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27/01/13 - 00:00 Revista D

Anécdotas de un profe

Mis padres fueron profesores. Obligaron a mis seis hermanos a estudiar magisterio. A mí, que era el mayor, no me forzaron, porque ingresé al Seminario Conciliar, donde estudié hasta 1966.

Ninguno de mis hermanos ejerce ni ha ejercido la docencia, porque no les gusta. Estudié posteriormente el PEM y la Licenciatura en Letras y Filosofía en la Universidad de San Carlos y en la Universidad Rafael Landívar, respectivamente.

En 1967 colapsó el hogar de mis papás. Mi madre me dijo que tendría que trabajar para ayudarla con el sostenimiento. La mayor de mis hermanas me comentó que había encontrado trabajo para mí. Necesitaban un profesor en el colegio donde ella estudiaba. Me presenté, y a los 17 años inicié mi sacerdocio docente.

He trabajado en 11 planteles privados, de los cuales nueve han sido de educación civil y dos de educación cívico-militar; uno público y cuatro universidades. Además, he trabajado para la educación “no formal” durante 22 años en Intecap.

He vivido diversidad de anécdotas, pero dos han sido muy significativas en el lapso de estos 45 años de vida docente.

En una cátedra de Lenguaje de la jornada nocturna, cuando escribía en el pizarrón, se escuchó un sonido estruendoso, como el de la explosión de un mortero. Volví la vista hacia los alumnos y nadie se dio por responsable de nada. Por ser el último período, acostumbraba a ponerme en la puerta del aula a despedir a los chicos. El último me comentó: “Profe, usted ni cuenta se dio que el alumno X lo estaba apuntando con una pistola; cuando accionó el gatillo, la bala se disparó al techo.

En otra cátedra, también de Lenguaje de la jornada nocturna, me concentré en la lectura de un libro de filosofía a la espera de que llegaran los alumnos, cuando entró uno agitadamente. “Profe, sólo usted me puede ayudar con esta necesidad mía. Y puso sobre la paleta del escritorio una pistola. “Dígame el nombre y dirección de algún enemigo suyo que usted quiera que yo le mate. Es que necesito Q50 ya”.

HERBERTH VINICIO CORONADO MARTíNEZ / D EL LECTOR

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