Desbordante de alegría, Gabriel daba por concluida la educación que precedía a la universitaria, tras la cual emprendería el vuelo hacia tierras que solo había conocido por medio de sus libros.
Su más fervoroso anhelo era convertirse en arqueólogo y desvelar los secretos de civilizaciones arcaicas del continente africano. Ernesto, su padre, había soñado hacerlo un diplomático distinguido y que llevara su apellido con orgullo a todos los países a los que viajara.
Cuando se enteró de los deseos de su único hijo, ocultó su resistencia y comenzó a elucubrar un plan para que desistiera de su idea. No quería verse como el culpable de alejar sus ilusiones.
Antes de que Gabriel partiera de la casa paterna, Ernesto le dijo: “Hijo, sé muy bien que ansías escudriñar mundos misteriosos para nuestro conocimiento, pero has de saber que me preocupan las noticias sobre los valladares por los que atraviesan los arqueólogos que han emprendido su viaje hacia esos lugares”.
Gabriel escuchaba con suma atención. Siempre había creído en su padre ciegamente y esta no era la excepción. “Muchos no han regresado, vencidos por enfermedades incurables, ignoradas por nosotros, o atravesados por las armas de los hombres salvajes locales. Por eso te ruego que renuncies a tu idea y que continúes una educación de diplomacia, que te llevará por naciones distantes, pero sin arriesgarte”, continuó el padre.
Un cúmulo de emociones se derramaban en el corazón del joven que debía elegir entre su más cara ambición y la pretensión de su progenitor.
“Padre, sé que la preocupación que sientes por mí no tiene fronteras. Somos el uno para el otro, así que cambiaré de parecer para poder complacerte y evitar que las fatalidades oscurezcan nuestras vidas”, le dijo, obediente, Gabriel.
En la universidad se enteró de que unos compañeros de infancia irrumpían en la ciencia de la Arqueología y se entristeció de no poder emularlos por el destino vetado. Pero se sentía tranquilo de que su padre se sentía satisfecho de su elección.
Corrieron los años y Gabriel se convirtió en asistente de un embajador en un territorio asiático. El padre se vanagloriaba de este primer triunfo.
En las vacaciones se rencontraron padre e hijo. “Veo en ti la vida que siempre aspiré para mí”, le dijo Ernesto. Gabriel se empeñaba en continuar con lo que para él era una farsa y para la que se había sacrificado. No solo era en el aspecto emocional en el que desfallecía, sino también tenía molestias físicas inexplicables, que debía esconder a su padre.
Días después se topó con sus amigos arqueólogos, que visitaban a sus familias. Convertidos en reconocidos descubridores de vestigios, le narraron a Gabriel aventuras inverosímiles de las que nunca había leído ni oído. Su mente viajaba hacia esos lugares a medida que escuchaba los relatos fantásticos.
“Ten”, le dijo uno de ellos a Gabriel, “te hemos traído un obsequio”. Sacaron una piedra, azul como las profundidades del océano y brillante como las estrellas. “Se nos dijo en uno de los mercados donde la compramos, que puede delatar a grandes mentirosos cuando su color se transforma en rojo. Aunque no lo creemos, la adquirimos por cuestión de interés”, dijeron. Gabriel la guardó, agradecido y fascinado con el regalo exótico.
Al día siguiente, Ernesto vio la piedra en uno de los estantes de la biblioteca. La tomó y se la llevó a Gabriel. “Hijo, ¿es esta piedra, roja como el carmín, tuya?”, le preguntó el padre. Gabriel no cabía en su asombro. La miró anonadado y le inquirió: “Padre, ¿no tienes algo que compartir conmigo?, esta piedra ha detectado que me has mentido”. Ernesto, al principio, suponía que se trataba de un truco, pero la mirada imperturbable de su hijo enmendó su pensamiento. “Gabriel, he sido injusto contigo y he truncado tu destino. Te he mentido porque te amo y deseaba lo mejor para ti”, le dijo su progenitor. “Papá, has arrebatado lo que yo más anhelaba”, dijo con un dejo de resignación y de una inconmensurable tristeza que no sería reparada jamás.
Poco después, Gabriel cayó enfermo de muerte, víctima de un virus extraño contraído en Asia, como si la mentira tejida por su padre lo hubiera presagiado, convencido de que había errado irremediablemente.
Confeccionar mentiras para el propio bien es como una sábana con una mancha imposible de quitar. Más vale ser sincero, porque aunque se trate de rectificar el daño de las falacias, este queda impregnado para toda la vida.
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