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27/01/13 - 00:00 Revista D

El techo de Europa

Poder llegar a este lugar inigualable es obra de un industrial suizo, Adolf Guyer-Zeller, quien en 1893 tuvo la idea de llevar el tren hasta esta cota mientras caminaba un domingo de agosto por la montaña, acompañado de su hija, según cuenta la leyenda.

POR FERNANDO PUCHOL D VIAJES

Seis meses después, Guyer-Zeller presentaba un borrador de su idea al Consejo Federal (Gobierno) de Suiza, que consistía en excavar en la montaña un túnel que permitiera llevar un tren cremallera hasta este punto en el plazo de cuatro años.

El proyecto fue aprobado y puesto en marcha en un momento de euforia industrializadora en toda Europa —el tren es contemporáneo de la torre Eiffel— y de fascinación colectiva de los suizos por la red ferroviaria, un espíritu que persiste en el país más montañoso de Europa.

El resultado, inaugurado en agosto de 1912, fue el segundo tren cremallera más alto del mundo, por detrás del Pike's Pike estadounidense, que sube hasta los cuatro mil 302 metros de altura, y el que más distancia recorre por el interior de un túnel —siete mil 300 metros—.

Urs Kessler, consejero delegado de Jungfrau Railway, afirma que justo cien años después de que entró en funcionamiento, sería impensable un proyecto de esas características.

A bordo de uno de los trenes que tardan algo más de dos horas en unir la localidad de Interlaken con Jungfraujoch, Kessler explica con pasión que esta vía ferroviaria “es una obra maestra incomparable, porque se adelantó a su tiempo y porque actualmente sería inconcebible”.

“No solo por el dinero. Nadie se metería hoy en una aventura financieramente tan costosa. Física y técnicamente podríamos llegar hasta la cima del Jungfrau —cuatro mil 158 metros—, pero sería imposible lograr los permisos legales, dada la influencia actual de los movimientos ecologistas”, dice Kessler.

Patrimonio natural

Además, la zona fue declarada patrimonio natural por la Unesco en el 2001, por lo que está prohibido construir más.

El túnel por el que sube este tren, en el que resulta difícil mantener el equilibrio en los momentos de mayor pendiente, sigue siendo el mismo que cavó con picos, palas y dinamita un grupo de obreros italianos, mano de obra barata que trabajó en condiciones extremadamente penosas y que dejó su sangre en el lugar.

Treinta de ellos murieron durante los 16 años que finalmente tardó abrir esta vía, que hoy da trabajo a 630 personas y genera ingresos anuales de unos €150 millones.

El lugar se ha convertido en uno de los lugares de parada obligatoria para cientos de miles de asiáticos que anualmente visitan Suiza, por lo general en el marco de viajes organizados por todo el continente.


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