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17/01/13 - 00:00 Vida

Maravillas brotan al dar gracias

Durante 10 años, Esperanza había intentado infructuosamente quedar embarazada. El destino le había vedado el derecho de ser madre, y la madeja de este fracaso desenredó problemas matrimoniales que desembocaron en el divorcio.

Sola, decidió disfrazar el dolor y se dedicó a atender un pequeño negocio de libros usados que se convirtió en su fuente de sustento y de consuelo.

Una madrugada escuchó un llanto que provenía de la calle. Con suma cautela, abrió la puerta de su humilde casa y vio con asombro que cerca de un basurero había sido abandonado un bebé. Después de asegurarse de que no había señales del responsable de esta acción, tomó al infante y lo llevó a su morada.

La mujer pasó admirando la inocencia y la ternura del recién nacido y le prodigó del cariño que no había tenido desde su nacimiento indeseado.

Ese día lo llevó a las autoridades con el firme propósito de adoptarlo y entregarlo para que se dilucidara el futuro del pequeño. Pasaron los días y fue llamada para darle el dictamen. Sin embargo, la posibilidad de tener un hijo le fue arrancada súbitamente cuando se enteró de que no cumplía con los requisitos económicos para hacerse cargo del niño.

La desolación infinita profanaba de nuevo su vida, pero se prometió que velaría de alguna forma por esa criatura que la llenó de gozo efímero y repentino.

El bebé fue entregado a un orfanato donde se le bautizó como Matías. Esperanza logró indagar sobre la suerte del pequeño y se enorgulleció al saber de que, además de una inteligencia excepcional, rebosaba nobleza y bondad. Fue entonces que la mujer decidió enviarle a Matías un libro cada mes de manera anónima. Se contentaba con seleccionar con gran esmero las mejores obras que caían a sus manos para enviárselas, hasta que se enteró con tristeza de que el joven había abandonado el orfanato.

Por su destacado empeño estudiantil, el joven se ganó una beca para proseguir sus estudios universitarios. Durante toda su infancia, Matías indagó sin respuesta por el origen de aquellas invaluables joyas del conocimiento, pese a que no eran nuevas, por lo que también se propuso descubrir su misteriosa proveniencia.

Años después irrumpió la desgracia en la vida de Esperanza transfigurada en un incendio que consumió su tienda de libros y, con ella, su incierto porvenir. Luego de que la vorágine de fuego aplacara su fuerza, meditó sobre el infortunio que la esperaba.

Pasaron los días y recibió en su casa un sobre con una llave y una dirección. Con su mente impregnada de extrañeza se dirigió al lugar señalado y abrió la puerta. Su estupefacción desmedida sobresaltó su alma al ver que era una librería con los estantes ricamente poblados de ejemplares nuevos y un título de propiedad a su nombre.

Mientras le era imposible contener su júbilo, sintió cómo alguien se acercaba. Era un joven elegante, quien le dijo: “Esperanza, me tomó muchos años dar con su paradero. Mi sueño de estar frente a usted se ha cumplido y ahora solo me resta decirle que cada vez que recibía los libros que me remitía, mi mente absorbía la sabiduría que irradiaban. Me hice un profesional gracias a su apoyo, sin saber que usted era la artífice”.

El corazón de la mujer se hinchó de un indescriptible sentimiento que oscilaba entre satisfacción y dicha. Su pensamiento fue interrumpido por Matías, quien le expuso: “Aunque tardío, siempre fue mi fiel objetivo mostrar agradecimiento. Desde la ventana del orfanato observaba cómo los frondosos árboles expandían sus raíces en la tierra para impedir que se erosionara, porque de ella se originaba su existencia y quise emularlos: Usted es el suelo en el que dio frutos mi vida y ahora yo no dejaré que la suya colapse”.

Existen innumerables formas de ser agradecido, pero lo que interesa es que los sacrificios de los demás jamás se olviden y que merecidamente sean recompensados.

POR REDACCIóN BUENA VIDA /

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