Revista D

“Soy un Beethoven a la fuerza”

Joaquín Orellana es una de las mentes prodigiosas de la música académica de Guatemala y Latinoamérica. 

Por Roberto Villalobos Viato

El maestro Joaquín Orellana en su estudio, en el Centro Cultural Miguel Ángel Asturias. Foto Prensa Libre: Álvaro Interiano
El maestro Joaquín Orellana en su estudio, en el Centro Cultural Miguel Ángel Asturias. Foto Prensa Libre: Álvaro Interiano

Genio es quizás la palabra que mejor describe al compositor y músico Joaquín Orellana Mejía. Es uno de los grandes de Latinoamérica, sin duda alguna. 

Hoy, a sus 85 años, se mantiene activo. Se le encuentra muchas veces en un estudio del Centro Cultural Miguel Ángel Asturias, donde, además, se guardan algunos de los útiles sonoros que ha creado —algo más de 40—.

El maestro Orellana Mejía nació en la Ciudad de Guatemala, en 1930. Se puede pensar que es una persona seria —que sí lo es, por supuesto— pero tiene un increíble sentido del humor. “No tengo juventud, sino ‘viejentud’; mentalmente tengo 15 años”, dice con una gran sonrisa.

Estudió en el Conservatorio Nacional y luego, con una beca, terminó de asentar sus conocimientos en el Instituto Torcuato di Tella, de Buenos Aires, Argentina, donde se familiarizó con la música contemporánea de vanguardia y donde desarrolló diversas técnicas electroacústicas.

Algunas de sus grandes obras son: Contrastes (1963), Metéora (1968), Imposible a la X (1980), Ramajes de una marimba imaginaria (1990) y Sacratávica (1998).

¿Cuál es su definición de música?

Los más lindos conceptos son los que emplean los conservatorios, que dicen que es el arte de combinar los sonidos y el tiempo en una forma agradable al oído y al espíritu. Para mí, toda fuente sonora puede ser música con la condición de que sea coherente y orgánica.

Perfil

  • Joaquín Orellana Mejía nació en la Ciudad de Guatemala en 1930.
  • Estudió violín y composición en el Conservatorio Nacional de Música.
  • Obtuvo una beca en el Instituto Torcuato di Tella de Buenos Aires, Argentina (1967-1968).
  • Incluyó medios acústicos en su música desde principios de la década de 1960.
  • Algunas de sus obras destacadas son Contrastes (1963), Metéora (1968), Humanofonía (1971), Malebolge (Humanofonía II) y Entropé (1972), Primitiva I y Asediado-Asediante, Itero-tzul (1973), Sortilegio (1978), Rupestre en el futuro (1979), Imágenes de una historia en redondo (Imposible a la X) (1980), Híbrido a presión (1982), Evocación profunda y traslaciones de una marimba e Híbrido a presión (1986).

¿En qué momento se dio cuenta de que la música era lo suyo?

Creo que lo heredé de mi padre, quien acostumbraba tamborilear rítmicamente los dedos contra la mesa o mover continuamente los pies contra el piso. Así que fue él quien me pasó esta “enfermedad”; es algo congénito.

¿Por qué le dice enfermedad?

Porque la mente no me deja ni dormir. Por eso, lo que hago es emborracharla. Pero no me emborracho yo, solo la mente —ríe—.

Cuénteme, ¿cuándo fue la primera vez que tuvo un contacto, digamos, formal con la música?

Fue en la banda del colegio San Sebastián, cuando tenía unos 9 años. Pero le confieso que antes ya tenía una tendencia obsesiva por el ritmo y el sonido. Contaba mi mamá que yo había compuesto una cancioncita cuando tenía 6 años, inspirada en tres patos recién salidos del cascarón.

Además de la música, ¿en qué se entretenía su mente cuando era niño?

Mire, a mí me apasionaban los misterios de la Edad Media y las cosas del mundo oculto. Todo eso me hizo descubrir una infinidad de cosas. A los 10 años, por ejemplo, había leído a Stefan Sweig, Friedrich Nietzsche y las biografías de Ludwig van Beethoven, Rembrandt y Miguel Ángel Buonarroti.

¿Cómo desarrolló su oído?

Todos los estímulos a los que me exponía desarrollaron mi mente auditiva, que es donde está el talento y la creatividad. Así fue que empecé a traducir toda emoción estética en sonidos. Luego ingresé al Conservatorio Nacional de Música, alrededor de 1945, cuando era un quinceañero.

Primero la teoría y luego la práctica. ¿Concuerda con ese enunciado?

Eso es discutible. Tuve un maestro alemán, bastante riguroso, y decía eso mismo, que primero había que conocer y luego componer, pero, para mí, la creatividad se manifiesta por sí sola. Yo tenía la necesidad de expulsar muchas cosas y librarme de las obsesiones, así que componía en la clandestinidad.

En 1963 presentó el ballet Contrastes, una de sus obras más aclamadas.

Gracias a ella gané una beca para estudiar en el Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales del Instituto Torcuato di Tella de Buenos Aires, Argentina, entre 1967 y 1968. Allá tuve la oportunidad de integrarme a la vanguardia musical de la época, influida por Europa, pero apegándome a la obra de Schönberg, quien, hacia 1915, había cambiado el sistema tradicional de la música legado por los románticos y modernos como Stravinsky. Había creado, por ejemplo, una especie de envés músical.

Otra de sus grandes obras es Metéora. ¿En qué se inspiró?

En la antigua ciudad griega que lleva ese nombre. Recuerdo haber visto folletos turísticos de ahí y me impresionaron sus monasterios, los cuales están en la orilla de un precipicio. Entonces me imaginé cómo hubieran sido los cantos de esos monjes a esas alturas. Así que, de alguna forma, Metéora es telúrica. En Argentina me las ingenié para que un piano vertical llegara a tener un staccato, corta pero con pedal libre, para que la resonancia diera la idea de voces inauditas.

¿Cómo se desarrolló su carrera al regresar a Guatemala?

Me encontré en crisis, porque no sabía si seguir siendo parte de la vanguardia europea o componer algo nacionalista y convertirme en un obsoleto o trasnochado. El desemboque afortunado fueron las Humanofonías. Entonces me dediqué a grabar los ambientes de nuestros paisajes sonoros y, como cualquier guatemalteco, observé que la marimba es una constante.

Entonces las Humanofonías fueron el embrión de todo esto —el estudio donde se efectuó la entrevista está lleno de sus útiles sonoros—.

Así es. Pero le cuento que también soy un músico “normal”, porque cualquiera podría pensar que todo esto es de un músico loco… bueno, tal vez lo soy un poco —ríe—.

¿De verdad cree que tiene algo de esa locura, como usted la llama?

Mire, lo que pasa es que existe la locura creativa. Eso cada quien lo siente y proyecta de distintas maneras. Es algo así como aquella persona que le da por cantar en la calle. Para ella es un placer y sucede de manera espontánea, pero dentro de las normas sociales eso puede parecer propio de un loco. ¡Pero solo es alguien que desea cantar! En mi caso, lo que quiero es crear.

Y esto es parte del resultado… A propósito, ¿por qué los llama útiles sonoros y no instrumentos musicales?

Porque un instrumento es el resultado de siglos de evolución en cuanto a sus capacidades de mecánica y técnica; además, son muy versátiles. En cambio, los útiles sonoros se conciben para crear música donde para muchos no la hay y, además, se agotan rápido en sí mismos.

¿Cuántos ha creado?

Siempre me parece que no sé cuántos son —ríe—. Creo que más de 40.

Algunos dicen que su música es mística. ¿Usted lo es?

Un místico diabólico, tal vez —ríe—. Pero considero que no se me puede definir solo porque escucharon una obra mística, porque tengo música agresiva y subjetiva. Aunque lo que he creado es diverso en tendencias, hay una secreta unidad, que solo sé yo.

¿Cuáles son sus obras preferidas?

Bueno, algunas están mejor integradas en cuanto a la estructura compositiva. En el ballet Contrastes manejé el contrapunto a tres voces, lo cual admiro porque, de verdad, me exprimí la sheca. La orquestación tiene la riqueza que necesita ese tipo de obra. Pero también me gustan aquellas que son denunciantes, despojadas de adornos estéticos para que el mensaje sea directo.

¿Como Imposible a la X?

Exacto, porque está bien enmarcada dentro de la música idealista o ideológica.

Esta hace referencia a la guerra interna de Guatemala, ¿cierto?

Así es. Esta obra fue hecha dentro de un sentido pesimista, pero con una fórmula matemática humorística. Significa que la paz es imposible a la X.

Veo un aparato especial que lleva en su oído izquierdo. ¿Cuándo empezó a perder la audición?

Fíjese que no sé si es por un asunto degenerativo o si fue por un golpe. Hace varios años me asaltaron, me empujaron y caí contra unas gradas, dándome un golpe en la parte de atrás de la cabeza. Me libré del robo tras huir en un taxi, pero coincidentemente, a partir de entonces, empezó un descenso en mi audición. Así que puede decirse que soy un Beethoven a la fuerza.

¿Este problema le ha imposibilitado trabajar?

Más bien es una molestia. No he perdido totalmente la audición, pero sí la percepción de las frecuencias altas.

¿Se arrepiente de algo en su vida?

Solo creo que el arte es una maldición, sobre todo cuando se nace con talento pero en un lugar donde hay analfabetismo cultural.

¿Cómo en Guatemala?

Exacto. He pasado por muchas satisfacciones, pero también he tenido muchas adversidades y amarguras. Hubo veces que iba en la camioneta, se me ocurría un tema y lo apuntaba, pero al rato pensaba: “no, mejor no”.

¿Por qué?

Porque se me iba a ocurrir una obra y luego me iba a topar con que nadie hubiera querido invertir. En el 2013 redacté un documento en el que expresé que tendría que haber sido subvencionado 40 años atrás. Pero hoy ya hay más gente que aprecia mi obra; antes era un reducido grupo.