Rumbo a
Barberena
Un sitio donde
sus pobladores tienen mil historias que contar sobre su municipio y sus vidas.

por julieta sandoval
fotos: hugo navarro
Por sus calles principales circulan cada día cientos de vehículos, debido a que es paso obligado de quien viene o va al suroriente del país o a El Salvador.
Barberena tiene una particularidad, y es que en cada uno de los sitios atractivos por conocer se encuentra a más de alguno de sus habitantes, que tiene mucho qué contar y de quien se podrían escribir muchas historias.
Por ejemplo en la laguna El Pino, donde la tranquilidad del agua se riega por todo el lugar, una arboleda de pinos —lo que le da el nombre a esta atracción turística— es parte del paisaje, nos encontramos con un grupo de muchachos; cinco amigos que disfrutaban bañarse. Sus gritos cortaban el silencio, ya que motivaban a Jairo, uno de ellos, para que se diera un clavado; las excusas de este no sirvieron ante la insistencia de sus compañeros, y por fin se zambulló.
El mantenimiento de las 73 hectáreas de extensión de este Parque Nacional —declarado así en 1972— está a cargo de una asociación de vecinos, la que lo ha mantenido en buenas condiciones para que sea agradable al turista. Esta laguna es compartida por Barberena y Santa Cruz Naranjo, Santa Rosa.
Es frecuentada por visitantes nacionales, por estar cercana a la capital; su acceso es fácil, por una carretera de terracería en buen estado. Al alejarnos del grupo de aquellos amigos aún los escuchamos decir: hay que enseñar a Jairo a nadar, pues no puede seguir así, ya que es penoso llegar con regularidad a este sitio y no darse un buen chapuzón.
En el casco urbano
Después de dejar la laguna, tomamos otra vez la carretera Interamericana para visitar el casco urbano de Barberena. Al ingresar resalta el templo de Minerva, que aunque tiene años de estar allí, fue reconstruido —el 6 de enero de este año se inauguró—.
Su construcción empezó en 1916 y un año después fue inaugurado, ya que Barberena no escapó a los deseos del que fuera presidente, Manuel Estrada Cabrera, quien los hizo edificar por todo el país para llevar a cabo los festivales de Minerva o Minervalías, como también se les llamaba.
En épocas pasadas, en este lugar se reunían los pobladores para participar de actividades culturales como conciertos o bailes; a su alrededor se instalaban ventas de tamales, buñuelos, champurradas y café, cita el libro Barberena en la historia, de César Gilberto Flores. Así también lo recuerda don Julio César Valenzuela, a sus 81 años. Él es el encargado de cuidar y mantenerlo impecable, el cual se puede visitar de 7 a 19 horas.
Mientras riega las flores, cuenta que a pesar de amar su tierra debió abandonarla por ochos años; al emigrar hacia la capital pues lo acusaron de guerrillero, pero en cuanto pudo regresó a Barberena, porque asegura que es un lugar tranquilo para vivir con un clima que va de templado a cálido.
Dejamos a don Julio César, y tras recorren unas cuadras, y entre rótulos de comercios de todo tipo visualizamos el quiosco en el parque central, que tiene décadas de estar en ese lugar.
Se empezó con su construcción en 1923, al cual se le agregó una torre donde destaca un reloj; sus residentes consideran que es uno de los quioscos más artísticos que existen en Guatemala: con su forma octagonal de mampostería y horcones de árbol de chico, al igual que los pilares del segundo nivel.
El reloj fue obsequiado por Carlos Lennhoff, administrador de la finca Las Viñas, quien lo hizo con la condición de que se le cancelara la patente a una cantina de la aldea El Pino, la que ocasionaba que los trabajadores tuvieran problemas por el licor, cita aquella publicación de Flores.
Este quiosco ha sido testigo de conciertos, discursos de políticos que aspiran a un cargo público, a donde acuden cada cuatro años para convencer a los electores, así como veladas artísticas y otros acontecimientos. En la actualidad, muchos comunitarios se reúnen en el Parque Barrios —inaugurado en 1926, con un pedestal y busto de Justo Rufino Barrios; una plaqueta rememora ese evento—.
En sus bancas, rodeadas por flores de diversos colores, los pobladores cuentan historias o anécdotas. Quizá tiene su aire romántico, pues observamos varias parejas susurrandose.
El parque y el templo a Minerva fueron circulados por la municipalidad, para conservarlos en un mejor estado. “Eran utilizados por las noches como dormitorios de las personas que llegan de otros lugares para trabajar”, explica Danilo Durán, de la comuna.
Pero no nos podíamos ir de Barberena sin antes probar uno de sus manjares culinario: los chiles rellenos, los cuales son vendidos por muchas mujeres en las calles principales del municipio. “Según un censo, hay aproximadamente 150 señoras dedicadas a esta particularidad gastronómica”, añade Durán. Un chile con tres tortillas calientes cuesta Q6.
Recorrer estos lugares de Barberena toma poco tiempo, pero sin duda permanecerá más porque siempre encontrará con quien conversar. Es un sitio en donde su gente sobresale a cualquier edificación o paisaje.

- Barberena está localizada en la región central del departamento de Santa Rosa. Sobre la carretera Interamericana CA-1, a 54 kilómetros de distancia de la capital, y a 9.5 kilómetros de la cabecera departamental, Cuilapa.
- Colinda al norte con Santa Cruz Naranjo, Santa Rosa, y Fraijanes, Guatemala; al sur, con Pueblo Nuevo Viñas, Santa Rosa, y Villa Canales, Guatemala; al este con Nueva Santa Rosa y Cuilapa, Santa Rosa, y al oeste con Pueblo Nuevo Viñas, Santa Rosa, y Villa Canales, Guatemala.
- Este municipio fue creado por acuerdo gubernativo, el 20 de diciembre de 1879. Barberena fue cabecera departamental de 1913 a 1920, según acuerdo gubernativo del 10 de marzo de 1913, mientras era reconstruida la cabecera departamental, Cuilapa, de los daños ocasionados por el terremoto de 1913.
- Fuente: Municipalidad de Barberena.
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