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Prensa Libre

14/07/13 - 00:00 Revista D

Jorge Solares: Nadie es ajeno a una ideología

En una de las tranquilas calles de la Ciudad de Guatemala, entre la iglesia La Merced y el Cerrito del Carmen, nació Jorge Solares. Apenas tenía 5 años, cuando la Ciudad se conmocionó por la Revolución de Octubre de 1944, por lo que solo tiene memoria de gente corriendo con gran euforia. Pero años más tarde supo que eran estudiantes y maestros que se aprestaban para formar la Guardia Cívica que sustituiría a la Policía represiva de aquel entonces.

Con ávido interés hacia las ciencias sociales, creció leyendo libros de Historia, pero al verse en la encrucijada sobre qué estudiar en la universidad, se decidió por Odontología. En esa Facultad, de la Universidad de San Carlos (Usac), encontró un fuerte rigor técnico que le daría herramientas que le servirían en el área investigativa. Se graduó (1967) a pesar de que persistían en él grandes dudas sobre su entorno que seguían sin resolverse.

La Historia y la Sociología, que fueron un pasatiempo durante su preparación universitaria, empezaron a perfilar el camino hacia las respuestas que tanto buscaba. Con el apoyo de su esposa, decidió seguir su instinto y empezó a estudiar en la Facultad de Humanidades. Eligió Antropología Social, pues el conocimiento de la diversidad étnica siempre le llamó la atención. Allí conoció a Joaquín Noval, un antropólogo que tuvo un papel preponderante en la formación de su pensamiento crítico. “Aprendí a discernir las grandes contrariedades étnicas a partir de las cuales he formulado la premisa de que los problemas sociales tienen su base en el asunto étnico”, indica.

Entre los profesores con los que tuvo la fortuna de estudiar recuerda a varios, que con distinta posición ideológica y cultural estimularon su activo cerebro a reflexionar sobre la realidad, entre ellos Severo Martínez Peláez, Salvador Aguado Andreut, José Mata Gavidia y Amador Pereira, español republicano refugiado en Guatemala.

Luego optó por una beca sobre nutrición en el Instituto de Nutrición de Centro América y Panamá (Incap), lo que considera como el broche final de su formación académica e inició su etapa de docencia en la Usac. En 1974, cuando hubo un cisma en la Facultad de Humanidades debido a que se desligaron de ella los departamentos de Antropología, Historia y Arqueología, fue nombrado director de Antropología.

Luego de desempeñar esta función, decidió viajar a Inglaterra para estudiar más a profundidad el tema social y obtuvo una maestría en Antropología Social. En 1983, regresó y se sorprendió al encarar una Guatemala bastante distinta. “El país había sido pulverizado por el conflicto armado interno. Encontré que no estaba listo para proponer las ideas que podrían resolver los problemas sociales. Mi conclusión fue que uno es un eterno aprendiz”, afirma. A continuación la síntesis de una entrevista con el académico.

¿Cómo asumió la situación de la sociedad y en especial de los grupos indígenas a su regreso de Inglaterra?

En mi perspectiva personal, la dimensión política de la etnicidad siempre ha sido medular en nuestros conflictos sociales, es decir, las relaciones de poder sobre los recursos naturales y sociales. Ese grupo de la población guatemalteca representa el 50 por ciento del total, considero que lo cultural es aleatorio, aunque incidente. Es necesario ver que esta es una experiencia que ya se ha vivido en países como Afganistán, Pakistán y Noruega. Un ejemplo claro es el pueblo sami, que luego de mucha resistencia, ha logrado conservar su idioma, cultura e identidad, gracias al respeto, investigación y conservación de su cultura. Lo importante es lograr condiciones de justicia y equidad social en busca de un desarrollo integral, que no es lo mismo al desarrollo económico. Toda la gente desea ser feliz, y eso es lo que trae la equidad social.

¿Qué otros proyectos desarrolló fuera de la academia?

En 1987 me incorporé a un grupo de cuatro profesionales quienes fundaron la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), junto al señor Guillermo Pedroni, Juan Luis Pérez Sáinz, Marta Elena Salguero, la cual estaba en un espacio bastante reducido enfrente al centro comercial Montúfar, zona 9. Además colaboré con Inforpress, tiempo durante el cual compartí muy de cerca con Myrna Mack y Édgar Gutiérrez. Tuvimos la idea de investigar los problemas sociales o retomar lo ya escrito y difundirlo de manera crítica con los jóvenes. La idea se concretó en lo que hoy es Avancso.

¿En algún momento se consideró más activista que académico?

Nadie es ajeno a una ideología, sea cual sea, desde que hay una conciencia, hay una tendencia. Aunque no me considero combatiente, siempre estuve al tanto de la situación del país. Para mí la Revolución de Octubre fue un acontecimiento sin parangón hasta hoy. En 1995 me involucré en la repatriación de los restos del presidente Jacobo Árbenz. Mi labor fue conversar con la viuda, doña María Cristina Villanova. Fue uno de los actos más bellos que he visto, una apoteosis. Recuerdo bien que el protocolo indicaba que luego de la velación, los cadetes de la Escuela Politécnica debían llevar los restos hasta el Musac, a las seis de la tarde, pero los estudiantes de la Usac lo tomaron en hombros y lo llevaron al Pasaje Rubio, donde fue asesinado Oliverio Castañeda, antes de recibir el doctorado Honoris Causa de esta casa de estudios. Al día siguiente, a media mañana, de nuevo a los cadetes les correspondía trasladarlo al Cementerio General, pero las fuerzas populares se opusieron. Algunos sindicalistas nos consultaron porque el conflicto estaba desatándose. La decisión final fue de doña María, quien luego de un momento de reflexión respondió: “Que lo saque el pueblo, eso habría querido Jacobo”. Ese fue un momento de catarsis para el pueblo, aunque fugaz.

¿Qué hecho considera como el más resaltante en su etapa como docente?

Impartí clases en unas 10 unidades hasta 1998, cuando me jubilé. Pero fue en 1992 cuando tuve el honor de integrar el Consejo Superior Universitario en una época en la que la gente todavía creía en la institución. De las ideas que ya había madurado, pero con algunas variaciones, se logró la conformación del Instituto de Estudios Interétnicos, gracias a que tenía las herramientas académicas a la mano. Esta es la única institución que se dedica enteramente al estudio étnico, con el apoyo de Alfonso Fuentes Soria y los votos del Consejo fui su primer director. El proyecto se logró gracias al patrocinio de la Universidad de Tromso, Noruega, la única escuela superior que está en el pueblo indígena sami. En 1998 competí por la Rectoría. Mis alternativas eran simples, si lograba ganar la elección me dedicaría cuatro años más a la academia, de lo contrario, me retiraría, y como no se consiguió la meta, me jubilé de la Usac. Pero además, estuve varios años ejerciendo la docencia en la Universidad Landívar, hasta el 2006.

En el marco de los acuerdos de paz, el movimiento indígena logró que se reconocieran su derechos. ¿Cuál fue su percepción de ese proceso?

El movimiento tuvo momentos destacados, especialmente durante la década de 1970, cuando se dieron varios levantamientos plenamente indígenas, sobre todo de campesinos, como la paralización de la Costa Sur, en tiempos de Romeo Lucas García, y la toma de Nebaj, en 1979; sin embargo, fueron grupos aislados. El proceso de los acuerdos de paz, que tuvo un pináculo importante con el nombramiento de Rigoberta Menchú como Premio Nobel de la Paz en 1992, en mi discernimiento particular, no fue del todo beneficioso para ese grupo, pues se perdió el espacio que habían ganado y el movimiento dejó de crecer. Lo anterior deja una diferenciación de dos partes dentro de esta colectividad: por un lado, los académicos y, por otro, las grandes masas. Este divorcio ha causado la merma de resultados positivos. Al investigar sobre el hecho, en el 2004 encontré informes de Minugua que indican que a esa fecha se había cumplido de 12 a 15 por ciento de los acuerdos, que esa institución señaló como insuficiente, y por eso los grandes problemas que le aquejan siguen sin solución.

¿Cuál es su opinión sobre la organización política indígena actual?

Comparando con otros países como Bolivia, que ha logrado colocar un equipo de gobierno indígena, podríamos plantearnos la pregunta: ¿qué es lo que ha hecho falta en Guatemala?, y no dudo que ha sido la capacidad política, que es la clave del fenómeno étnico, por supuesto acicalada con su rica cultura. No comparto el epíteto de interculturalidad, porque lo considero un retraso de décadas, ya que lo cultural es un indicador de lo político solamente. También se podría poner como excusa la fragmentación que sufren los pueblos indígenas; sin embargo, qué cosa en este país no está fragmentada. Considero que esto es un fenómeno más nacional que étnico, por lo que tampoco es una razón válida. La derecha podría señalar la intervención de otros países, pero debemos percatarnos de que no solo en la política existe esta intervención, también en lo económico y lo cultural, así que una razón como esta solo les hace caer en la polarización de su postura.

¿Considera que el problema es una cuestión de desorganización?

El movimiento maya tiene muchas posibilidades, pero requiere de encaminarse continuamente. La mayoría partimos de dos pensamientos erróneos: la lucha se gana, todo o nada, y se logra ahora o nunca, pero la historia ha demostrado que la mayoría de veces se logran avances parciales. Por ejemplo, el movimiento de Conavigua, que logró con base en una magnífica energía de las mujeres, el inicio de la apertura a hablar, de expresarse y demandar sus derechos, lo que más tarde redundó en la Defensoría de la Mujer Indígena y la ascensión de algunos sectores intelectuales. No debemos olvidarnos que de la década de 1980 para acá sí hemos logrado avances en áreas grises. El pueblo maya está resurgiendo, pero requiere de acuerdos entre la intelectualidad y la población para lograr los espacios que merecen.

PERFIL

Licenciado en Odontología por la Usac

Licenciado en Historia con Énfasis en Antropología Social, Usac.

Profesor de Enseñanza Media en Historia y Estudios Sociales, Usac.

Maestría en Antropología Social, Universidad de Durham, Inglaterra.

Maestría en Salud Pública y Nutrición, Inc ap-Usac.

POR ISABEL DíAZ SABáN / D FRENTE

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