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11/03/10 - 00:00 Vida

Fabio deleita y Kaulakau reta

El miércoles 24 de febrero, el Instituto Italiano de Cultura nos obsequió un concierto de guitarra clásica a cargo del maestro Federico Fabio —36 años, Rossano, Calabria—.

POR ARMANDO BENDAñA

El concierto fue estupendo. En la sala nada se movía, salvo la romántica catarata de cristalinas notas que en una cadencia exquisita salían de la morena guitarra del concertista.

Los largos dedos de su mano izquierda hacían una digitación limpia, metódica, inequívoca, mientras que la mano derecha lograba matices notables mediante arpegios, trinos y punteos. Por momentos uno no sabía si la guitarra había adquirido vida o si el hombre se había vuelto instrumento. Y la música, yo lo vi en los ojos de los otros maestros, nos elevó y casi ni respirábamos, no hacía falta: la guitarra nos daba la vida.

En la primera parte del concierto se ejecutaron composiciones italianas contemporáneas de Maurizio Colonna y Ángelo Gilardino. En la segunda parte fue genial la guitarra italiana de la década de 1800 y algunas bellezas españolas de la época.

Entre la concurrencia estaban varios de los mejores guitarristas nacionales. Tuve la suerte de compartir con el maestro Aldor Divassi, de 30 años, quien deferente me guió por los caminos del mundo de la guitarra.

X Festival de Jazz

El miércoles 3 de marzo, en el teatro del IGA, el grupo español Kaulakau es la llave que abre la puerta del paraíso.

El concierto empieza a la hora anunciada. Jordi Molina, en la tenora, instrumento de viento de doble lengüeta y campana de metal, voz dulce, unos dicen que catalana, pero bien podría ser árabe. Enric Cánada, atiende la batería y la percusión.

Como tiene amplificación lo hace con delicadeza, acariciando cueros y metales. Franco Molinari, el contrabajo, especialmente ancho. Marc Egea, en la zanfona, intrincado instrumento de cuerdas que también es conocido como symphonia, gaita del pobre —lyra mendicorum— o viola de roda —vielle a roue—. Suena por el frote de un disco enresinado en las cuerdas y produce variedad de notas que armonizan en texturas como de gaita.

Durante el concierto, con composiciones de ellos mismos, destaca la embelesante voz de la tenora, sorprende la zanfona, impresiona la fortaleza del contrabajo que con sus notas gruesas envuelve a sus compañeros.

Y la que se lleva los cien puntos es la batería. Hace un trabajo estupendo: nunca llega a elevar la voz como lo haría un jazz caliente de Nuevo Orleáns; mantiene y manipula los ritmos con fina elegancia. Y entre todos producen un sonido lleno y limpio, alegre y serio, muy eufónico.


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