Semanario de Prensa Libre • No. 209 • 06 de julio de 2008

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D viaje

Un día en la selva
Único en Centroamérica, el Auto Safari Chapín tiene más de mil 600 animales en sus instalaciones.


por ana martínez de zárate
fotos: carlos sebastián

Dos jirafas parecen besarse. Pero no, solo están comiendo muy juntitas, como si fueran dos viejas amigas. Esta escena de ternura no se produce en la lejana África. No hace falta ver un documental, ni siquiera viajar a otro continente.

A menos de dos horas de la capital se encuentra el club Auto Safari Chapín, único en Centroamérica, con especies autóctonas y exóticas en su hábitat natural. Son cinco caballerías de distancia, pensadas en la comodidad y el bienestar de los más de mil 600 animales que viven en el recinto, perfectamente distribuidos para que no vuelva a pasar lo que ocurrió una vez: las inquietas cebras atacaron a un avestruz.

Uno de los animales que llama más la atención entre los visitantes, según una encuesta efectuada por el club, son las jirafas. Son tan altas —7 metros— que impresionan. Además, su paso dócil y tranquilo hace que se disfrute de su compañía a menos de un metro del vehículo, sin miedo, controlando las ganas de acariciarlas (algo prohibido en el parque).

Juan José Pérez, gerente de Administración, asegura que ningún animal está domesticado y, aunque “están acostumbrados a vivir en este entorno, pues, o nacieron aquí, o los trajeron muy pequeños, hay que tener siempre presente que son salvajes y, por consiguiente, peligrosos”. De hecho, algunas especies todavía necesitan, por recomendación del veterinario, una vez al mes, al menos, cazar para “aumentar su motivación”.

Otras especies africanas que se pueden ver son los hipopótamos, cuyo nombre, proveniente del griego, significa caballo de río. Es semiacuático, pues permanece la mayor parte del tiempo sumergido en agua, dejando al descubierto los ojos, los orificios nasales y las orejas, por lo que pueden ver, oír y respirar. También se pueden observar a los gigantescos rinocerontes, el animal más pesado del parque —6 mil libras—, inquietos monos haciendo piruetas por las ramas de los árboles o la técnica de las leonas cazando, porque son las encargadas de llevar la comida al resto de la familia felina.

Incluso, hasta hace unos años había un elefante, originario de Sudáfrica, pero murió y por los costos no pueden comprar otro por el momento. La crisis económica ha afectado, por lo que se ha notado, en los últimos tiempos, una caída de visitas; sin embargo, Pérez, quien no conoce cuántas al día puede tener el Auto Safari, sabe que son las suficientes como para que se pueda autofinanciar, como quisieron sus fundadores, Roberto Berger Lehnhoff y Ricardo Mata.

Por fin, en 1980, tras seis años de construcción y estudio, vieron cumplido su sueño y se inauguró por todo lo alto con la presencia del presidente de Guatemala del momento, Lucas García, el director Técnico del Zoológico de Chapultepec (México), Jean Schoch, y Louis Disabato, presidente de la Asociación Americana del Parque de Zoológicos y Acuarios (AAZPA).

Los primeros que habitaron este recinto fueron 15 venados de cola blanca donados por Rafael Herrera. Un animal autóctono, la mayoría de los del club —el 53 por ciento— que, además, está en peligro de extinción.

Los objetivos del club son conservar la fauna que está en riesgo de desaparición, la reproducción de la especie y el uso del parque como centro recreativo y educativo.

Otra de las especies nacionales que habitan el Auto Safari son las guacamayas, con sus preciosos colores, que permanecen en las ramas cacareando, sin opción a escaparse, porque no pueden volar, debido a que les cortan las alas interiores, o los malolientes coches de monte. Además, de pronto, durante el camino, surgen otros inquilinos del parque, no contabilizados por los responsables, como innumerables insectos o diferentes tipos de lagartos, que se mueven a sus anchas por todos los recintos.

Tras acabar el recorrido en automóvil, que suele durar alrededor de una hora y media, existe un establecimiento para aparcar el vehículo y continuar a pie la aventura.

Entonces se pueden observar animales como el jaguar, el felino más grande y poderoso de América, por lo que era adorado y considerado un dios por las civilizaciones precolombinas de México, Perú y Centroamérica, o el peculiar tapir, estirpe del rinoceronte y el caballo, que, en esta ocasión, formaba parte de una bonita familia de tres miembros.

En una gran vitrina se encuentra una serpiente pitón, no venenosa, pero tan peligrosa como los aparentemente inofensivos tecolotes. Ambos engullen mamíferos de tamaños de un cerdo o un perro, incluso el tecolote se llega a comer búhos o la mismísima mofeta, cuyo olor impregna su plumaje.

Para finalizar la visita es recomendable darse un chapuzón en la piscina del club, pues el calor agobiante de la zona hace necesario refrescarse antes de la partida.


   

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