Revista D

El Teatro Municipal de Totonicapán, una joya de primer orden.

Concluido en 1922, pero inaugurado en 1924, este inmueble casi centenario es un ejemplo de la arquitectura de la época republicana.

Su construcción comenzó en 1911, cuando ejercía la alcaldía Manuel R. Espada. (Foto Prensa Libre: José Luis Escobar).

Su construcción comenzó en 1911, cuando ejercía la alcaldía Manuel R. Espada. (Foto Prensa Libre: José Luis Escobar).

Es un edificio singular. La lectura a partir de su valor arquitectónico da cuenta de una fusión de estilos. “Es un inmueble ecléctico con el predominio de elementos renacentistas y neoclásicos, pero con un rico aporte local, como la ornamentación  sobre los arcos de las ventanas”, resalta el arquitecto Héctor Orlando Morales Dávila en la investigación Proyecto de restauración del Teatro Municipal de Totonicapán, con la que en el 2012 obtuvo la maestría en Restauración de monumentos y centros históricos.
Morales también formó parte del equipo del Instituto de Antropología e Historia que intervino la estructura a finales de la década de 1990. Dichos trabajos demoraron casi siete años y fueron concluidos en el 2003.
“Es un monumento muy valioso e histórico, por eso es obligación de todos los guatemaltecos hacer el esfuerzo por rescatarlo, ya que es un patrimonio de primer orden, una bella obra arquitectónica que lamentablemente es desconocida por muchos”, señala el restaurador y catedrático de la facultad de Arquitectura de la Universidad de San Carlos.
 

Historia

Durante la presidencia de Manuel Estrada Cabrera (1898-1920) “la construcción de inmuebles alegóricos al arte se vio favorecida, debido a los gustos del dignatario de la nación”, menciona  Elda Concepción Velásquez García en la tesis Proyecto restauración del teatro de Totonicapán, con la cual en 1981 se licenció como arquitecta.
“Hubo construcciones en toda la república, sobresaliendo los templos dedicados a Minerva y los teatros municipales, principalmente los de Quezaltenango y Totonicapán, ambos con detalles neoclásicos y características renacentistas”, añade.
Velásquez García resalta la posición del teatro “situado en la antigua plaza principal, limitada por el patrimonio colonial”, como la iglesia de San Miguel Arcángel Totonicapán. Agrega que el terremoto de 1976 arruinó el mercado municipal, por lo que tuvo que demolerse, pero que el teatro continuó en pie a pesar de los daños a su estructura.
“La construcción comenzó en 1911, cuando ejercía la alcaldía  el licenciado Manuel R. Espada, encargándose de fomentar el interés en la ciudadanía para comenzar la obra. El lugar escogido estaba ocupado por el antiguo Teatro Guzmán o de San Isidro”, menciona Vásquez García.
Los primeros pasos en la planificación, agrega, “los preparó el señor José León Arriola, desarrollando los planos que fueron exhibidos en la municipalidad de aquellos tiempos.  Al fallecer, la dirección de la construcción quedó a cargo de Manuel Trinidad Meza Argueta (1874–1922)”.
Más tarde, “en 1917 el proyecto fue suspendido por problemas económicos y  posteriormente se retomó, culminándose el 30 de junio de 1924, cuando el alcalde de Totonicapán era Florencio Calderón, a quien se le atribuye la gestión de 208 sillas que se colocaron en la luneta y palco bajo, las mismas fueron importadas de Alemania”.
En el libro Mi Totonicapán querido, Óscar Humberto Meza Rosal reúne poemas de su autoría y dedica un capítulo a datos históricos de la sala. Su aporte es valioso porque su padre fue Meza Argueta.
“La obra empezó con toda satisfacción y entusiasmo de parte de las autoridades y del pueblo ansioso de cultura y, con gran júbilo, esta construcción se hizo muy pronto una hermosa realidad trabajando con gran ahínco y tesonera actividad durante una primera etapa que duró hasta 1917”, indica Meza Rosal, quien también anotó la precariedad de fondos, lo que detuvo los trabajos.
“La municipalidad de turno se vio obligada a suspender todo hasta nueva orden. Y fue hasta 1920 cuando, gracias a la gestión de Manuel R. Espada, quien nuevamente se hallaba al frente de la comuna, que se reiniciaron las labores y fue llamado urgentemente el arquitecto Meza Argueta, quien radicaba en  la capital, para que se hiciera cargo de la delicada construcción, y fue así como en 1922 la joya arquitectónica fue terminada”, explica el poeta.
Miguel Antonio Vásquez Camey, director de la Casa de la Cultura de Totonicapán, comenta que hubo un lapso de dos años entre la finalización de la construcción y su inauguración, pues el recinto no tenía butacas. Al citar a Meza Rosal confirma la versión de que Calderón, con su propio dinero, amuebló la platea “quedando a costa de las subsiguientes municipalidades la adquisición del resto de mobiliario”.
 

El primer teatro

El antecedente más inmediato del recinto es el Teatro Guzmán al que  se le llamó Teatro 21 de Noviembre y Teatro de San Isidro.
“No se conocen las características de este primer edificio ni su fecha de inauguración, sin embargo, se sabe que estuvo en una parte de lo que fue una  propiedad eclesiástica y que luego pasó a ser municipal. Este inmueble se acondicionó en una capilla del antiguo convento”, señala Morales Dávila en su investigación.
Marco Julio Vásquez Arriola, presidente en la década de 1970 del Comité Pro Restauración del Teatro Municipal de Totonicapán, menciona en un ensayo del 26 de julio de 1977 que “se mandó a derribar las antiguas paredes de la iglesia, que después se llamó Teatro Guzmán, poniéndose  los cimientos de un nuevo edificio”. 
Esta versión la recoge Velásquez García al señalar que “el Teatro Guzmán fue conocido también como Teatro de San Isidro”, debido a que ocupó el espacio de la capilla destinada a la figura de dicho santo en el templo católico principal de la cabecera de Totonicapán.
Morales Dávila resalta que el primer teatro es mencionado en diversos documentos, uno de ellos es la memoria de la Secretaría de Fomento, en donde se afirma que estuvo en el mismo lugar del actual, y que se clasificaron los materiales de construcción que se extrajeron de la demolición con el propósito de reutilizarlos.
La Municipalidad de Totonicapán en 1912 confirmó en su memoria de labores  los anteriores datos, e indicó que “como estaba acordado se dio principio a los trabajos en el terreno que ocupó el Teatro Guzmán, de conformidad con el plano que al efecto levantó el director de la obra, don José León Arriola”.
Aunque no se sabe la fecha exacta de su inauguración, se puede deducir que el primer del teatro de Totonicapán abrió sus puertas en la época Liberal (1871-1885),  cuando la Iglesia Católica perdió sus propiedades y pasaron al Estado para utilizarlas con nuevos propósitos, lo que lleva a asumir que el primer espacio cultural duró 40 años, entre 1871 a 1911, pues en ese último año comenzó la construcción del actual, al que primero se le llamó Teatro 21 de Noviembre, en  conmemoración del cumpleaños del presidente Manuel Estrada Cabrera.
La primera piedra fue colocada en noviembre de 1911, pero fue en julio de 1912 que emprendieron los trabajos a iniciativa del presidente del Concejo, Enrique F. Cruz, quien en sesión celebrada el 18 del mes y año citados, acordó “que se proceda a la construcción del Teatro 21 de Noviembre, sujetándola al plano levantado al efecto por José León Arriola, y que se eleve copia al señor Presidente Constitucional de la República, tanto para que aquel alto funcionario tenga conocimiento de esta disposición que aprobará sin duda, para que tomando en cuenta la escasez bien comprobada de los recursos de que se dispone, auxilie a esta municipalidad con la suma que juzgue conveniente”, anota Morales Dávila.
 

Constructores

“Esta monumental obra acarició muchas manos hábiles que se movieron con el más grande de los amores para que esa joya tomara el brillo de la estrella más hermosa del firmamento del arte nacional”, plasmó Meza Rosal.
La lista que aporta comienza con el arquitecto José León Arriola “como autor de los planos, quien por haberlo sorprendido la muerte no logró llevar a cabo su propia obra”. Luego, menciona a su padre Meza Argueta, “quien a la muerte del anterior se hizo cargo de la delicada construcción poniendo toda su inteligencia y dotes  para interpretar íntegramente la idea arquitectónica original”.
A Domingo Arriola Porres, “obrero de la gran inteligencia y conocedor del arte de la construcción, se le debe todo lo relativo a armaduras de hierro que sostienen la techumbre y lo más bello en ornamentación de los balcones y verjas”.
Destaca la carpintería, a cargo de los hermanos Miguel y Domingo Tahay, “oriundos del cantón Pasajoc y autores del embovedado del cielo del teatro, quienes recurrieron a las técnicas de otros maestros como Alejandro Loarca y Basilio Barillas, quienes a su vez buscaron las técnicas de Cipriano Ordóñez”.
Aureliano de León fue responsable de la albañilería, quien “a la cabeza de otros obreros oriundos de Totonicapán, levantaron con verdadera maestría los muros, cuya consistencia es desafiante a las construcciones modernas, porque su fortaleza se debe a los materiales de su indiscutible selección: adobe pegado con una extraordinaria mezcla formada por barro y mucílago de tuna”.
“No podemos soslayar”, agrega, “la belleza de la ornamentación de los palcos que fueron torneados por las hábiles manos de Alejandro Loarca (quetzalteco), Basilio Barillas, los hermanos Tahay y otros grandes carpinteros del cantón Pachoc, así como por muchos nombres más que escapan a mi memoria”.
Los canales para el descenso de las aguas fluviales fueron obra de Ricardo Camey y Bernardino García. La decoración y pintura estuvieron a cargo de Enrique Carranza Muñoz y Trinidad Meza. Los primeros telones de fondo fueron pintados por el escenógrafo Aranda Kleé y Servando Ordóñez Pereira, “quien junto con el que escribe fueron producto de grandes maestros del pincel como Rubén Paz, Lidislao Pineda y Eliseo Vichi, en la gloriosa Escuela de Arte para Varones de Occidente de Quetzaltenango”.
Los capiteles que rematan las seis columnas del frontispicio “fueron tallados por los albañiles quetzaltecos Pedro Macario, Pedro Tzic, José María Chajchalac, Florencio Mazariegos y los dos hermanos Quijivix”.
Finalmente, cuenta el escritor, “esta historia se rubrica con los nombres de dos humildes personas que prestaron sus servicios del ecónomo municipal”, refiriéndose a Felipe y Tiburcio Robles.  El primero “falleció en un accidente al caerse de un andamio cuando los muros alcanzaban ya el segundo piso. Este triste suceso acaeció a fines de 1913”. El segundo lo sustituyó “permaneciendo constante hasta que la obra quedó terminada”.
 

Hipótesis

Arturo Taracena Arriola en su libro Intervención criolla, sueño ladino, pesadilla indígena. Los Altos de Guatemala: de Región a Estado, 1740-1850, sostiene que el Teatro de Totonicapán es una obra ejecutada por un grupo de masones y el Estado de Los Altos. La hipótesis también es abordada por Morales Dávila en su investigación, hallando que  la logia masónica Igualdad Nº. 5 (que se llamó Igualdad Nº. 13 posteriormente), fue fundada en Totonicapán el 31 de marzo de 1897 con el nombre de San Juan de Escocia y bajo los auspicios del Supremo Consejo Centroamericano de dicho grupo.
Los maestros fundadores, indica, fueron Jesús Carranza, Jacinto Amézquita y Antonio Robles, entre otros. “Los dos primeros elaboraron el reglamento de la logia e iniciaron a otros individuos. Existía también un vínculo simbólico con las logias quetzaltecas, como la Fénix Nº. 2, creada por inmigrantes italianos. “Varios de estos laboraban como comerciantes, arquitectos, ingenieros, escultores y artistas y algunos dieron vida al proyecto modernista urbano en la capital altense, pues traían consigo el despertar del clasicismo liberal neorrenacentista en Italia, que usaron las élites de Los Altos para construir su propia identidad frente a los proyectos arquitectónicos romanticistas de la Ciudad de Guatemala”.
 

Arquitectura

 
El Teatro Municipal de Totonicapán tiene tres pisos. En el primero se encuentran el pórtico, el vestíbulo, los servicios sanitarios, el palco bajo, la luneta y el escenario. Los muros perimetrales son de mampostería de ladrillo y adobe, con un grosor de 90 centímetros y la estructura interior es  de madera.
El segundo alberga el palco alto mientras que el tercero tiene un graderío. Este espacio, por razones de seguridad, es el que menos se utiliza, para no sobrecargar la estructura.
 

Pórtico

Es de doble altura y seis  columnas de orden corintio,  elaboradas de mampostería de ladrillo y piedra de cantera. En la parte alta hay siete ventanas con balcones de hierro, y dos más en la parte baja, sin balcón. Cuenta con tres puertas talladas en madera, en la central hay una lira y tiene la fecha de inauguración “24 de junio de 1924”. En la parte alta, una cara de león de yeso que simboliza la fuerza. El cielo suspendido tiene un decorado especial hecho al fresco.
 

Vestíbulo

En los extremos están los servicios sanitarios y también dos puertas con un pequeño graderío que conduce al palco y al área de luneta.
 

Luneta

Tiene capacidad para 190 personas. Las butacas son de madera y estructura de hierro. Entre la luneta y el escenario se encuentra el foso en media luna para los músicos. Al fondo dos pequeñas puertas que dan paso al sótano.
 

Palco bajo

Es el área más exclusiva, cada uno contaba con antesala para que los meseros prepararan aperitivos a los espectadores del palco. Contaban con su respectivo cortinaje y puerta.
 

Sin fondos

*Por Édgar Domínguez, corresponsal.

El arquitecto y artista con 55 años de trayectoria, Luis Castillo, indica que después del terremoto de 1976 se creó un comité para la restauración del teatro en el cual participó.
Castillo es restaurador de bienes culturales y formó parte del equipo que llevó a cabo los primeros trabajos (1977-1984) que evitaron el colapso de la estructura.
Recuerda que vendió en Quetzaltenango una de sus piezas y donó la cantidad (Q25 mil) a los fondos destinados a las reparaciones, así como haber empezado el rescate de las pinturas  en el cielo del pórtico pero no completó su labor debido a que las autoridades ediles de la época encomendaron el resto de la tarea a alguien más. Dichas pinturas continúan expuestas a la intemperie, por lo que la viveza original de sus colores se ha opacado notablemente.
German Scheel, presidente del Patronato del Teatro Municipal, reconoce que ese es uno de los puntos que amerita atención, así como tratar un problema de humedad que ha llevado a tomar, como medida de precaución, dejar de utilizar la escalinata derecha que conduce al segundo piso de la sala, que es una estructura  de madera.
Otras prioridades, de acuerdo con Scheel, son la adquisición de un mejor equipo de audio e iluminación para el escenario. El Patronato es la entidad que también, en coordinación con la Municipalidad de Totonicapán, autoriza la realización de eventos en el teatro, dando prioridad a los de carácter cultural.
Luis Herrera, alcalde de Totonicapán, reconoce que la estructura necesita atención y ser recuperada, pero comenta que no hay  fondos suficientes para ejecutar un plan de esas dimensiones.

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