Revista D

El neurólogo Carlos Orellana Ayala impulsa proyectos en favor de los niños

El médico forma a otros profesionales en el campo de la neurología.

Por Roberto Villalobos Viato

Neurólogo guatemalteco Carlos Orellana Ayala. Foto Prensa Libre: Álvaro Interiano.
Neurólogo guatemalteco Carlos Orellana Ayala. Foto Prensa Libre: Álvaro Interiano.

Su hija Gabriela padece Trastorno del Espectro Autista, una condición neurológica y de desarrollo que cada vez tiene más prevalencia en Guatemala. “Ella es el motor de muchos de mis proyectos”, afirma Carlos Orellana Ayala, quien, con tan solo 23 años, obtuvo el título de Médico y Cirujano por la Universidad de San Carlos (Usac), en 1990. “No fui el único que tenía esa edad; otros compañeros también eran bastante jóvenes”, refiere con modestia.

El médico, especializado en Neuropediatría en la prestigiosa Universidad de Navarra,  España, nació en El Jícaro, El Progreso, el 13 de febrero de 1967. “Pertenezco a las familias fundadoras del pueblo; mi parentela es grande y abarca  desde Casas Viejas —también El Progreso— hasta Santa Ana, El Salvador; de hecho, Orellana es quizás el apellido más común en el oriente guatemalteco”, comenta.

Hoy, Orellana Ayala trabaja en  cuatro programas. El primero está en el Centro Escolar Famore, el cual cuenta con un revolucionario modelo educativo basado en las experiencias de una institución pública de Ermitagaña, Pamplona, España, la cual integra a niños promedio con otros que tienen un intelecto superior o con alguna discapacidad.

Asimismo, en la Usac forma a especialistas en neurodesarrollo. “El  objetivo es que haya gente que atienda las necesidades de la provincia”, explica.

Otro emprendimiento de carácter social se da en su clínica privada, en la cual ayuda a personas de escasos recursos que tienen algún problema neurológico.

Además, impulsa  la Fundación TDH Educa, que brinda capacitación en aspectos relacionados con el Trastorno por Déficit de Atención y problemas de aprendizaje.

¿Por qué eligió ser médico?

Hay algo que influyó bastante. Cuando tenía 4 años enfermé de sarampión —a principios de la década de 1970 no había vacunas disponibles en su pueblo natal—, lo cual desencadenó en una neumonía. Padecer ambas enfermedades a la vez tenía una alta mortalidad. Así que, entre mis muchas visitas a los consultorios médicos y los cuidados de mis padres, algo se me grabó en la mente y empecé a jugar a ser pediatra. De hecho, hasta ahora considero que fue la mejor elección para mi vida profesional.

También tiene estudios en Neurología.

Sí, soy neurólogo por accidente.

¿A qué se refiere?

Lo que pasa es que mi hijo mayor tardó bastante en aprender a hablar y, por eso, quise aprender más sobre neurología y desarrollo. Ya estaba bastante metido en esos estudios cuando me di cuenta de que él simplemente había demorado, porque es un chico fantástico sin ningún problema.

¿Cuáles son los problemas de desarrollo neurológico?

Le cito algunos ejemplos: son los trastornos del espectro autista, por déficit de atención e hiperactividad y problemas del desarrollo del lenguaje y del aprendizaje. A esto se le suma la discapacidad intelectual o física —esto último por parálisis cerebral—.

¿Qué es el autismo?

Es una condición neurológica cuyo desarrollo comienza en la niñez y dura toda la vida. Afecta en su aprendizaje, comportamiento, interacción y comunicación. Se le llama “trastorno del espectro” porque las personas con esa condición tienen una gran variedad de síntomas, unas veces más leves y otras más graves. Asimismo, en varios casos presentan cuadros de epilepsia o discapacidad intelectual, aunque los estudios indican que quienes lo padecen tienen una inteligencia dentro de los parámetros normales.

¿Qué ocasiona ese trastorno?

No se sabe exactamente, pero puede ser por genética o por aspectos ambientales como la exposición a tóxicos o xenohormonas, que son sustancias presentes en un determinado lugar en forma de insecticidas, plaguicidas, herbicidas o derivados plásticos.

¿Esa exposición se da cuando la mujer está embarazada?

Hay diversos estudios centrados en la mujer y en el ambiente, pero se ha olvidado el papel del hombre. Por ejemplo, se cree que el riesgo de que un niño desarrolle autismo va relacionado con la edad del padre; es decir, cuantos más años tenga el progenitor, más mutaciones o cambios epigenéticos habrá en el esperma.

Lo que hay que dejar claro es que lo que puede ser causa en uno, no es causa en otro.

¿Cómo se diagnostica?

El signo principal es cuando hay cierta alteración en el desarrollo del lenguaje. Asimismo, se identifica por sus atípicas formas de juego o contacto visual, así como en la manera en que toleran o manejan ciertos estímulos visuales, olfativos, gustativos, auditivos o táctiles. A esto se le suman patrones repetitivos en su conducta y presencia de conductas estereotipadas (movimientos de aleteo, caminar de puntillas, jugar a mover las manos frente a los ojos por períodos prolongados).

¿A qué edad puede darse el veredicto médico?

En promedio, se da cuando los niños tienen entre 3 y 4 años, pero es posible ver la presencia de ciertas manifestaciones entre los 12 y 24 meses. Lo importante es que cuando haya sospecha, lo evalúe con prontitud un pediatra, neurólogo, psiquiatra o psicólogo infantil. No hay que “esperar a ver qué pasa”, ya que un diagnóstico y tratamiento temprano mejora significativamente el pronóstico.

¿En qué consiste el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDHA)?

Es un problema neurológico que afecta del 3 al 7 por ciento de la población en edad escolar. Este se manifiesta por inatención, hiperactividad e impulsividad.

¿Cómo se diferencia de la energía propia de un niño?

En efecto, hay niños inquietos, pero un TDHA provoca deterioro académico y social. Muchos de estos chicos, evidentemente, también tienen alguna discapacidad de aprendizaje o trastornos de ánimo o de ansiedad.

¿A qué se deben los problemas del aprendizaje?

Sucede cuando los infantes no recibieron estimulación temprana, lo cual es brindarles oportunidades para su desarrollo físico, intelectual y social. Sin embargo, la mayoría a quienes les cuesta aprender es porque no tuvieron una enseñanza adecuada, no por un problema neurológico real.

Quien padece alguno de los problemas anteriores, ¿puede llevar una vida normal?

El objetivo es darles herramientas para que tengan una vida funcional y adaptada. Además, hay que incluirlos en la sociedad, porque es su derecho.

Entonces, ¿sí se puede?

Sí. Es probable que usted haya compartido, por ejemplo, con una persona con autismo y no se haya dado cuenta. Eso quiere decir que sí es factible la integración, aunque, claro, habrá a quienes se les dificulta más.

Imagino que en la provincia hay más obstáculos para una persona con algún trastorno mental.

Exacto; tanto padres, maestros y los propios pacientes enfrentan una situación más dura. No obstante, admiro a los docentes rurales porque, además de trabajar con sentido común en esos casos, ponen mucho corazón en sus actividades.

Tengo entendido que usted impulsa un proyecto para mitigar las dificultades que existen en esos sectores.

Sí. En la Escuela de Estudios de Posgrado de la Universidad de San Carlos se impulsa un programa para formar a especialistas en neurodesarrollo. La meta es que en todo el país haya especialistas que detecten e intervengan a niños con esos problemas. De momento hay 75 profesionales graduados, entre psicólogos y médicos, quienes ejercen su profesión en sus comunidades.

Asimismo, se evalúa la posibilidad de que el proyecto formativo se extienda al Centro Universitario de Occidente, en Quetzaltenango, pues así se brindará mejor cobertura a la población infantil y adolescente de la región altense.

¿De qué trata la Fundación TDH Educa, la cual promueve?

Está en su etapa inicial —lleva solo seis meses— y lo que se desea es formar a maestros y otras personas que convivan con personas con Trastorno por Déficit de Atención y problemas de aprendizaje. De momento nos enfocamos en el área de Fraijanes.

¿Cómo trabaja el Centro Escolar Famore, del cual usted es coordinador?

Queremos romper paradigmas en educación, pues nuestro objetivo permanente es que nuestro sistema funcione como una familia, donde lo más importante sea cada individuo. Por eso, en nuestras aulas hay un máximo de ocho estudiantes. Aquí, además, niños típicos comparten con otros con alta dotación intelectual o con alguna discapacidad.

¿Por qué es así?

Porque así es la sociedad, con gente con diferentes características o condiciones. De esa forma, los niños ven mejor cómo es el mundo.

Pero hay muchos colegios que seleccionan a los niños según ciertas características.

Sí, pero la “sobreselección” no corresponde a una sociedad real. Lo que pretendemos es que nuestros chicos detecten sus potencialidades o debilidades, así como enseñar a respetar las diferencias con otros.

Por otro lado, existen instituciones de educación especial.

No deberían existir, porque toda persona, sin distinción alguna, debería estar incluida en cualquier sistema educativo.

PERFIL

- Carlos Orellana Ayala nació en El Jícaro, El Progreso, el 13 de febrero de 1967.

- A los 23 años se graduó de Médico y Cirujano en la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac).

- Tiene un posgrado de Pediatría en el Hospital General San Juan de Dios.

- Estudió Neuropedriatría en la Clínica Universitaria de la Universidad de Navarra, España.

- Es director del programa de especialización en Neurodesarrollo de la Escuela de Estudios de Posgrado de la Facultad de Medicina de la Usac.

- Es coordinador del Consejo Directivo del Centro Escolar Famore.

- Trabaja en el Consultorio Uned, el cual atiende problemas neurológicos. Si bien es privado, brinda ayuda a personas de escasos recursos.

- Impulsa numerosas actividades en favor de los niños con Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad-Impulsividad, con Trastorno del Espectro del Autismo y otros problemas neurológicos.

- Ha publicado varios artículos relacionados con el desarrollo infantil.