Revista D

¡Nos vamos con las rubias!

La cerveza carece de esas ínfulas aristocráticas, intelectuales o filosóficas que tiene el vino. Al contrario, solo recuerda tabernas y melopeas estruendosas. Conocer de vinos también se considera un atributo de distinción, pero saber de "birras" raya en la grosería. El bebedor de cerveza, además, se presenta como un individuo tosco que prefiere los placeres más adocenados e incultos que las delicias del espíritu.

El histórico recorrido de esta espumante y fría bebida.

El histórico recorrido de esta espumante y fría bebida.

Las botellas de vino, incluso, se consiguen en lugares donde reposan en estantes entre la penumbra y el aroma a vejez, mientras que las cervezas se consumen en sitios llenos de ruido. Peor aún, las cervecerías cuentan en su hoja de vida con el dudoso honor de servir, además de cuartel, de vivero de golpes de Estado, como el recordado y fallido putsch de Hitler en la década de 1920.

Pero esto poco o nada importa a quienes consumen las frías cervezas, cuyo poder incluye la capacidad de hermanar y de convertir en despreocupación —y aún en dicha— los avatares más amargos de la existencia. Así que bien vale la pena hacer un brindis por la cerveza, la sencilla, la popular.

Así nació

El ser humano elaboró cerveza antes que el mismísimo pan. O al menos así creen algunos investigadores.

Hace unos 10 mil años, la cebada silvestre era un alimento para los nómadas que se dedicaban a la recolección y la cacería. Estos dieron con la fórmula de manera accidental: alguien depositó la cebada en un recipiente, regresó a cazar, llovió, la cebada se humedeció y empezó a crecer. En eso, se produjeron azúcares. La lluvia continuó hasta llenar el recipiente. En ese punto habría ocurrido el milagro: la levadura silvestre convirtió los azúcares de la cebada en CO2 y alcohol. Días después, cuando el cazador regresó, habría encontrado un mejunje burbujeante.

Pero la mayoría de estudios ubica su origen en torno al 9000 a. C. y el 6000 a. C., cuando el humano se estableció en un solo lugar. En Medio Oriente muchos se convirtieron en agricultores y, así, se originó la civilización, en Mesopotamia.  Su principal cultivo era la cebada, no solo para elaborar pan, sino también cerveza. ¿La clave para que esta bebida evolucionara? La sensación de bienestar que produce.

En el 1800 a. C., los sumerios escribieron la Oda a Ninkasi, la diosa mesopotámica de la cerveza, la cual da la receta más antigua conocida de esa bebida. En un fragmento dice algo que podría traducirse de esta forma: “Ninkasi, tú eres quien derrama la cerveza filtrada de la vasija recolectora, que es como el cauce de los ríos Tigris y Éufrates”.

En la antigua civilización egipcia, asimismo, se consideraba un regalo de los dioses y pensaban que en la vida después de la muerte podrían seguir bebiendo cerveza. De hecho, existe una inscripción en una tumba que indica que, tras morir, cada uno obtendría mil jarras con ese líquido.

Para ellos también fue importante para la construcción de las pirámides, pues a cada esclavo se le daban cuatro litros de cerveza diarios, cuyo grado alcohólico era del 3 por ciento. Para la de Giza, por ejemplo, se calcula que se habrán necesitado 875 millones 999 mil 996 litros.

También se consideraba una fuente de alimentación básica; incluso los niños la bebían por la mañana, a manera de desayuno.

En la Antigua Grecia, Hipócrates (circa 460 a. C.), considerado el padre de la medicina moderna, dijo que la cerveza es “un calmante suave que apaga la sed, facilita la dicción y fortalece el corazón y las encías”.

Fue, sin embargo, durante la Europa Medieval que la cerveza cobró auge. En esa época, mucha gente evitaba beber agua, pues enfermaba y moría. ¿La razón? Ellos no lo sabían, pero estaba contaminada con la bacteria E. Coli.

Pero con la cerveza ocurría algo extraño: no pasaba nada. La explicación es que, al hervir el agua para producir esa bebida fermentada, se eliminaban los microorganismos. Así que, en ese entonces, era el líquido más seguro para beber y, para el siglo XVI se llegó a un consumo de 300 litros al año por persona.

…Y evolucionó

 Con el paso del tiempo, la cerveza llegó a tomar el sabor que hasta hoy conocemos.

Aparecieron muchos cerveceros, incluso famosos y populares presidentes de EE. UU., como George Washington, quien llegó a elaborar su propia cerveza; y Thomas Jefferson, quien impulsó el consumo en detrimento del whisky.

Benjamín Franklin —científico, inventor y uno de los padres fundadores de ese país— dijo cierta vez: “La cerveza es la prueba de que Dios nos ama y nos quiere ver felices”.

La revolución de Estados Unidos, iniciada el 16 de diciembre de 1773, se inició en la taberna Green Dragon, Boston. Allí tomaban una cerveza y conspiraban. Su independencia, lograda el 4 de julio de 1776, fue escrita en un bar de Filadelfia.

Pero la ciencia también ha crecido con esta bebida. Uno de los avances lo logró Luis Pasteur, inventor de la pasteurización, en 1850. Para ello, investigaba la cerveza, la primera bebida pasteurizada.

En sus análisis, descubrió que la cerveza  “estaba viva”, pues, entre la levadura había algo más pequeño nunca antes visto: bacterias. A partir de entonces, se supo de ellas y de cómo estas podían enfermar a los seres humanos. Antes de eso, se le achacaban las enfermedades a los vapores o a los malos espíritus.

Ese descubrimiento fue el punto de salida para crear vacunas.

Los sistemas de refrigeración actuales también se deben a la cerveza. La rubia —lager— fue la que lo cambió todo, pues necesita frío para su elaboración. Los inmigrantes alemanes Adolf Coors y Friedrich Miller, llegados a EE. UU., invirtieron grandes sumas de dinero para el desarrollo de esos sistemas. Para 1881, apareció la máquina de amoníaco, la cual permitía producir cerveza todo el año. De esa forma, la vida del ser humano cambió para siempre, ya que ahora, gracias a la industria cervecera, muchos hogares cuentan con refrigeradores para almacenar comida, y también se dispone de aire acondicionado y otros aparatos para conservar medicamentos, órganos y hasta helados.

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En Guatemala

A lo largo de la Colonia, la cerveza no fue un producto de gran consumo. Apenas se produjo, pues las bebidas alcohólicas preferidas eran el vino y, sobre todo, la chicha, un aguardiente obtenido de la caña de azúcar.

Hasta antes de 1875, la cerveza era fabricada con maíz. Por esos años a la fórmula le fue añadida la cebada y el trigo, que se cultivaban en el país, pero que no tenían la calidad necesaria para lograr una buena cerveza, debido al clima.

 “Si la cerveza llegara a fabricarse mejor que ahora, su consumo aumentaría progresivamente, y creemos que entonces se consumiría menos aguardiente, mas la cerveza debe ser de buena calidad, y no como ciertas cualidades, que por economía se fabrica con adición de mucha panela y en realidad no son sino caldos medio fermentados de chicha”. Así se consigna en una crónica de 1876, citada en el libro 125 años, editado por Cervecería Centro Americana.

En esa época ya había varias cervecerías instaladas, aunque bastante rudimentarias. Distribuían su producto en los barrios populares de La Parroquia, La Palmita y Jocotenango, entre otros. Esta cerveza tenía la particularidad de venderse en dos categorías: “con mosca” o “sin mosca”. La razón era que, por lo amargo de su sabor, los fabricantes dispusieron agregarle azúcar para hacerla más agradable. Pero este ingrediente, al desparramarse por la mesa de envasado, atraía a las moscas y muchas lograban introducirse en los envases. Este tipo de bebida, por su puesto, era vendida a menor precio. 

Fue hasta la década de 1880 cuando se empezó a producir cerveza con controles de calidad. De esa cuenta, en marzo de 1886, los hermanos Mariano y Rafael Castillo Córdova fundaron Cervecería Centro Americana, que empezó a operar en la 5a. avenida y 12 calle, zona 1 —actual edificio Herrera—. Luego, estuvo en la 4a. avenida y 19 calle, sector conocido como El Botellón y, por necesidades de espacio, se trasladó a la 7a. avenida número 46, entre 13 y 14 calles, donde permaneció hasta ubicarse en la finca El Zapote, donde hoy se encuentra.

El 15 de septiembre de 1929, esta cervecería dio uno de los pasos más importantes en su consolidación, luego de adquirir la Cervecería Nacional —fundada el 14 de noviembre de 1895 por Gustavo Kiene, en Quetzaltenango—. Esta era la fabricante de la Bock Bier, que traducida es cerveza Cabro. Esta marca aún se produce en la ciudad altense.

La cervecería creció a lo largo del siglo XX, con la introducción de varias marcas. En el 2003 ingresó un nuevo competidor, representado por la marca

Brahva, producida por Ambev Centroamérica. Hoy, esta compañía afirma tener el 30 por ciento de participación del mercado cervecero.

Disfrutar sin exceso

La gente va a los bares, ahí donde se sostiene un tarro de cerveza, se grita, se enamora, se escribe o se comparte. 

Así que, si de repente alguien está ilocalizable aún al utilizar Facebook, Twitter o Whatsapp, es porque se encuentra en la red social más grande del mundo: el bar, donde sus visitantes se sienten felices y tranquilos,  compartiendo con otros al ritmo del “clinc” de los tarros cerveceros. Lo importante, eso sí, es beberla sin excederse.

El oro belga

La cerveza fue considerada “oro líquido”, y la Iglesia medieval la aprovechó, en específico los monjes cistercienses de la orden trapense de Bélgica. Aunque tenían prohibido el consumo de bebidas alcohólicas, una reforma de la orden lo permitió en caso de que el agua de los manantiales estuviera envenenada o fuera insegura. Los monjes se pusieron manos a la obra e hicieron auténticas maravillas. Mucho tiempo después (1838) fundaron  una cervecería y crearon la Westvleteren 12, fuerte y oscura, la cual hoy se consigue a US$10.70 la botella.

Hasta ahora, Bélgica  sigue siendo una potencia cervecera global. En ese país, según el último censo, existen mil 313 variedades de cervezas  de todos los colores, olores y sabores.

En la salud

Su consumo moderado —dos vasos diarios para los hombres y uno para las mujeres— brinda beneficios a la salud, ya que contiene polifenoles y antioxidantes naturales que son los responsables de combatir enfermedades cardiovasculares. 

Favorece la reducción de los fenómenos oxidativos, ejerce beneficios en el sistema inmunitario y en la salud ósea.

Las cervezas claras sin alcohol, según estudios científicos, favorecen la producción de leche materna.

Es diurética, pues tiene un bajo contenido de sodio y una considerada cantidad de potasio, y favorece la diuresis, que facilita el tránsito urinario.

Abre el apetito, porque promueve la secreción de jugos gástricos y facilita la digestión.

Los efectos por el consumo excesivo de cerveza son varios, entre ellos la obesidad y el empeoramiento del sistema inmunológico. También daña el hígado, cuyo deterioro es irreversible. Expertos recomiendan que personas con enfermedades hepáticas, renales o cardiovasculares no la beban.

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