Revista D

Arte de chatarra

Desde hace siete años, Adolfo Asturias se dedica a reciclar metales para elaborar obras de arte.Por 

Por Francisco Mauricio Martínez

El ingenio es una de las facultades que pocos seres humanos pueden presumir, y más aún, aprovechar para salir adelante en la vida. Uno de estos creativos es Adolfo Asturias, de 39 años, quien desde hace siete  aprovecha la chatarra de vehículos pequeños para concebir obras de arte y vender, desde hace dos, en el Paseo de la Sexta, zona 1, de la Ciudad de Guatemala.

Antes de convertirse en artista de desechos  metálicos fue un “mil usos”, pues desde los 14 años ha trabajado como  ayudante de albañil, mesero, operario en una lavandería industrial, mensajero, electricista y en un taller de motos, entre otros. “La necesidad y los compromisos hacen que la mentalidad evolucione”, comenta.

En la actualidad, es común observarlo, de viernes a domingo, entre la multitud que abarrota esta popular avenida, ofreciendo sus piezas. Los otros los ocupa para elaborar sus creaciones y cumplir con sus clientes que no dejan de encargarle    puertas, ventanas, balcones y barandas, o cualquier trabajo propio de la herrería, a la cual se dedica desde hace 14 años.

Lo que más le compran sus clientes, tanto los que visitan el Paseo de la Sexta como los que conocen su taller en la zona 14, son motos, músicos, quijotes, caballos, tanques, aviones, delfines, libélulas y carritos, aunque diseña cualquier  objeto que le soliciten. “Mi objetivo es complacer a la gente”, afirma.

Para cumplir con los gustos de sus compradores emplea desechos de motocicletas y bicicletas que consigue en talleres de unos amigos que conoció cuando trabajó en un taller de reparación de estos medios de transporte. Las piezas que más usa son cadenas, bujías, tornillos, pernos, tuercas, roldanas pistones, cojinetes y lámina de zinc. A esta labor le llama  “artesanías de  chatarra” o “escultura en reciclado”.



Su inicio

Después de 11 años de laborar  en una retahíla de ocupaciones, un día despertó sin un centavo entre la bolsa y sin la esperanza de emplearse. La necesidad lo obligó a laborar en la empresa Industrias Metálicas Goñaz, en la 20 calle de la zona 10.  “Pensé que solo lo haría mientras encontraba un empleo, pero me fue gustando, porque era entretenido y ya no cambié de profesión”, evoca.

Durante los primeros meses en el taller, en el cual “empezó de cero”, le encargaron las operaciones más rudas, por ejemplo,  cortar hierro, así como pulir puertas y ventanas; pero luego de tres meses y mostrar sus habilidades le encomendaron algunos de soldadura.  “Y así le fui tomando amor a la herrería, y sigo aprendiendo porque en la vida siempre hay que innovar”, explica.

Cuando más feliz se encontraba en su nueva profesión, otra vez se quedó sin ocupación, porque la empresa lo despidió debido a que disminuyó la cantidad de trabajo, por lo que debió emplearse con una persona que se dedicaba a hacer oficios de herrería en restaurantes. “Con él solo trabajé ocho meses, pero lo más importante es que aprendí el hábito de ser muy responsable y cuidadoso con lo que se hace”, refiere.

Llega el arte

Hace siete años decidió emprender su propia carrera. Empezó en su casa y descubrió que podía hacerlo de manera independiente, por lo que decidió solicitar un préstamo a un banco y así comprar una máquina para soldar. Después una pulidora, la cual adquirió como pago de un trabajo, luego un barreno, hasta casi completar su equipo.

La escasez de trabajo se repitió hace unos siete  años, por lo que a diario pedía a Dios que le concediera oportunidades. Uno de esos días lo visitó un amigo que había sido su maestro de mecánica, quien le pidió que le diseñara una motocicleta con chatarra. “No importa cómo te salga, te la compro”, le dijo.

Una semana después le llevó dos de estos vehículos, para ver cuál le gustaba y esperaba que le diera Q50. Su sorpresa fue que ambos le encantaron y le pagó Q250 por cada uno. “Tenés buena mano, tu trabajo es excelente”, fueron las palabras de su amigo.

Desde ese día se animó a soldar más figuras, las cuales no ha dejado de elaborar. La pieza más cara que ha vendido es la de un cerdo que le encargó un extranjero que era propietario de un criadero de porcinos en Estados Unidos. Se la dio en Q800.

Uno de sus lemas es que las personas deben ponerse al día en cualquier aspecto de la vida y más aún en la profesión. “Uno tiene que ser como los árboles que botan sus hojas y se cubren de nuevas”, expresa.