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13/01/12 - 00:00 Vida

La humildad tiene recompensa

Tomás esperaba su cumpleaños con ansias, ya que pediría un deseo especial al momento de apagar las velas de su pastel. Tal vez recibiría de algún amigo aquel costoso regalo que tanto le hacía falta o algún familiar le obsequiaría un viaje de placer.

POR REDACCIóN BUENA VIDA

Al acercarse el día salió a caminar por el parque y se sentó al lado de un mendigo, en uno de los bancos más alejados. A Tomás le pareció curioso observar cómo el hombre de aspecto abandonado veía, con una sonrisa que deslumbraba su rostro, cómo dos palomas revoloteaban cerca del estanque.

Se acercó a él con la intención de preguntarle cuál era la razón de su regocijo mientras se sentía afortunado de conversar con el vagabundo, y orgulloso de los bienes que tenía y de las personas que lo querían. Tenía un trabajo estable con el cual había logrado amasar un envidiable patrimonio: una confortable casa, dos vehículos último modelo y una casa de campo en uno de los lugares más prestigiosos. Además, tenía dos hijos a quienes no les faltaba nada y que podían tener cualquier cosa que desearan.

“Caballero, ¿qué pediría usted como deseo en su cumpleaños?”, le preguntó Tomás, seguro de que la respuesta sería “dinero”, y aprovecharía para darle unos billetes y llenarse de gusto por haber hecho la obra de caridad del año.

“Amigo, si pidiera algo más de lo que tengo, sería egoísta. Yo ya he tenido todo lo que necesita una persona en la vida, y aún más”, le contestó el mendigo a Tomás, quien, con mucho asombro, siguió escuchando el motivo de esa afirmación.

“Vivía con mis padres antes de perderlos por un accidente. No obstante, conocí lo que es el amor de padre y madre, pese a que tenían limitaciones económicas”, relató el vagabundo. “Cuando murieron sufrí mucho, pero comprendí que hay otros que nunca experimentaron ese amor, y me sentí reconfortado”, agregó.

“De joven conocí a una bella joven, de la cual me enamoré perdidamente. Un día la besé y estalló dentro de mí el amor apasionado. Sin embargo, no supimos comprendernos y se marchó. Mi dolido corazón se sintió mejor al pensar que muchas personas nunca han sabido qué es sentirse enamorado”, continuó.

“Cuando siento frío y hambre recuerdo la comida de mi madre y el calor de nuestra pequeña casa, y me consuelo al pensar que otros nunca lo han tenido. Cuando consigo algo de pan, lo comparto con alguien y experimento el placer de dar a quien más lo necesita”, añadió.

“Mi querido amigo”, le dijo el mendigo a Tomás, “¿qué más puedo pedir a Dios o a la vida, cuando lo he tenido todo. Puedo ver la vida en su más simple expresión, como esas dos tórtolas que juegan, que no requieren nada, igual que yo”.

Tomás miró al suelo, sorprendido por la grandeza de aquellas sabias palabras que le abrieron los ojos. Cuando volvió la mirada, el mendigo ya no estaba, y un enorme arrepentimiento se apoderó de su alma, por la forma en que su vida había transcurrido. Sin duda, aquel hombre era un ángel que le había mostrado el auténtico sentido de la vida y que había pasado por alto. Fue el regalo más preciado que nunca había recibido.


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