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13/01/13 - 00:00 Revista D

Memorias de un muralista

El maestro en arte Víctor Manuel Aragón Castellanos no puede evitar sentir nostalgia cuando observa cada uno de los murales del Salón del Pueblo del Congreso de la República. No es para menos, representan una de sus máximas obras, creadas en los mejores años de su juventud.

POR ANA LUCíA GONZáLEZ D FRENTE

Aragón Castellanos, junto con Juan de Dios González y Miguel Ángel Ceballos Milián son los autores de estas pinturas que fueron concluidas en 1952, por encargo del entonces presidente del Congreso, Julio Estrada de la Hoz.

Los frescos, una de las mejores cartas de presentación del Congreso para los visitantes, plasman algunos de los pasajes más importantes en la historia del país: la Conquista y colonización, la Independencia, la Reforma Liberal y, el de mayor dimensión, la Revolución de 1944.

Aragón restauró los murales en 1992, pero han vuelto a deteriorarse. La principal causa del daño son las filtraciones de agua en la terraza del edificio, problema que se repite en varias oficinas del Legislativo, explica.

Aragón Castellanos, de 84 años, ya presentó una cotización para reparar la obra. Mientras el Congreso decide, el maestro continúa activo, con gran sencillez, buen humor y rodeado del cariño de su familia.

En la terraza de su casa en la zona 6, Meme Aragón, como se le conoce, todavía conserva una colección de las paletas con las que pintaba, incluso la que utilizó para los murales del Congreso. En la sala, pintó un mural, Hunapú, así como varios paisajes que se observan en los distintos ambientes. Los recuerdos y el ánimo por los nuevos proyectos mantienen vivo el espíritu del maestro Aragón.

¿Cómo nació su interés por la pintura?

Aunque nací en Santa Lucía Milpas Altas, Sacatepéquez, viví en Antigua Guatemala, en una vivienda que está justo en la entrada. Tendría unos 12 años cuando nos venimos para la capital.

Sobre mi interés, son cosas que tal vez alguien observó. Un día, un primo me dijo: “Te voy a inscribir en la Escuela de Artes Plásticas”.

Y luego, a usted le gustó.

Me aficioné, y estudié allí por unos 10 años. En ese entonces no había programas definidos sino cursos, como Dibujo Natural, Anatomía y Perspectiva.

¿A qué maestros recuerda?

Enrique Acuña, Rafael Gamero, Óscar González Goyri. Después llegué a impartir clases, y me hice maestro en Artes Plásticas.

Como compañeros, tengo presentes a Roberto Cabrera, Juan de Dios González y Élmar Rojas.

¿Cómo surgió la idea de los murales en el Congreso?

Antes, ese espacio era una especie de bodega. El entonces presidente del Congreso, Julio Estrada de la Hoz, tuvo la idea de instalar una biblioteca. Por la altura de los muros se dieron cuenta de que plasmar unos murales sería interesante. Entonces pensaron: ¿A quién contratamos? Para esa fecha ya habían regresado del exterior varios artistas becados. Pero De la Hoz dijo que quería gente joven. Fueron a la Escuela, y pidió al director que le recomendara jóvenes estudiantes con experiencia. De allí salió el grupo, y nos dieron varios lineamientos.

Uno de sus maestros fue el grabador mexicano Arturo García Bustos. ¿Considera que hay influencia de los muralistas mexicanos?

De ninguno de ellos. Los temas son similares, sobre todo la Revolución. Ese es el parecido que hay, pero de ahí no hay otro vínculo. No tuve contacto con ellos más que por los textos de arte.

¿Cómo se repartieron el trabajo?

Es un detalle importante, porque no queríamos individualizar cada una de las pinturas. Cada lienzo fue hecho entre los tres, para que no hubiera diferencia de estilos o color, sino que fuera unificado.

¿No hubo conflicto?

Nos pusimos de acuerdo y unimos criterios. Para llevar a cabo los proyectos en los tamaños requeridos, estilizamos algunas figuras. Yo hice las figuras humanas, Juan de Dios tenía su habilidad en colores y fondos, y Ceballos en el físico, los rostros. Siempre nos criticábamos entre los tres para trabajar en armonía. No tuvimos conflictos.

¿Cómo fue el resto del proceso?

Los bocetos del proyecto los trabajamos durante el primer año, y al siguiente —1952— pintamos los muros. Todo el dibujo primario no se nota, pero tiene cierta composición lineal; fue para que todo llevara un orden.

Mientras terminábamos el trabajo, ya se escuchaba que Carlos Castillo Armas ingresaba por el oriente del país. Nos dijeron: “Apúrense, porque pueden tener problemas”. Concluimos y no quisimos firmarlos. Hasta cuando restauré los murales escribí los nombres de los tres que hicimos el trabajo. Juan de Dios y Miguel Ángel, quienes todavía están vivos, ya no participaron, por sus respectivas ocupaciones.

¿Qué recuerda de los años revolucionarios?

Hubo un grupo en la Escuela que más bien apoyaba a los otros revolucionarios, como el grupo Sakerti. Pero no me involucré demasiado. Recuerdo que una vez fuimos a manifestar y en el parque había soldados, hubo disparos y nos tuvimos que esconder en el Portal del Comercio… —Yo— no era para eso.

Recuerdo también que en la Escuela había una prensa donde se imprimían volantes y dibujos. Tan pronto se acabó la Revolución, la clausuraron.

¿Qué obra creó después?

Nos dispersamos todos, porque empezaron a buscar a los comunistas y nos tacharon de serlo. Debimos destruir los bocetos de los murales. Incluso para conseguir trabajo, pues decían que pertenecíamos al Sakerti. No dejé de pintar, pero conseguí trabajo en el Instituto Geográfico.

¿Qué hacía en ese lugar?

Trabaje allí durante 36 años. Me hice cartógrafo. Entré de dibujante, y para esa época Estados Unidos subvencionaba la elaboración de mapas que no fueran turísticos. Entonces, el director del Instituto —antes se llamaba Dirección General de Cartografía— tramitaba fondos para ampliar el presupuesto, y en el Congreso le preguntaban: ¿Y dónde están los mapas? Ofreció llevarlos, y me tocó recorrer durante casi un año todo el país, identificando hasta los caminos vecinales, y así se pudo mostrar el mapa en el Congreso. Llegué a ser jefe de Cartografía y Fotografía.

¿Continuó su trabajo artístico?

No dejé de hacerlo. En la Escuela impartí clases por 16 años; entre semana por las noches y los sábados en la mañana. Hace poco bautizaron unas aulas con los nombres de los tres maestros. Fue allí donde di clases de Dibujo, Desnudo, Figura Humana, Paisaje. También fui cofundador de la escuela del Cerrito del Carmen, junto con Max Saravia.

¿Cuáles son sus mayores satisfacciones?

Mi primer premio es mi familia. Tuve cuatro hijos, todos profesionales. Gané un premio —1952— por un afiche que elaboré en tiempos de la reforma agraria y, además, otros reconocimientos. También participé en varias exposiciones colectivas.

¿Cuál es su consejo para cultivar el gusto por las artes?

Un niño desde pequeño hace trazos. Si el papá o maestro lo puede guiar, él se va a ir desarrollando. El menor puede tener mucha sensibilidad, pero si no tiene quién lo oriente, puede perder la motivación. Todos traen algo. Si los papás se ocupan de esos detalles, magnífico.

¿Qué opinión le merece el muralismo actual?

Es una oportunidad para los artistas de expresarse, y no solo en las galerías. El mural tiene que tener una intención para el entorno, y su fin principal es que sea accesible al público.

¿Ve promesas entre los artistas jóvenes?

Interesante, porque ahora no solo las facultades, también hay colegios que han tomado en serio la actividad artística. Hay más galerías de arte y observo un movimiento más intenso en la plástica. Aprecio el trabajo de Marvin Olivares y César Cartagena.

¿Los artistas ya viven de su obra?

Todavía no se ha llegado a ese punto. Los que viven de eso son los profesionales, y para llegar a esa escala se necesita una trayectoria. Por eso los jóvenes tienen que luchar mucho. Las universidades han abierto nuevas carreras, y eso es positivo para el arte.

¿Cómo ve ahora la Escuela?

Según me cuentan, está desatendida. Entiendo que por falta de recursos económicos para funcionar.

¿Le tocó estudiar en la época de oro?

Posiblemente sí. Cuando uno es estudiante, está entusiasmado en todo, pero reconozco que tuve buenos profesores, que me estimularon a crecer.

PERFIL

En 1952 obtuvo el primer premio en afiches de la reforma agraria.

En 1968 diseñó el actual Escudo Nacional y definió el azul celeste de la bandera por encargo del presidente.

Participó por más de seis años en la ilustración de la Historia General de Guatemala, Historia Popular de Guatemala y Diccionario Biográfico del
país.


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