Revista D

Son unos santos

Tuvieron vidas ejemplares y por eso alrededor de ellos se tejieron historias que los llevaron a ser considerados santos.

Por Roberto Villalobos Viato

Feligreses de todo el país llegan los miércoles a la iglesia La Merced para pedirle a San Judas Tadeo que interceda por ellos en sus peticiones.
Feligreses de todo el país llegan los miércoles a la iglesia La Merced para pedirle a San Judas Tadeo que interceda por ellos en sus peticiones.

El silencio inunda el templo de La Merced, en la capital. Decenas de fieles llegan todos los días para rezarle a Jesús o a la Virgen. Los miércoles acuden los que creen en los milagros de San Judas Tadeo, conocido como el "santo de las causas perdidas"; el que hace posible lo imposible.

Precisamente a mitad de semana, el recinto luce lleno. Tanto así que se observa un continuo desfile de devotos. Unos muestran un rostro de aflicción, de agobio, de tristeza. Otros llegan en procesión solemne, con semblante serio, como señal de respeto.

Afuera el ambiente es bullicioso. En los alrededores hay cererías y comercios de objetos religiosos.

Desde ahí empieza una retahíla de muestras de fe. De hecho se santiguan al solo ver el templo.

Luego compran un arreglo floral de Q20, caminan hacia la entrada y se persignan. Al estar frente al altar, repiten el acto de fe.

Después se dirigen al pasillo izquierdo. Al fondo está la imagen de San Judas Tadeo. Ahí, se persignan otra vez.

Una señora recibe las decenas de flores y las coloca al pie de la pintura colgada en lo alto de una pared cubierta por una cortina de color rosa pálido.

Frente al cuadro se congregan los devotos, hombres y mujeres de todas las edades.

Pese al griterío del exterior, adentro solo hay un pesado silencio. Tan solo se escuchan los susurros de las plegarias y el eco de los pasos de quienes entran o salen.

“San Judas Tadeo, ruega por mí y por todos los que piden tu protección”, se alcanza a descifrar de los labios de una señora con el cabello cano.

Algunos permanecen de pie. Otros están hincados. Hay gente de todos los estratos sociales. De hecho, se ve a una mujer con pulseras y reloj de oro que reza con fervor por la enfermedad de un familiar. Al lado, un viejecillo encorvado, con bastón, sombrero desgastado, caites y morral, que también le reza a la imagen del santo.

En abril del 2014, el papa Francisco canonizó a Juan Pablo II y a Juan XXIII, de quienes dijo que fueron “sacerdotes, obispos y papas que conocieron sus tragedias, pero no se abrumaron. En ellos, Dios fue más fuerte”.

Ahí es donde se dilucida que el dolor, la aflicción y los temores terrenales son iguales para todos, sin distinción alguna.

Frente a la imagen hay un pequeño buzón donde se depositan fotos y peticiones. Cerca está un biombo con un montón de plaquitas donde la gente le agradece al santo por los favores concedidos. “San Judas Tadeo, rey de los milagros”, dice una de ellas. “Gracias por el favor que nos has dado”, se lee en otras.

La veneración a los también llamados intercesores data de varios siglos atrás. “La vida de los santos es como un catecismo en imágenes; una ilustración de los valores contenidos en el Evangelio, para trasladarlos, con coraje y coherencia, a la vida cotidiana”, decía el clérigo belga Leo Jozef Suenens.

El sacerdote Hugo Estrada, de la iglesia La Divina Providencia, zona 8, refiere que “los santos son ejemplo para la Humanidad, pues sus actos van apegados a las buenas acciones, al amor a Dios y al prójimo”.

Estrada, asimismo, aclara que no hay que confundir veneración con adoración. La primera es una especie de honor; los santos, por su unión con el Señor en el cielo, median por la humanidad. “Son guías a la santidad y nos ayudan a crecer en virtud”, insiste.

La adoración, en cambio, solo se entrega a Dios.

Para llegar a santo, la doctrina católica exige que se le comprueben varios milagros antes de considerar la beatificación y la subsiguiente canonización. Solo el Sumo Pontífice, a través de las recomendaciones de la Congregación para las Causas de los Santos, del Vaticano, puede decidir quién merece ser elevado a los altares.

Además, se aclara que cualquier bautizado puede convertirse en virtuoso, aún si es laico. “Cada uno tiene que ver cómo es su entorno, cómo es su trabajo y santificarse partiendo de ellos. Todos debemos aspirar a la santidad, tratando de perfeccionar nuestra vida cristiana en el trabajo cotidiano”, expresó en cierta ocasión el cardenal portugués José Saraiva Martins, prefecto emérito de esa Congregación vaticana.

De hecho, la idea del Concilio Vaticano II es que el llamado pueblo de Dios alcance la santidad.

Piden su intercesión

Según la tradición católica popular, a los santos se les atribuyen funciones específicas. De esa cuenta, de San Blas se dice que media para curar las enfermedades de la garganta o que San Antonio de Padua encuentra pareja u objetos perdidos.

Asimismo, cuando llegaron a Guatemala, las órdenes religiosas promovieron el culto a sus sacras figuras, como San Raymundo de Peñafort, dominico; Santa Teresa De Ávila, carmelita descalza; San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier, de la Compañía de Jesús (jesuitas).

Para que sus plegarias sean atentidas, los feligreses ofrendan acciones espirituales, por ejemplo ayuno y oraciones. A la vez, hay quienes dejan un obsequio como medallitas, velas o flores. En otros casos, peregrinan a lugares considerados sagrados o publican agradecimientos en los periódicos.

Cada 28 de octubre, cuando se celebra a San Judas Tadeo, La Merced luce abarrotada. Los devotos dan gracias por los favores del santo repartiendo golosinas, panes y tamales.

“Le pedimos para que nos permita pagar las deudas que nos dejó la pérdida de un negocio familiar”, cuenta Carla Álvarez.

Este santo fue uno de los apóstoles de Jesús —no el Iscariote, sino el hermano de Santiago—. Predicó en Mesopotamia y luego se marchó con Simón a Persia, donde ambos sufrieron el martirio en la ciudad de Suanis, según la tradición recogida por el martirologio romano.

En sus Revelaciones, Santa Brígida cuenta que Jesucristo la exhortó a que cuando necesitara conseguir ciertos favores los pidiera a través de la intercesión de este apóstol.

El catolicismo le adjudica el don de mediar para conseguir empleo, casa o para la cura de enfermedades. También hay algunos que le rezan para que los ayude a recuperar a su pareja. Estrada dice que, en cualquiera de los casos, hay que hacerlo con fe.

Otro de los más venerados es San Isidro Labrador, cuya fiesta es cada 15 de mayo. Aboga por las causas agrícolas. Se le atribuyen 438 milagros, entre ellos, hacer brotar un torrente de agua de una roca, para así calmar la sed de su amo. También se dice que, con sus oraciones, salvó a su hijo Juan luego de que este cayera a un pozo.

Es el patrono de Ixcán, Quiché, y de Puerto Barrios, Izabal, donde es común escuchar “San Isidro, pon el agua y quita el sol”. De acuerdo con el historiador Fernando Urquizú, otros virtuosos a los que popularmente se les pide por una buena temporada lluviosa son San Juan Bautista, San Bernardino de Siena y San Antonio de Padua.

También existe una categoría que el imaginario social cataloga como santos, pero la Iglesia Católica no los considera como tales. A su alrededor se tejieron fantasías no documentadas, por lo que se les retiró del santoral. Entre ellos, San Cristóbal, que en Guatemala es considerado patrono de los pilotos. El libro Vidas santas y ejemplares indica que este personaje se llamaba Adócimo, quien era un gigante. Se dice que un día pasó a un niño a través de un río; ese infante era Jesús. Después de dicho acontecimiento cambió su nombre.

Otro caso es el de San Jorge, patrono del reino de Aragón, España, e Inglaterra, y también tradicionalmente de los Boy Scouts. Vidas santas y ejemplares señala que se le dedicó una iglesia en Lidda-Dióspolis, Palestina, pero aparte de eso no se sabe nada de él, solo lo que cuenta una historia escrita por su ayudante Pasícrates, que dice que San Jorge domesticó a un dragón cuando iba a matar a una princesa.

Hay otros que están reconocidos pero no son objeto de veneración; por ejemplo en Guatemala se pueden mencionar a San Carlos de Borromeo, San Caralampio y San Expedito.

Pero, sin importar que muchos de estos personajes estén o no en el santoral, sus devotos seguirán confiando en ellos, porque como dicen, “la fe mueve montañas”.

Santos falsos

El semanario católico Desde la Fe, editado por la Arquidiócesis de México, recién publicó una lista  de personajes a los que la gente considera santos, pero que en realidad no lo son. Entre ellos están Jesús Malverde —conocido como el santo de los narcotraficantes—, Juan Soldado, El Niño Fidencio, La Cabora y la Santa Muerte, que en el país vecino tiene una gran celebración.

*Lea el documento completo en la edición impresa de la Revista D del 1 de noviembre del 2015.