Revista D

Mucha riqueza para pocos y poca para muchos 

El científico César Azurdia afirma que esta contradicción se debe a que la exuberancia de Guatemala está mal distribuida.

Por Francisco Mauricio Martínez

Uno de los orgullos de César Augusto Azurdia Pérez (1954) es que su formación académica la logró gracias a las becas. Desde el ciclo básico —en su pueblo natal San Andrés Itzapa, Chimaltenango—, hasta el grado de doctor en Genética que obtuvo en la University of California-Davis, en 1994. 

“No me quedé en el extranjero porque  mi formación  la pagó Guatemala. Venir de abajo no es fácil, pero se puede con esfuerzo y sacrificio; la pobreza no impide que nos podamos superar”, afirma el científico.

Su hoja de vida está  llena de títulos de investigaciones que ha trabajado desde que se graduó de ingeniero agrónomo por la Universidad de San Carlos, así como de asesorías que ha prestado a instituciones vinculadas al medioambiente.

Es un impulsor de la biodiversidad del país, al punto de que, gracias a ello, Guatemala se encuentra en la lista de los 19 países considerados megadiversos, según el listado de la  Organización de las Naciones Unidas.

¿Por qué tanta riqueza en el país  y a la vez tanta  hambre?

No se trata simplemente de cuánta biodiversidad y conocimiento tradicional tenemos. El fondo del asunto es que esa   riqueza  no está  distribuida de manera justa, porque el nuestro es uno de los países más desiguales en cuanto a la distribución de sus recursos. Es contradictorio porque es uno de los más ricos del mundo y en ese sentido la seguridad alimentaria debería estar cubierta. Nuestras especies prehispánicas, como el maíz, son mejores que las importadas, porque  son más nutritivas.

¿Por qué se da este  problema?

Los países ricos en biodiversidad también lo son en cultura, pero, a la vez, son los más pobres económicamente. Si se busca en el mapa dónde se ubican los 19 megadiversos, uno se da cuenta de que  no son  los más desarrollados. Lo que sucede es que  esa biodiversidad es empleada por las naciones  desarrolladas, las que le dan un valor agregado que queda allá, y, a veces, regresa, pero se debe pagar muy caro, por ejemplo, las semillas mejoradas y las patentes.

Nosotros también podemos tener un buen maíz pero ¿qué disponibilidad  de tierra tienen nuestros agricultores? Una cuerda, dos cuerdas... si es que tienen, entonces de qué sirve esa riqueza si no hay dónde desarrollarla. Es un tema que va más allá de la biodiversidad, es cuestión de políticas, estrategias, distribución de recursos y justicia.

Es una contradicción.

Sí, somos ricos pobres. Cuando hablo de este tema siempre digo: Guatemala es famosa porque es pobre, tiene alto grado de violencia y otras cosas negativas, pero somos ricos a nivel mundial en  biodiversidad. Entonces me preguntan, ¿por qué estamos como estamos? Algunos creen que es porque llegamos tarde, pero todavía no lo es en función de nuestra biodiversidad. Un ejemplo, los mejores maíces del planeta se producen en Estados Unidos y Europa, pero cuál fue  el centro de domesticación de este grano: México y Guatemala.

Cuando uno viaja a la costa sur o a Petén observa grandes plantaciones comerciales de maíz, pero no son nutritivos, porque fueron generados con tecnología moderna y son propiedad de enormes empresas que requieren de alta tecnología y vastas extensiones. ¿Qué sucede  con esas semillas  si las llevamos al altiplano? En primer lugar no existe suficiente  tierra, segundo se produce de manera tradicional, además, se necesitan fertilizantes, insecticidas y semillas, que  son caros y no llegan a esos campesinos.

Entonces, ¿qué se puede hacer?

Una posibilidad es apoyar a los agricultores con su trabajo tradicional, porque es amigable y completo. Si uno observa un cultivo de maíz en el occidente, ve un montón de monte alrededor; no limpio como en la costa sur, pero eso se debe a que en ese espacio también hay chile, hierba mora, chipilín güicoyes, ayotes y otras plantas, porque es un sistema múltiple maya amigable, desde el punto de vista ecológico. Todo lo que ahí crece se emplea  para la alimentación, hasta el ganado come las hojas y los tallos.

Pero no es suficiente para sobrevivir.

No porque este sistema debería complementarse con otros aportes de desarrollo que permitan educación a los hijos y a la mujer, y un trabajo alterno, por ejemplo, porque el sistema ecológicamente es funcional, pero económicamente no es suficiente.

¿Qué opina de la tendencia de construir hoteles ecoturísticos?

Lo veo positivo en el sentido de que la iniciativa privada está tomando acciones, porque hasta  hay una asociación de áreas protegidas privadas que tiene interés por conservar su área, pero a este sector no le resulta atractivo si no obtiene un  beneficio económico. Creo que es una combinación perfecta siempre y cuando esté entre los márgenes de manejo. Lo analizó  así porque el Gobierno no tiene la capacidad  de  proteger todo, y además, es propiedad  privada.

Es una industria sin chimineas,  entonces, si sumamos turismo más conservación, nos da desarrollo económico. Países como Costa Rica, Ecuador y Colombia tienen muy buenas experiencias.

¿Cuál es su análisis de la problemática ambiental?

Es muy seria. Tenemos buenos suelos y gran potencial de producción y almacenamiento de agua, pero esos recursos se deterioran día a día. La pérdida de bosque es alta, por más que se desarrollan programas de financiamiento como el que ejecuta el Instituto Nacional de Bosques, no se logra recuperar la tasa perdida. 

La reforestación no es conservación de biodiversidad porque  se cultivan árboles de una sola especie y un bosque no está compuesto por una sola, es un ecosistema. Cuando talamos  también acabamos con  árboles, hierbas, insectos, arbustos, animales, bacterias y microorganismos. Cuando sembramos árboles se restablece un ecosistema frágil, porque un solo cultivo nunca va a restituir una montaña.

Y la demografía, ¿cómo afecta?

El incremento de nuestra  población es muy alto. Cada niño que nace necesita un  pedazo de tierra, un trabajo y educación. Genera, además, desechos y otras cosas. Los ríos se convierten en basureros  y las personas nunca piensan que va a afectar la cuenca más abajo. A eso hay que agregar la contaminación que provocan las industrias. Las aguas servidas también  son echadas a  los  ríos. En la provincia venden los terrenos para construir viviendas y que vea la municipalidad cómo les instala servicios como drenajes;  tampoco hay plantas de tratamiento de aguas. Estamos sumamente atrasados en el tema de la contaminación de desechos y aguas servidas.

Al final los afluentes reciben todo.

Los ríos se están secando, casi todos están contaminados. El futuro es impredecible para la sociedad y las medidas que se  tomen deben ser integrales. No estoy en contra de que tengamos hijos; la responsabilidad es personal.

¿Considera que hay gente capacitada para tratar este problema?

Hay profesionales preparados por las universidades de San Carlos, Rural,  Del Valle y Rafael Landívar, con el enfoque ambiental en los grados de  maestrías. Muchos jóvenes se han formado en Europa,  Estados Unidos, Brasil, Costa Rica y México, el asunto es cuántas oportunidades hay para que estos profesionales se desarrollen.

¿Cuál sería la política ambiental para solucionar estos inconvenientes?

El primer reto es incorporar a la educación de los niños la conservación del medioambiente para que comprendan que somos parte de esto. Nuestro mundo es como una isla, si aventamos un poco de basura al vecino al final es el mismo ambiente. Pero en la actualidad ¿qué ejemplo les estamos dando los adultos? Si los padres tiramos la basura en cualquier lado, esto no es cuestión de status social. He visto y conozco profesionales que lanzan la basura en cualquier parte.

También hay que tomar una decisión política como lo hicieron Costa Rica, Colombia y Ecuador, que son megadiversos. Aprovecharon esa condición y se centraron en tres ejes de desarrollo: tecnología, educación y medioambiente.

Así han logrado avanzar.