muy original y con un sabor encantador. De plato fuerte escogí camarones, y me sirvieron abundantes crustáceos sin caparazón, bañados con una salsa hecha a base de albahaca y leche de coco exquisita. Lo acompañaba un arroz largo, cocido al vapor, que resulta perfecto para mezclarlo con la salsa.
Mi mamá se decidió por el steak Café de París, un lomito de excelente calidad, cocinado a la manera clásica, es decir, a la plancha, con el tradicional trozo de mantequilla con hierbas, colocado encima, acompañado de cubos de papas fritas. Aunque alguien pudiera creer que es de mal gusto probar los platos de los acompañantes, a mí me encanta, y así lo hice, y me pareció que cuando vuelva al lugar lo pediré, porque estaba riquísimo.
Romper la dieta es alegrísimo cuando se trata de pedir postres, y aquí vale la pena hacerlo. Aunque ya estábamos satisfechas, no soportamos la tentación y comimos una degustación de tres postres que incluía una pera confitada con licor, un mousse de chocolate y un fressier de chocolate blanco con queso mascarpone, fresas y un coulís rojo, todos espectaculares.
El restaurante cuenta con una carta que incluye varios tipos de sopas, entradas, carnes, pescados, mariscos y postres. Entre semana tiene también dos menús de promoción con los que puede comer un plato fuerte, postre, una copa de vino y café por Q150, o el de Q100, que es igual al anterior, pero con entrada, en lugar de plato fuerte. Si pide los platos por separado deberá contar con unos Q250 para hacer una comida completa. El trato de los meseros es amable y eficiente, y el lugar cuenta con estacionamiento propio. Además, si tiene suerte de encontrarla abierta, puede pasar a la iglesia vecina a confesar sus pecados de gula, los que en este sitio son muy fáciles de cometer. Salud y bon appettite.
rosario@herreramolina.com
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