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10/01/13 - 00:00 Vida

Ser leal trae dicha y fortuna

La doble personalidad del mar aún le parecía sobrenatural a Gregorio, pese a que había nacido y vivido frente a su magnitud: unas veces era calmo y desplegaba una indefensa belleza y otras arrojaba su fuerza implacable y a la cual le rendía un intenso respeto.

POR REDACCIóN BUENA VIDA

Él y su inseparable amigo Hilario vivían de la pesca de langostas, una exquisitez para los comensales de lujosos restaurantes que se extasiaban con el sabor del manjar rosado.

Su éxito se derivaba de las enseñanzas del buceo artesanal heredadas de sus antepasados. Los ambicionados crustáceos no se encontraban a una distancia muy profunda, pero para pescarlos era esencial aprender a contener la respiración por períodos desacostumbrados y a rastrearlos. No era mucha la paga que recibían por ese riesgoso trabajo.

Hilario se había percatado con desdén desde hace mucho tiempo de que Gregorio conseguía los mejores especímenes en su zona, al llegar hasta lo más recóndito de las aguas, sitios a los que él temía penetrar. Era, por tanto, quien tenía la suerte de vender al mejor postor sus presas, lo que obligaba a Hilario a quedarse con las suyas, de menor calidad.

Un Hilario harto de contemplar cómo la fortuna sonreía a su amigo llegó al restaurante que solía adquirir las langostas de Gregorio y le dijo al dueño que le vendería la misma calidad de crustáceos que pescaba su amigo, pero a un precio más bajo. El propietario, aprovechando la ocasión de multiplicar sus ganancias, aceptó la oferta.

Un día, Hilario al ver que Gregorio se encontraba afanado en su pesca, le dijo: “He notado que siempre te llevas del mar los mejores ejemplares. Te pido que cambiemos de sector y que tú hagas uso del mío y yo del tuyo”.

Gregorio era un ser pasivo y generoso, y deseaba el bienestar de su amigo, así que aceptó, no sin antes advertirle de los peligros a los que podía exponerse si buceaba en esa zona, sin sospechar la artimaña que había moldeado Hilario para desfavorecerlo. Este ignoró sus recomendaciones y se zambulló a la vastedad marina.

Gregorio, como convino, se dirigió hacia el otro lado de la costa. Sin embargo, percibió cómo el mar rugía desde dentro para transmitir el pronto gozo de hacerse con una víctima que no respetaba su vigor traicionero. Su corazón se inundó de zozobra y corrió hacia donde había dejado a su amigo.

Hilario no había considerado la profundidad a la que debía llegar y sentía que el aire que había capturado en la superficie era insuficiente. Sus fuerzas se agotaban y los escalofríos que le producían las caricias de la muerte lo agobiaban mientras ascendía para volver a la vida. Cuando pensaba que su intento sería póstumo, sintió cómo alguien lo asía fuertemente y le compartía el valioso aire que afianzaba su alma.

Al desprenderse de las aguas y ya en la superficie, Hilario se dio cuenta de que Gregorio lo había salvado. El remordimiento que casi estallaba en sus entrañas no era ni la pequeña parte de la aflicción de haber casi perecido. Con los ojos colmados de lágrimas le dijo a su salvador: “Gregorio, te he fallado de la manera más vil e imperdonable. Pretendí tomar tu lugar con engaño al haber ofrecido las langostas que esperaba pescar a un valor más bajo sin tomar en cuenta los lazos que nos han unido desde la infancia. Me siento el ser más despreciable”.

Su amigo lo miró con compasión y le dijo: “¿Sabes Hilario? Esas langostas que atrapamos nos dan una gran lección, pese a su ceguera. Caminan en fila cuidándose unas a otras de los peligros marinos al adherir sus antenas a las espaldas del compañero que lo precede. Pueden llegar a formar una cadena de hasta cien mil. Ese es el significado de la lealtad en el que la dependencia los mantiene vivos, ya que el daño mutuo los pondría en riesgo de muerte”.

La deslealtad es una sombra que enluta las amistades y los afectos. Por mayor tentación que exista, hay que desviarla con la luz que se somete al buen juicio, a la conformidad y a la rectitud.



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