Revista D

El viaje de Morelet por Guatemala

“El aspecto de Guatemala es triste; la uniformidad de las construcciones, la ausencia de carruajes y el silencio brindan un sentimiento de hastío mortal”, apuntó Arthur Morelet.

Por Roberto Villalobos Viato

Pintura de la Ciudad de Guatemala a partir de una fotografía (1870). Autor: Augusto Succa.
Pintura de la Ciudad de Guatemala a partir de una fotografía (1870). Autor: Augusto Succa.

Por aventura o hambre de conocimiento, hay quienes deciden apartarse de los caminos trillados y se adentran más allá de los confines.

Hasta antes del siglo XX, pocos se atrevieron a viajar a la relativamente pequeña Centroamérica. Entre esos exploradores estuvieron Galindo, Maudsley, Haefkens, Morley, Catherwood, Gage o Stephens, apellidos bien reconocidos por la historiografía de estas tierras.

Pero hay un caso peculiar, el del naturalista francés Pierre Marie Arthur Morelet, quien, antes de su paso por Guatemala, a mediados del XIX, estuvo en expediciones científicas por Argelia, Italia, Portugal, Córcega y Cerdeña. Estos son algunos apuntes que hizo sobre nuestro país. ¿Acaso era un gruñón?

La crónica de Morelet

En 1857, el francés publicó su travesía en el libro Viaje a América Central: Yucatán y Guatemala, el cual brinda detalladas descripciones sobre cómo se vivía en nuestro país en esa época.

Su expedición empezó en noviembre de 1846, cuando, desde Le Havre, Francia, abordó en buque Sílfide que lo transportó hasta el puerto de La Habana, Cuba, isla que recorrió durante dos meses.

Continuó por Yucatán y Tabasco; luego navegó por las aguas del río Usumacinta hasta adentrarse en la jungla petenera. También estuvo en Cobán, Ciudad de Guatemala, Izabal y Belice, entre otros puntos.

En Petén sufrió las vicisitudes del enorme bosque. Ahí enfermó de erisipela fleginonosa, una inflamación con enrojecimiento de la piel. Se untó con lociones emolientes y se hizo fricciones de manteca de cacao que le recomendaron los nativos. El tratamiento, dice, no sirvió de nada, pero la enfermedad lo abandonó luego de seis días.

En Flores se quedó maravillado: “Estábamos a orillas de un lago azul, cuya superficie era tan brillante como un espejo; un islote pedregoso, teñido de púrpura para el sol poniente, se elevaba con débil pendiente a 500 metros de la orilla; en él se veía una porción de casitas apiñadas como colmenas (…) el punto culminante era una iglesia y un grupo de cocoteros. (Estaba Flores) construida sobre las ruinas de una antigua ciudad indígena”.

Ahí disecó un cocodrilo y lo envió al Museo de París, donde los científicos franceses lo bautizaron en su honor como Crocodylus Moreletii, pues resultó que, hasta ese momento, no se conocía esa especie, endémica de aquella región.



Dibujo de Flores, Petén, a mediados del siglo XIX. Autor: Arthur Morelet, publicado en el libro Viaje a América Central.
Dibujo de Flores, Petén, a mediados del siglo XIX. Autor: Arthur Morelet, publicado en el libro Viaje a América Central.


Morelet también narró cómo se vivía la política en tales parajes: “Los borrascas políticas (de la capital), producen aquí solamente un eco lejano que se debilita gradualmente por las montañas. A nadie preocupa la forma de gobierno, ni se discute en el valor de sus actos”.

Cobán

El viajero y naturalista francés quedó sorprendido con los vestuarios cobaneros. Los hombres se ataviaban con “vastas capas que contrastan con sus ligeros pantalones blancos, y cubiertos con sombreros de paja negra, semejantes a los nuestros por su forma elevada y cilíndrica”.



Dibujo de Cahabón, Alta Verapaz, a mediados del siglo XIX. Autor: Arthur Morelet, publicado en el libro Viaje a América Central.
Dibujo de Cahabón, Alta Verapaz, a mediados del siglo XIX. Autor: Arthur Morelet, publicado en el libro Viaje a América Central.


En tanto, las mujeres usaban “un peinado con un efecto bastante agradable que no he visto en ninguna otra parte: sus cabellos generalmente hermosos están trenzados con un cordón de lana amaranto de ocho a diez metros de longitud, a veces adornado de borlas amarillas en las extremidades, y cayendo hasta sus talones formando festones”. Su descripción coincide con el t’upuy, un tocado de la región.

La capital

Las primeras impresiones que tuvo Morelet sobre la Ciudad de Guatemala fueron positivas. Al recordar el Valle de Las Vacas, vista desde lejos, escribió: “Hacia mediodía vimos la perspectiva de Guatemala: las montañas se habían oscurecido hacia el oeste y se distinguían algunas manchas luminosas en la uniforme llanura del horizonte. Nuestros guías nos hicieron observar la iglesia de San Francisco, uno de los edificios más altos de la ciudad, y el volcán de Agua, cuyo cono aislado se elevaba hasta la región de las nubes”.

Sin embargo, hubo un cambio al entrar a la capital. En este extracto, presumiblemente, se refiere a la Calle Real, hoy Sexta Avenida: “Una calle ancha y espaciosa se perdía de vista, las construcciones tenían poca apariencia y la yerba crecía libremente por todas partes. Esto le añadía al estado del cielo un grado mayor de tristeza. Por otra parte, la lluvia caía incesantemente con la misma violencia: ¿por dónde dirigirme en una ciudad desconocida y cuyas calles no tenían nombre? ¿Y cómo descubrir el asilo que me habían indicado? En vano pedí que me informasen en varias puertas; me vi tratado con muy poca caridad”.

El francés, asimismo, refiere que la capital guatemalteca de esa época no tenía paseos públicos, cafés, gabinetes literarios ni teatros. Tan solo había una plaza para las corridas de toros. Agregó: “El extranjero carece del recurso de una posada; tiene que resignarse a buscarla provisionalmente en un mesón dividido en cuartitos oscuros, decrépitos, fétidos, infestados de pulgas y niguas; ordinario alojamiento de los mercaderes indígenas”.

Eso sí, recuerda que el pueblo guatemalteco siempre se mostró “lleno de fervor por las fiestas religiosas”, pero que la frecuencia de estas favorecía “su propensión a la ociosidad”.  Más adelante añadió: “Ama apasionadamente el ruido atronador de las campanas, la detonación de petardos y la música india, que es la plaga más temible para los ciudadanos pacíficos; admira también sencillamente las ridículas ceremonias imaginadas para exaltar su devoción y que parecen al extranjero indignas de la majestad del culto católico”.

Estas fueron las experiencias de Morelet. Sus apuntes, positivos o negativos,  brindan detalles importantes de la antañona Guatemala, los cuales ayudan a reconstruir y comprender nuestra historia.

Fuentes: Historia General de Guatemala: desde la República Federal hasta 1848 / Una de exploradores, I y II. Departamento de Educación de la Universidad Francisco Marroquín.