Revista D

Prácticas polémicas

Ritos para comprobar la virginidad, robo de novias y  liarse a golpes son parte de las costumbres de algunos lugares del país.

Por Ana Lucía González

En algunas comunidades del altiplano, tener esposa es un acto de compra venta (Foto Hemeroteca PL)
En algunas comunidades del altiplano, tener esposa es un acto de compra venta (Foto Hemeroteca PL)

Existe una delgada línea entre la costumbre y la tradición. De acuerdo con el diccionario de la Real Academia Española, la primera es la manera habitual de actuar o comportarse de un colectivo o un lugar; la segunda, cada una de las enseñanzas o doctrinas transmitidas oralmente o por escrito desde los tiempos antiguos.

Con el paso de los años, muchas costumbres pasan a ser tradicionales, pero no por ello aceptadas por todos los colectivos de un país, porque algunas atentan contra los derechos humanos. Nos referimos a matrimonios entre adolescentes, pruebas de virginidad y cualquier expresión de violencia.

“Muchas de estas tienen que ver con la pobreza y el machismo, pero las ‘adornan’ con términos culturales para darle un carácter de tradición”, opina la antropóloga Alejandra Colom, directora de Population Council.

Se compra novia

En San Rafael Petzal y San Sebastián, Huehuetenango, como en otras comunidades del altiplano, tener una esposa es sinónimo de un acto de compra venta, porque casarse implica para un joven pagar por la novia entre mil 500 a cinco mil quetzales.

Así le pasó a Calixto Laínez, de 16 años, quien para contraer nupcias con Reina Carrillo, de 14 años, tuvo que trabajar durante varios meses como jornalero. El día del cierre del trato llegó y el muchacho no contaba con el dinero suficiente, pero su padre lo ayudó a completar la suma. (Prensa Libre, 2005).

La frase “luchá para comprar a tu mujer” aún es parte de lo que los padres enseñan a sus hijos en muchas comunidades de la zona occidental.

La antropóloga Aura Cumes comenta que el casamiento temprano data de la Colonia, hecho que fue documentado por el cronista inglés Tomás Gage. “Se estableció que las jóvenes tenían que contraer nupcias desde los 12 años con el fin de cobrar más tributos. Fue instituida en todo el país, avalada por la Iglesia Católica, y los encomenderos. Se volvió costumbre”, anota Cumes.

Regaladas

  • A Toronjazos
  • En Santa Clara La Laguna, Sololá, todos los Viernes Santo se acostumbra la toronjeada. Los vecinos arman dos equipos de unas 15 a 20 personas y se juntan en la plaza central para lanzarse toronjas hasta que uno de los dos grupos se rinde.
  • Luego de unas dos horas de lanzarse toronjas, los participantes expresan su hermandad pidiendo disculpas y dándose un abrazo.
  • La actividad que se creó con el fin de expiar los pecados, data desde hace unos 50 años y cada vez atrae más visitantes y participantes.
  • “Los jugadores deben registrarse y firmar que forman parte de los equipos y aceptan la responsabilidad de cualquier cosa que les pueda pasar, pues el riesgo es grande”, indica Felipe Xun, uno de los participantes, según nota de Prensa Libre.
En Chisec, Alta Verapaz, muchas niñas no tienen que casarse porque los padres de familia las regalan, afirma Colom.

En general, el matrimonio entre menores de edad es escaso pues “solo aproximadamente el 20 por ciento se casa, la mayoría de mujeres entre los 15 y 18 solo se unen”, refiere la médico Mirna Montenegro, directora del Observatorio de Salud Sexual y Reproductiva (Osar).

En la historia 

En el municipio de San José Acatempa, Jutiapa, existió el ritual del pañuelo blanco. Este consistía en una prueba de virginidad que se llevaba a cabo previo a la noche de bodas, cuando un miembro de la familia del novio, por lo general la madre, se presentaba en la casa de su futura nuera para comprobar su “inocencia”, para lo cual le introducía en la vagina un pañuelo blanco; si al sacarlo no había sangrado, la muchacha era despreciada, cuenta César Castillo, investigador del pueblo xinca.

Además, con el fin de preservar la sangre húngara y española de algunos de sus antecesores, buscaban contraer nupcias con alguien de la comunidad. De esa cuenta, muchas veces las uniones se llevaban a cabo entre parientes, explica Castillo.

De acuerdo con el diario español El País, la costumbre del pañuelo es de origen árabe, y fue una práctica común en España hasta la llegada de los Habsburgos. Incluso la reina Isabel la Católica tuvo que someterse a esta antes de su casamiento con el rey Fernando de Aragón.

El rapto

Lo que aún prevalece en las comunidaes de Jutiapa es el rapto de la novia, en la que se ven involucradas, por lo general, menores de edad.

Los novios huyen de sus hogares por unos tres días, luego regresan a la casa de ella para pedir perdón y permiso para casarse, cuenta Berta Recinos, vecina de Jutiapa.

“Algunas muchachas se unen por su gusto, a otras se las llevan sin su consentimiento”, añade.

En la cabecera de este municipio, otra práctica crucial se da el día de la ceremonia religiosa. Al salir de la iglesia, los recién casados deberán esperar un “tiempo de reclamo”, es decir, si algún hombre llega a las puertas del templo y quema cohetillos, lleva mariachis o simplemente se ríe, significa que la joven ya no es pura y por lo tanto no es digna del enlace matrimonial. “Suficiente para que los padres del novio cancelen la boda”, comenta un vecino del lugar.

Justicia maya

  • A puños o latigazos
  • Lo que empezó como penitencia se convirtió en una tradición que deja a varios jóvenes lastimados. En la aldea Chivarreto, en San Francisco El Alto, Totonicapán, cada Viernes Santo sus habitantes organizan peleas en un cuadrilátero improvisado.
  • Desde distintos puntos del altiplano se acercan a la comunidad para hacer gala de sus proezas, donde los contrincantes de la llamada “pelea a puño limpio” no usan guantes ni protección alguna.
  • El evento, que reúne alrededor de 10 mil espectadores, recibe el apoyo de las autoridades ediles, las cuales con meses de anticipación se ponen de acuerdo con las reglas y medidas de seguridad, según una nota publicada por Prensa Libre el año pasado.
  • Diego González, exalcalde de dicho municipio, cuenta que esta actividad tiene más de 50 años de practicarse.

Los primeros cronistas, a inicios de la Colonia, documentaron cómo se ejercía la justicia entre los indígenas del siglo XVI.

Diego de Landa, Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán y Bartolomé de las Casas, observaron y escribieron sobre los azotes públicos, la expulsión de algún miembro de la comunidad, o, en faltas graves, la pena de muerte (lapidados o desbarrancados).

Con el tiempo, las amonestaciones verbales y un par de latigazos en público constituyeron parte de la tradición en el derecho consuetudinario maya, donde los abuelos consideraron era la manera de formar personas honorables.

Con los años y en el contexto del conflicto armado interno, esta práctica se distorsionó y ahora lo único que existe es el linchamiento el cual está penado por la ley, de acuerdo con la antropóloga Claudia Dary.

“Son adaptaciones que responden al quiebre y pérdida de autoridades locales debido al conflicto armado. Quedó un vacío de autoridad indígena tradicional y los nuevos líderes reinterpretaron la reprimenda de los antepasados”, indica.

De esa cuenta, las relaciones de poder local quedaron alteradas y fragmentadas. “Hubo aprendizajes de tortura durante el conflicto que se mezclaron”, pero esto no es una continuidad, de acuerdo con los estudiosos, señala Dary.

Cuestionan

Algunas de estas prácticas, como casarse a temprana edad, ha respondido a costumbres ancestrales que, si se postergan, a las mujeres las consideran que se les pasó la edad para tal fin.

Hace pocos meses, se aprobó en Guatemala el decreto 8-2015 que establece que la edad mínima para casarse son los 18 años. Anteriormente era posible que las menores de 14 años pudieran contraer matrimonio.

De acuerdo con Colom, la unión o el matrimonio a temprana edad conlleva varias causas, entre estas: altos niveles de pobreza, hacinamiento, falta de acceso a servicios básicos, unido a prejuicios sociales como la reputación familiar y el control de la sexualidad de la menor.

“Pareciera ser que mientras más pequeña, más garantizada su inocencia. Es un control ingrato sobre su sexualidad en la vida de las niñas”, sentencia la antropóloga, aclarando que esta no es una práctica de determinado grupo sociolingüístico, sino que sucede en todos los niveles de la sociedad donde la virginidad es un valor social arraigado.

“En muchas comunidades hoy se cuestionan los hábitos y costumbres que se han convertido en algo nocivo para la vida de niños, mujeres y hombres”, señala Cumes, especialmente cuando implica violencia contra la mujer.