Opinión

LA BUENA NOTICIA

Tres montes de conversión

Víctor Hugo Palma Paul

Víctor Hugo Palma Paul

Pocas escenas bíblicas causan el estupor que produce leer el famoso “sacrificio de Isaac” en la Buena Nueva de hoy: Abraham, hombre justo, amigo de Dios, favorecido con el milagro de un hijo nacido en entrada ancianidad, choca de pronto con un rostro inesperado de su “Dios bueno”: este le pide nada menos que a su hijo en sacrificio, al “único y amado” en oblación. En 25 siglos de fe judeocristiana muchos han llamado a Génesis 22 “el sacrificio de Abraham”, pues al final es este quien agoniza, quien como “padre amante” vive la “extrema angustia” al serle pedido renunciar, no a lo malo, sino a lo bueno y amado. Pero él cree, a pesar de todo, en el Dios exigente en extremo, al que hay que confiarse también el extremo, diría S. Kierkegaard en su comentario a Génesis 22 (“Temor y temblor”, 1833). Otro creyente hará también una introspección de lo que sentía Abraham ante la orden de Dios: “Oh, Padre Abraham, cómo quisiera tener tu fe, vivida al extremo de creer en un Dios que lo pide todo: subías al monte a ofrecer a tu hijo, pero ya confiabas en que te sería devuelto por Aquel que puede dar vida a los muertos” (cfr. Martín Lutero, Comentario a Génesis 22, 1535).

Así, el primer monte, el Moriah, donde actualmente existen la explanada del Templo y la mezquita de Al Aksa en Jerusalén es símbolo de la conversión por medio de la renuncia radical: es imagen perenne de la “vida que se recobra” (pues Isaac, ya destinado a la muerte, bajó de nuevo vivo de ese monte) solo si se está dispuesto a darlo todo. El camino cuaresmal invita a lo mismo: hay que “subir a un monte empinado, difícil, oscuro”, con disposición a darlo todo, renunciando a lo que se ama en lugar de a Dios, para bajar con una vida nueva, recobrada más allá de lo esperado. En el otro monte del Evangelio de hoy, en el Tabor, la exigencia radical no cambia: donde todo parece claro y agradable, donde Moisés y Elías avalan a Cristo como Mesías; allá donde ya su túnica blanca brilla con el color bíblico de la resurrección; donde Pedro invita a “hacer tres chozas para quedarse allí”, resulta que hay que “bajar, hacer silencio sobre lo visto” y seguir el camino hacia Jerusalén sin comprender “eso de resucitar de entre los muertos”. Ninguna cuaresma es igual a la anterior, pues siempre hay que dejar algo que se ama demasiado (como Abraham a su hijo).

No vale en Cuaresma hacer de la fe una “cómoda complacencia” donde la ética personal y social “tocan solo superficialmente” y sin cambios profundos la realidad de cada día. Ello colocaría al individuo, a su iglesia y a una nación “tan religiosa” en el peligro de hacerse un Dios a la medida. Figura de Cristo, Isaac recobra la vida solo cuando permite que su amado padre lo recueste sobre el altar del sacrificio, si bien no llega a inmolarlo: pero en un tercer monte, el Calvario, otro “Padre que amaba a su Hijo” no tendrá un ángel que le detenga la mano: Él permitirá el sacrificio que salva al mundo, gracias a que Cristo sí lo entregó todo y sin reservas a la voluntad de Dios. Que tales ejemplos de “entrega radical” estimulen una cuaresma chapina lastimosamente herida, no solo por la “naciente cultura de verano, vacación y desparpajo”, sino tal vez por ritos externos y predicaciones sin cambio interno, para que comenzando por llamados “creyentes” Dios vuelva a ocupar un lugar exigente pero importante, radical pero capaz de dar vida, en la cultura de muerte que innegablemente aflige hoy a la sociedad guatemalteca.