Revista D

Los pastores de la Sierra de los Cuchumatanes

Cuidan a su rebaño durante todo el día; el trabajo es tranquilo, pero deben estar alerta ante peligros como los carros y los coyotes. 

Por Roberto Villalobos Viato

Los pastores de ovejas se enfrentan a la soledad. En la imagen, María López y parte de su rebaño. Foto Prensa Libre: Roberto Villalobos Viato.
Los pastores de ovejas se enfrentan a la soledad. En la imagen, María López y parte de su rebaño. Foto Prensa Libre: Roberto Villalobos Viato.

La aldea Paquix está situada en las elevadas planicies de la Sierra de los Cuchumatanes, en Chiantla, Huehuetenango, cuyos campos a más de 3 mil 800 metros de altura son aptos para la siembra de trigo, avena, papa, zanahoria, repollo, remolacha y coliflor.

A la distancia se ven rebaños con decenas de ovejas que pastan bajo la supervisión de un pastorcillo, que en su mayoría son niños y mujeres.

Hablar con los pequeños es un desafío, pues son tímidos y huidizos. Ante la presencia de un extraño se esconden detrás del pasto, de las rocas o de su rebaño. Así se mantienen unos pocos segundos y, de vez en cuando, se asoman para ver si el forajido ya se ha ido.

Las mujeres son de pocas palabras y amables; siempre tienen un “buenos días” y un “buenas tardes”.

“Hay hombres que se dedican a este oficio, pero no son muchos; casi todos trabajan la tierra, sobre todo para la siembra de verduras”, dice María López, quien viste con un  sombrero para cubrirse de los rayos solares a los que se expone durante prácticamente todo el día.

Ese trabajo ha permanecido inalterado durante siglos. “No se crea que es fácil; todos los días pasan cosas”, expresa Manolo Alvarado, de veintitantos años —no revela su edad—. “A esto le tengo cariño, pero hay que reconocer que es sacrificado”.

Los pastorcillos son cada vez menos en el área de Los Cuchumatanes, pues los jóvenes prefieren dedicarse a otras actividades. Algunos hacen la travesía hasta Estados Unidos, en busca del sueño americano. “Pese a ello, esto no se acabará, ya que siempre habrá gente interesada en comprar carne de cordero; pero lo que sí creo es que cambiarán los métodos”, opina Jorge Hernández, propietario de una veintena de ovejas.

De hecho, esto ya está pasando. En la zona hay un programa de la Fundación para el Ecodesarrollo y la Conservación (Fundaeco), administrado por RainForest y financiado por el Proyecto Clima Naturaleza y Comunidades en Guatemala, a través de la Agencia de los Estados Unidos de América para el Desarrollo Internacional (Usaid), el cual permite la crianza de ovejas mediante el sistema de semiestabulado, es decir, con pequeños establos para que los ovinos se mantengan una mínima parte del tiempo en el campo.

De esa forma, los pastores invierten su tiempo en otras actividades, como la agricultura, el cuidado de la casa o la confección de tejidos. Los niños, en cambio, pueden acudir a la escuela.



Para entretenerse, los niños corretean en los campos donde pastan sus animales. Foto Prensa Libre: Roberto Villalobos Viato.
Para entretenerse, los niños corretean en los campos donde pastan sus animales. Foto Prensa Libre: Roberto Villalobos Viato.


La técnica también permite conservar el medioambiente, pues se reduce el área de pastoreo y se aprovecha para implementar proyectos de reforestación y cultivo de pasto y avena —para alimento de las ovejas—, con lo que se mejora la consistencia de los suelos, sobre todo durante el crudo invierno de los Cuchumatanes.

Pese a esta opción, aún son varios los pastores que practican su oficio a la manera tradicional. “Es una vida de esclavo”, comenta Alvarado, entre risas.

Para ellos, la jornada empieza a eso de las 8 o 9 de la mañana. Recorren varios kilómetros entre los campos escarpados, con un ojo puesto en el camino y el otro pendiente de las ovejitas. No se pueden dar el lujo de perderlas, porque tan solo un cordero llega a cotizarse en unos Q1 mil 500, mientras que una oveja joven, hasta en Q2 mil 500. “Algunos corderos de cuatro meses ya los tengo encargados; cuando se van, las borregas se quedan gritando de la tristeza”, afirma Perfecta Alvarado.

La genética también juega un papel importante, ya que las ovejas que antes pesaban 50 libras ahora llegan a las 300, mientras que los carneros han pasado de las 55 a las 450, lo cual favorece tanto al productor como al comprador.

Los pastores, asimismo, deben cargar con un grueso abrigo, agua y comida para el almuerzo. Para entretenerse, algunos llevan un radio de baterías o un diminuto celular con audífonos. Los niños, en cambio, corretean entre el campo y mucho mejor si llevan una pelota de plástico.

La tranquilidad de los pastorcillos solo se rompe cuando alguno de los animales se aleja del rebaño. Es entonces que corren detrás de la oveja, silbándole o agitando la mano con una vara para llamar su atención. Si el ovino se resiste, le dan algunos golpes en las ancas.

Otro momento crítico se vive al pasarlos al otro lado de la carretera o cuando deben alejar a los coyotes; estos últimos, sus principales enemigos.

Si todo va bien, emprenden la vuelta a casa a eso de las 15 o 16 horas, para que, con suerte, no les agarre la oscuridad.

¿Se toman días de descanso? Bueno, eso en el campo no existe. Así lo asegura Aracely, una niña de 11 años que pastorea cerca del mirador Juan Diéguez Olaverri. “Mi mamá dice que si uno está mal, pero no de gravedad, solo hay que tomarse una aspirina y ¡ya!, para afuera”.

¿Y si llueve? Tampoco importa; igual hay que salir.

Otra cosa que no les interesa es la vida en las ciudades.

—Usted, don Romaldo (Ramos), ¿ha ido a la capital?

—Pocas veces. No me gusta andar por allá. Si mucho voy al centro de Chiantla o a Huehuetenango para visitar al médico cuando me siento mal, pero, ¿la capital? ¿Para qué? Mucha bulla.

—¿Le gusta su trabajo?

—Sí; las ovejitas son obedientes. Además, aquí todo es tranquilo; en cambio, allá en la capital lo asaltan a uno.

—¿Descansa?

—Ahora cuando puedo, pero trabajo desde niño.

Don Romaldo tiene 83 años y pastorea en la aldea Agua Alegre, aunque también tiene otros trabajos. “Si no vienen los güiros, vengo yo. Hay que hacer algo de dinerito”, expresa.

Cuando le toca con las ovejas, está junto a ellas entre seis y ocho horas diarias, soportando un sol abrasador o un frío extremo. “Calorcito está haciendo hoy, por eso no me pongo el suéter”, manifiesta, pese a que el termómetro marcaba en ese momento 15°C.



Uno de los momentos más agitados para un pastor es cuando debe guiar a su rebaño en un cruce de carretera. Foto Prensa Libre: Roberto Villalobos Viato.
Uno de los momentos más agitados para un pastor es cuando debe guiar a su rebaño en un cruce de carretera. Foto Prensa Libre: Roberto Villalobos Viato.


Sin lana

Cuando se piensa en ovejas, se viene a la mente la lana y las prendas calientes que pueden confeccionarse con ese material. Sin embargo, su uso es escaso en tiempos actuales, ya que predomina lo  sintético y el algodón. “Hace bastantes años vendíamos a Q50 el quintal de lana; ahora solo pagan Q10. Por eso, si usted busca por acá, sería raro que encuentre a alguien que la venda. Ya nadie la quiere”, manifiesta don Romaldo.

Más adelante en la carretera, los pastorcillos coinciden. “Cuando era niña miraba que la vendían; ahora no”, comenta Cristina Rodríguez.

Unos cientos de metros más adelante pastorea Perfecta Alvarado: “Hemos dejado de ofrecerla en la plaza. Está muy barata y se gasta más en trasquilarlas. Ya no hacen suéteres ni ponchos así; antes era común que ese material se lo llevaran a Momostenango. Ahora la tiramos en un hoyo”.

Lo que sí emplean es el abono producido por los rebaños. “Es bastante bueno para los cultivos”, expresa.

Lo más duro

Las extensas planicies de los Cuchumatanes están llenas de paz y tranquilidad, perfectas para captar imágenes que brindan armónicas combinaciones de tonos ocres, pardos, grises y verdes, los cuales se conjugan con los nítidos cielos azules y su aire puro. Esto crea una atmósfera muy parecida a las rocosas montañas escocesas o irlandesas.

En el horizonte se ve a los pastorcillos y su vida sencilla, cuidando de su rebaño.

—Doña Perfecta, ¿usted se siente feliz con sus ovejitas?

Observa el paisaje  y sonríe.

—Sí, soy feliz. Las entiendo a todas; no solo es de andar atrás de ellas con un palo. Hay que saber si están bien, si necesitan algo. Hay que conocerlas. Yo miro a mis ovejas y las distingo a todas, ¡eh! Si usted agarra a una de ellas y la pone en otro establo, le puedo decir cuál es la mía —afirma.

Cualquier otra persona podría ver solo montoncitos de lana y escuchar una serie de balidos, así que no queda más que poner cara de incredulidad ante las palabras de doña Perfecta.

—Lo que hago me gusta pero, ¿quiere saber algo? —me pregunta.

—Dígame.

—Lo más duro de este oficio es la soledad.



A veces no queda más que asolearse. Foto Prensa Libre: Roberto Villalobos Viato.
A veces no queda más que asolearse. Foto Prensa Libre: Roberto Villalobos Viato.


Además

- Fundaeco calcula que en Chiantla, Todos Santos Cuchumatán y San Juan Ixcoy hay unas 10 mil familias que tienen rebaños con un promedio de 25 ovejas; algunos  superan las 400 cabezas.

- La piel se quema con las heladas del área; por eso, sus habitantes suelen tener las mejillas coloradas o un tanto negruzcas y agrietadas.

- Por esta época, la temperatura llega a los cero grados centígrados. En los siguientes meses, los campos se cubrirán con  escarcha.

- En esa zona convergen dos idiomas de origen maya: k’iche’ y awakateco.