Desde hace tres décadas, el antropólogo y etnomusicólogo Alfonso Arrivillaga se dedica a estudiar la música de los pueblos maya y garífuna. Se adentra en el corazón de las comunidades recónditas donde la escucha, la interpreta, la graba y la baila. De esa cuenta ha documentando unas 250 horas de música “grabada en el terreno” y desde hace tres años baila la danza ritual garífuna hüngühüngü o hüngühüledi (el latido del corazón).
Sus conocimientos de etnomúsica le han permitido publicar una considerable cantidad de artículos en medios de comunicación de México, Venezuela, Colombia y España. Además, en su haber cuenta con tres libros especializados en el tema y, junto a otros expertos de Latinoamérica, ha editado compendios a escala continental. También ha producido varios discos sobre “las músicas de Guatemala”. Es creador de la Serie de músicos populares y tradicionales de Guatemala, quiché de Totonicapán, qeqchí de Alta Verapaz, garífuna de Izabal —reeditado en Bélgica— y mestizos, itzaes y mopanes de Petén.
Todo su conocimiento lo debe a sus estudios en el Conservatorio Nacional de Música y en el Instituto Interamericano de Etnomusicología y Folclor, en Venezuela, así como sus investigaciones de campo por medio del Centro de Estudios Folclóricos (Cefol), de la Universidad de San Carlos, y en la actualidad, en la Dirección General de Investigación de esa casa de estudios superiores.
“Mi mandato ha sido recopilar la música popular y tradicional in situ. Trabajo en el campo y registro todo tipo de expresiones musicales en contextos festivos, rituales, lúdicos y, por supuesto, hago el trabajo de archivo con las fuentes registrando todos estos acervos... ahí se me han ido estos 30 años”, relata Arrivillaga.
“Yo diría que somos muchas Guatemalas dentro de una sola, lo digo desde la perspectiva de las culturas y sus tradiciones”, expresa.
En tres décadas de estudiar etnomúsica ¿cuál ha sido el aspecto que más lo ha sorprendido?
La resistencia en el mundo maya de abandonar ciertas expresiones musicales rituales, pese al bombardeo constante, masivo y cotidiano de otras formas de música a través de los mass media (medios de comunicación masiva). Las investigadoras Henrietta Yurchenco, en 1945, y Liseth Paret–Limardo de Vela, en la década de 1960, dieron a conocer estudios de la música en Guatemala en los que ponían la voz de alerta en el sentido de que la música ranchera, a través de la radio, invadía y presionaba a las expresiones culturales nacionales; sin embargo, yo percibo que ha habido una permanencia dinámica en el sentido de que se conservan ciertos matices y formas sonoras. En pocas palabras, permanencia y resistencia son los elementos que caracterizan a las poblaciones mayas y garífuna.
Pero la penetración de los medios de comunicación y las migraciones han incidido en alguna medida.
Es una sensación, especialmente en la juventud, pero esta misma busca estar en concordancia con las modas, pero posteriormente el mismo ámbito de la comunidad la reencauza o los muchachos mismos, al ir madurando, van encontrando un nicho de resistencia. También hay que tomar en cuenta que este mismo occidente, para ponerle un nombre a este mundo de los mass media, y la modernidad también se ha agotado y necesita refrescar los sonidos a través de nueva música como la de word music —género que integra la música tradicional folclórica, popular, étnica y otras del mundo— y new age —género creado por diferentes estilos y cuyo objetivo es crear inspiración artística, relajación y optimismo—, y curiosamente lo han encontrado en lo étnico. En el mundo garífuna, por ejemplo, Andy Palacios fue un excelente joven músico que falleció a temprana edad y que en la década de 1990 ganó el premio Wordmex en Sevilla, España, el cual se le otorga a la música del mundo. También fue nombrado embajador de la paz y buena voluntad por la Unesco, por su discurso sonoro y muy refrescante. En la actualidad, Aurelio Martínez, de Honduras, continúa este trabajo y empieza a cantar en África.
Los garífunas le apuestan a la modernidad, a lo nuevo, a lo heterogéneo, pero sin perder sus raíces, mientras que los pueblos indígenas apuestan a lo tradicional, a lo homogéneo.
A los garífunas se les identifica con la punta, pero, ¿cuál es su música autóctona?
La de los rituales de los ancestros hüngühüngü o hüngühüledi (el latido del corazón). En el mundo garífuna también sería la música de la parranda, con guitarrita y percusión liviana, con botellas, chinchines, claves y un canto. Aparte de ello está el universo de los tambores y los ritmos como la chumba, el sanbei, yankunú o wanaragua, que es un baile guerrero. En este ultimo los danzantes no son espontáneos porque se baila con traje y se ensaya previamente, mientras que en la chumba, punta y sanbei cualquiera se suma al baile espontáneamente. La punta es para occidente un baile morboso, debido a sus movimientos, lo cual llama mucho la atención, por nuestra sexualidad reprimida, pero en realidad es una danza de fertilidad que se baila en la novena de los muertos.
¿Qué instrumentos se mantienen vigentes?
Todas las culturas, como los griegos, los africanos, los chinos, entre otras, siempre fabricaron silbatos, pitos de barro o guilos —como les llaman los achís—, que son los instrumentos que desde el período precolombino permanecen en contextos rituales. En muchas de las grandes urnas funerarias se han encontrado flautas, pero fundamentalmente silbatos.
He detectado en la región de Los Cuchumatanes, en el área de los qanjobales, incluidos también los poptí, que en los rituales del 1 de noviembre siempre se sacrifican pitos de barro, o sea que no solo está la permanencia del instrumento, sino también sus significaciones.
La chirimía, la marimba, las quijadas de burro, las zambombas, han ido reduciendo sus ámbitos de expresión.
Cuando empecé a trabajar en el campo escuchaba la quijada de burro para acompañar algunas expresiones musicales. Hoy sólo la veo en los bailes de Diablo, en Ciudad Vieja, Antigua Guatemala, y Palín, Escuintla. También los acordeones, que tuvieron auge durante los siglos XIX y principios del XX, veo que han disminuido.
Yo diría que tienden a desaparecer todas aquellas formas musicales que se establecían en el ámbito de lo lúdico y recreativo, mientras que las expresiones musicales ubicadas dentro de lo ritual, la cosmovisión, como las flautas de caña (aj xul), los silbatos de barro, los tambores y la chirimía no, porque están en el contexto de los bailes de Conquista.
De lo precolombino, ¿qué ha sobrevivido?
Fundamentalmente los silbatos de barro, con representaciones antropomórficas, fitomórficas y zoomorfas, que hoy vemos incluso en el mundo ladino, en celebraciones como las posadas y en las ferias, y que son fabricados en Totonicapán desde el periodo precolombino, y también en Rabinal, Baja Verapaz, en alguna manera. Las flautas, que también se conocen como pitos, son elaboradas con caña. En la actualidad también es empleada por los músicos ladinos porque son instrumentos más versátiles.
Dentro de este proceso de ponderamiento del mundo maya también están las trompetas de caracol, que algunas veces vemos en los rituales. Así como algunos raspadores, que antes se fabricaban con huesos, hoy se hacen de madera.
¿En qué departamentos existen las expresiones musicales más antiguas?
Es una pregunta difícil y compleja. A mí me ha sorprendido, particularmente, la de los qanjobales, chujes, akatekos, jakaltekos y aún los mames —Huehuetenango—, los cantos polifónicos cuando trabajan. Por ejemplo, cuando llevan a cabo la siembra o la mujer hace los oficios domésticos. En Guatemala hemos crecido con la idea de que el maya no canta, que su mundo fundamentalmente es instrumental, y es porque ellos se presentan con versiones de carácter instrumental con los pitos, los tambores, la chirimía, la marimba, violines y guitarras, pero cuando se ingresa a ese universo y se vive en las comunidades uno se da cuenta de que la mujer canta cuando está torteando, hace siseos, aunque, por supuesto, para ellos no son cantos, porque la música es construcción de occidente.
La madre, cuando arrulla, también está en el proceso de cantilación porque plantea otras sonoridades. Cuando uno escucha los rezos entre los qeqchíes, por ejemplo, se asombra, porque va entendiendo que para nuestros oídos los rezos son posibilidades sonoras.
¿La chirimía y el tun son instrumentos nacionales?
Solemos confundir la chirimía con la flauta de caña, y el tun, con el tambor de dos parches. En el área quiché se llama a estos tambores tun, y el origen de los instrumentos de este dueto es foráneo. La chirimía, por su sonoridad, ganó rápidamente un espacio en el universo musical maya, y los tambores pasaron a suplir los de morfología indígena, que eran de un solo parche. Ganaron un espacio importante en el mundo de las significaciones danzarias con el baile de moros y rituales en las estructuras de las cofradías.
Es decir que no nos estamos refiriendo al aj xul y al tronco ahuecado con una incisión en forma de “H” en una de sus caras que los cronistas coloniales mencionan como tun o teponaguastle y que hoy se conoce como tunkul o akte entre los poptíes, y que por su origen podríamos considerar “nacionales“, y digo esto último entre comillas porque considero, al igual que Eric Hobsbawm. que mucho de lo nacional resulta una invención.
En Europa hay ejemplos similares. La guitarra, que suele representar a lo español, tiene una conexión árabe. En América, esta fue transformada en los charangos andinos, el cuatro de los llanos colombo–venezolanos, el tiple colombiano, el cavaquinho brasileño, o la jarana veracruzana; todos tuvieron su propio proceso de transformación y adopción. No es el origen lo que determina, sino la significación que tiene para nosotros.
La chirimía ha jugado un rol importante en nuestra historia musical, pero es indudable que ha sido enarbolada por una élite citadina, por poner un ejemplo, con un imaginario sonoro: “El llanto de una raza“, por cierto bastante alejado de la percepción que de ella tienen los mayas, que se deleitan por su brillantez y fuerza sonora.
El tun, hoy en día, es más referido en los textos, representado en la retórica de los actos cívicos, exaltado en poemas y enarbolado como instrumento nacional como expresión fehaciente de nuestra guatemalidad. Desde los tiempos coloniales fue perseguido, se asociaba al diablo, y por lo tanto su uso fue satanizado. Hoy las expresiones del mismo cada vez son más escasas, a pesar de ser el vehículo instrumental del baile drama precolombino el Rabinal Achí, patrimonio de la Humanidad. Me pregunto, ¿cuál sería la suerte de este instrumento sino existiera esta resistencia maya a la que me referí al inicio de esta entrevista?
PERFIL
Etnomusicólogo, INIDEF, Caracas, Venezuela. Antropólogo, Escuela de Historia, Usac. Estudió en el Conservatorio Nacional de Música.
Autor de artículos sobre las músicas publicados en Guatemala, México, Venezuela, Colombia y España.
Participó, junto a otros colegas de Hispanoamérica, en la edición del libro A tres Bandas: Mestizaje, sincretismo e hibridación en el espacio sonoro Iberoamericano (Akal, España, 2010).
Autor de los libros: Aj, Instrumentos Musicales Mayas (Universidad Intercultural de Chiapas, 2005) y Maderas de mi Tierra, Embajadora Musical de Guatemala (2010). Es co–editor de la Revista de Entomusicología Senderos.
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