Revista D

El legado de doña Cony

Hace 24 años, Consuelo de Ozaeta comenzó a apoyar a los necesitados. Luego de su muerte, su esposo continúa la obra.  

Por Francisco Mauricio Martínez

En la vida hay sucesos que transforman no solo a quien los experimenta, sino también a miles de personas. Por supuesto esto se descubre después de muchos años, cuando se reflexiona sobre el pasado.

Este es el caso de la familia Ozaeta Moreno, que desde 1992 proporciona pan, vestido y esparcimiento a indigentes, ancianos, niños y reclusas. Para cumplir con estas acciones ha contado con el apoyo de cientos de colaboradores.

En 1989, el sacerdote Willy Flores invitó a la pareja a un retiro espiritual de la Inmaculada Concepción, zona 10. Ana Consuelo Moreno, más conocida como doña Cony, aceptó asistir, mientras que su esposo, Rafael Ozaeta, se negó.

Ese acontecimiento cambió  la vida de la familia. El llamado espiritual  fue tan fuerte que a partir de ese día doña Cony se entregó al cien por ciento a predicar la palabra de Dios. Con el tiempo lo hizo por toda Centroamérica, México y ciudades de Estados Unidos, como Nueva York, Miami y Houston.      

“A Cony la usaba Dios, porque, aunque lloviera o relampagueara, fuera sábado o domingo, no se negaba a predicar en  cualquier lugar. Tampoco suspendía sus oraciones por los desposeídos que efectuaba todos los días entre las 4 y 6 horas”, cuenta  Ozaeta.

En diciembre de 1992, la invitaron a visitar una iglesia de la zona 3. Después de recorrer varias cuadras sin encontrar el templo, observó una escena que la conmovió: un niño disputaba un pedazo de naranja a un zopilote. Se bajó del vehículo y llevó al menor a una tienda a comer.

“A los dos días me dijo: ‘Estoy pensando que vayamos el 24 y llevemos comida a las familias del basurero’.  Se lo transmitimos a los de la parroquia, quienes colaboraron con  tamales, pan y café. También donaron juguetes y ropa usada. Recibimos dos mil 300 tamales y a las  7 horas del día de Navidad nos reunimos en una gasolinera ubicada en la Calzada Roosevelt”, relata Ozaeta.

Desde ese año no han dejado de llevar alimentos a las familias del basurero en esa fecha. Tampoco han cambiado el punto ni la hora de reunión.

Después de esta obra comenzaron a visitar a los niños desnutridos del hogar sor Lucía Roge, del  Hospital Hermano Pedro, a quienes llevan refacción y música el primer sábado de cada mes.

A los 90 ancianos del asilo de las Hermanas de la Caridad de Teresa de Calculta, en la colonia Bethania, zona 7, los visitan el tercer sábado de cada mes, para entregarles golosinas y ropa. Además, les enseñan cantos y bailan con ellos.  

Durante varios años apoyaron a las reclusas del Centro de Orientación Femenina, pero dejaron de hacerlo hace dos años por recomendación de las autoridades religiosas.

La obra que mayor tiempo y recursos le dedican es la de llevar cena a unos 150 indigentes del Centro Histórico, todos los miércoles, a partir de las 20.30 horas.

En diciembre del 2002, invitaron a doña Cony a predicar en Nueva York y al regresar viajó a Costa Rica, (enero del 2003), con la  misma misión, pero allá sintió un fuerte dolor en la espalda. Empujada por la fe, se fue a  México a disertar, pero nuevamente sufrió dolores.

Cuando vino al país fue a consultar al médico, quien le diagnosticó cáncer en la columna. El especialista le dio dos meses de vida, pero su creencia en Dios le permitió predicar dos años más, en silla de ruedas. En enero del 2005 expiró, pero su labor la continúa su esposo Rafael.