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17/03/13 - 00:00 Revista D

Traidores de la historia

Traición: Defraudar la confianza depositada. Violación de la fidelidad o lealtad. Delito que se comete contra la Patria o contra el Estado en servicio del enemigo alevosamente faltando a la lealtad. Así la define el Diccionario. Un delito gravísimo que el mismo Dante situó en los últimos círculos del Infierno y cuyo pago era la muerte y el mayor de los desprecios. Sin embargo, el concepto de traición es algo ambiguo, y las razones para utilizarlo, muy variadas.

“Es una herramienta que se aplica para conseguir una pasión personal, ya sea de poder, económica, amorosa...”, explica el escritor Pedro Pablo G. May, autor de Las traiciones que hicieron historia, donde lleva a cabo un minucioso repaso por los grandes traidores —sin contar con la religión ni la mitología— a lo largo de la historia.

Sin embargo, está claro que Judas Iscariote, apóstol de Jesucristo, sigue siendo hoy, 21 siglos después, el símbolo de la infidelidad, algo que se cuestionó cuando en el 2006 se anunció la autenticidad de su evangelio, en el que se cuestionan las razones de su acto, pasando a convertirlo de traidor a mártir.

Uno de los casos más curiosos en la historia de la deslealtad es el griego Eróstroto, quien quemó el Templo de Afrodita solo para que su nombre fuera reconocido y pasara a la posteridad. Y así fue, de ahí que la enfermedad que supone seguir su estela, esto es, hacer una barbaridad para ser famoso, se conoce como “erostratismo”.

Pocos recordaban al intrigante griego Esfialtes, hasta que la superproduccción 300 lo llevó al estrellato cuando los espectadores vieron cómo el Ejército de Esparta caía en la batalla de las Termópilas después de que Esfialtes ejerciera su deslealtad ante el rey de los persas.

Traidores traicionados

Cada época de la historia es rica en delatores, pero “es difícil juzgar las traiciones de poder en algunos momentos, ya que casi todos los que han ocupado el poder, en algún momento, han traicionado a alguien para obtenerlo”, apunta G. May.

Es el caso de Julio César, considerado víctima de una de las conspiraciones más populares de la historia, con frase incluida: “¡Bruto. Tú también hijo mío!”. Si bien es cierta su muerte a traición, también es verdad que en su ascenso al poder había traicionado a otros.

O Napoleón, durante un tiempo considerado desleal por haberse alzado contra los últimos retazos de los principios revolucionarios para construir un imperio. Hoy, siglos más tarde, nadie se fija en ese detalle, sino que destaca su figura como gran estratega, militar y emperador.

Las revoluciones hispanoamericanas estuvieron cuajadas de este tipo de ingratitudes, como la que acabó con la vida del líder de la revolución mexicana Emiliano Zapata, arrinconado en la hacienda de un general que le hizo creer que su guardia iba a rendirle armas, cuando realmente se convirtió en su pelotón de ejecución.

Entre los grandes traidores políticos figura el mariscal Pétain, líder de la lucha del ejército francés contra los nazis, a quienes había vencido en algunas batallas.

Cuando la Francia recién ocupada por Alemania dejó el país en manos de Pétain, para sorpresa de todos, el general puso a Francia en manos de los nazis, dividiendo así la nación en dos: la colaboracionista y la que luchaba por la resistencia.

Otro ejemplo de la ambigüedad política es la de Francisco Franco, general traidor a la República española primero, héroe de guerra y generalísimo durante los 40 años siguientes y, desde entonces, dictador político.

Todas las épocas son ricas en intrigas, pero G. May tiene claro que la sociedad actual es la más proclive a la traición, ya que “hoy no existen traidores individualizados”.

EFE-Reportajes

POR MERCEDES CERVIÑO / D MUNDO

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