Anciano recuerda a sus 30 hijos durante festejo de su centenario

Con alegría y satisfacción de haber llegado a los 100 años, Dionisio Gregorio Mazariegos López celebró recientemente su natalicio, fecha en la cual recordó a cada uno de sus 30 hijos, con quienes ha compartido gran parte de su vida en la finca Dolores Hidalgo, en El Asintal, Retalhuleu.

Por POR ROLANDO MIRANDA

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Dionisio Gregorio Mazariegos López cumplió cien años. (Foto Prensa Libre: Rolando Miranda).

EL ASINTAL.- El abuelo “Nisho”, como le dicen sus familiares, nació el 2 de diciembre de 1914 en la finca El Edén, Nuevo San Carlos, y 100 años después cuenta con buena salud, y sobre todo, con buen humor, según testimonios.

Familiares de Mazariegos indicaron que cuando este era joven practicaba deporte y consumía alimentos naturales, los que hoy en día aún incluye en su dieta diaria.

Mazariegos ha visto crecer a sus 30 hijos, 128 nietos, 40 bisnietos y 20 tataranietos, quienes lo aprecian y ven un gran ejemplo en él por la capacidad de su memoria, principalmente cuando habla de historia.

Mazariegos asegura sentirse satisfecho de haber logrado conformar una familia numerosa, a la que ama.

Agregó que espera que todos los integrantes de su familia vayan por el camino correcto, para que su descendencia sea productiva.

“Estoy contento porque he llegado a la edad de 100 años y visto a mi familia crecer, espero vivir más para poder estar con ellos”, expresó Mazariegos.

Josefina Mazariegos, hija número 27 del anciano, comentó que ella es la encargada de cuidarlo y que se siente bendecida porque todavía tiene con vida a su padre.

“Cuando todos necesitamos un consejo o queremos saber de la historia familiar acudimos con mi papá, ya que el aun mantiene los recuerdos en su mente”, expreso Mazariegos.

Otro caso

Para Juana Chox Yac, la fórmula para alcanzar la longevidad se simplifica en respetar, hacer caso a las cosas buenas y no caer en pecado. Sus sabias palabras tienen una base irrefutable: el próximo sábado cumplirá 121 años de existencia.

“Bien decían nuestros padres y abuelos, que si obedecíamos íbamos a tener larga vida, pero si desobedecíamos y hacíamos caso omiso a las palabras, era acortar la vida”, expresó doña Juana, quien vive en el cantón San Cristóbal Buena Vista, Santa Lucía Atitlán, Sololá.

Para Juana Chox, quien solo habla k’iche’, el respeto también es significativo, y se observa en la naturaleza. El cambio climático se debe a la desobediencia para con la naturaleza, y la falta de consideración con el Lago de Atitlán ha hecho que pierda el azul intenso que tenía, y lo ha convertido en verdusco, a causa de la contaminación.

Además, el respeto también es para con los humanos y se gesta desde la niñez, y en eso juega un papel importante la responsabilidad, dejó entrever la mujer. “Antes no había tantos juguetes para los niños. Nos divertíamos con nuestro trabajo”, expresó.

“Ahora, la juventud tiene una actitud diferente, antes era más respetuosa, humilde y bondadosa”, refirió la anciana.

Chox, quien ya no escucha bien, comentó también sobre cosas menos serias y sonríe cuando recuerda algunas creencias de sus abuelos. “Nos decían que jugar con lazo era pecado para las mujeres, porque al momento de dar a luz a un hijo se debe recordar que uno viene atado a un cordón en el vientre de la madre”, narró.

“También nos advertían sobre comer frutas cuaches, porque se corría el riesgo de dar a luz gemelos. A las patojas nos entraba miedo y hacíamos caso, pero ahora risa les da”, dijo.

En su memoria están presentes dos hechos que han marcado su vida: el terremoto de 1976, cuando siete miembros de su familia murieron, y el conflicto armado, pues tenían que huir y esconderse en la montaña porque el Ejército llegaba a reprimirlos y a acusarlos de guerrilleros. Mataron a dos de sus parientes y tres están reportados como desaparecidos.

Numeroso linaje

Juana Chox se casó dos veces; en la primera ocasión contrajo matrimonio a los 15 años y quedó viuda dos años después. De esta relación nacieron dos hijos, que ya murieron.

Se casó de nuevo a los 29, y engendró a seis hijos: dos varones y cuatro mujeres, de las que ya hay dos fallecidas.

Quienes aún siguen con vida son Silverio Alva, 57 años; José Casimiro Quiché, 65; Feliciana, 55, e Isabela Esperanza Saquic, 51.

Doña Juana aclaró que los apellidos de sus hijos son distintos, debido a errores cometidos en el Registro Civil al momento de la inscripción.

Tiene 26 nietos, 76 bisnietos y 136 tataranietos.

En 1984 volvió a quedar viuda.