Vida

Nada las detiene en la vida

Zilpa Arriola, de 27 años, y María José Pérez, 42, son un ejemplo de que a pesar de cualquier discapacidad física, con voluntad se pueden lograr las metas y sueños que se tienen en la vida.

Foto Prensa Libre

Foto Prensa Libre

Las dos mujeres, que perdieron la vista a raíz de padecer retinitis pigmentosa, enfermedad que degenera la retina ocular, lograron su sueño de ser profesionales. Arriola y Pérez hablan sobre cómo ha sido su vida con ceguera, sus retos y sus propuestas para ayudar a más personas con discapacidad.

¿Qué significa vivir con ceguera?

Pérez: Nací bien, pero a los dos años me dio sarampión y eso me dañó la retina, lo cual hizo que se me fuera degenerando. A los 18 años perdí el 80 por ciento de mi vista, y en el 2005 ya no veía nada. Había momentos en los que amanecía viendo menos que cuando me había ido a dormir la noche anterior. Esas situaciones me deprimían.

En el 2007 me enteré de que había un centro de rehabilitación en el Benemérito Comité Pro Ciegos y Sordos de Guatemala, donde a pesar de mi negativa, porque no quería aceptar mi realidad, ingresé y poco a poco logré superar mis limitaciones. Aprendí a usar el bastón y con eso fui más independiente, porque antes mis hermanas me llevaban a todos lados.

En el diversificado me gradué de maestra y ejercí como tal a pesar de tener poca visión. Me las ingeniaba para que no se me notara que yo no miraba, porque eso habría significado un despido.

Arriola: Yo tengo retinitis pigmentosa desde nacimiento. Me lo diagnosticaron a los 7 años, en el hospital Rodolfo Robles. Allí le dijeron a mis papás que tenía que ingresar a la escuela de niños ciegos de Santa Lucía, y ellos no quisieron porque “yo miraba bastante”, por lo que debía hacer una vida lo más parecida a la de cualquier otra persona común y corriente, decían.

Estudié magisterio, pero en el último año las autoridades del centro me dijeron que no podía graduarme porque no iba a poder ejercer la profesión. Mi madre puso una denuncia en el Ministerio de Educación y en la Procuraduría de los Derechos Humanos, y así logré culminar mis estudios. El siguiente año hablé con mis papás, de que ya no miraba y que había que aceptarlo. Me gradué en el 2005 de maestra y en el 2006 entré al centro de rehabilitación del Benemérito Comité Prociegos y Sordos de Guatemala, en el cual necesité solo tres meses y medio para rehabilitarme.

¿Cuáles son los mayores retos que enfrentan?

Arriola: Son varios y constantes. El primero es que hay que tener mucha salud mental, pero siempre dispuesta a ayudar.

¿Cómo fue el proceso en el que aceptaron su condición?

Arriola: Yo lo logré con la integración, porque conocí a gente que estaba en condiciones peores, y tener pequeños logros individuales aumentaba mi autoestima.

Pérez: Yo le preguntaba a Dios por qué me había tocado vivir así, si yo trataba de ajustarme a sus normas. Mis papás también sufrían al ver que no era independiente y no alcanzaba lo que quería. Hasta que llegó el momento en que para poder continuar mis estudios de psicología en la universidad tuve que rehabilitarme obligatoriamente; así acepté mi condición.

¿Cómo fue reintegrarse a la sociedad después de la rehabilitación?

Arriola: Cuando te dan el bastón es terrible. Entiendes que ese día marca un antes y un después. A partir de ese momento la gente te ve con un bastón y eso es un estigma y algo que te desliga de la estética femenina. Muchos admiran que sea mamá de gemelos, por el hecho de ser mujer y tener a cargo una familia, trabajar, ser profesional y hacer proyectos para otras mujeres.

Pérez: Algunos nos ven con lástima, otros como incompetentes, pero hay quienes nos ven con admiración.

¿Con qué adversidades se encuentran a diario?

Arriola: Lo único bonito de la ciudad es la sexta; es una accesibilidad plena —ríe—. En todo lo demás hay hoyos por todos lados, banquetas deterioradas, postes y teléfonos públicos mal ubicados y ventas informales que se convierten en barreras.

Pérez: También encontramos barreras en los buses, porque a veces los pilotos nos dejan donde ellos quieran y nos desubicamos. El Transmetro y el Transurbano vinieron a facilitar esta situación, pero no es accesible para todos los que tienen alguna discapacidad física.

¿Cómo podría mejorar la ciudad para los invidentes?

Pérez: Hay muchos instrumentos que protegen a las personas con discapacidad, pero por la poca sensibilidad que se tiene hacia esta población hace que no los tengamos. Si se lograra hacer cambios de infraestructura nos beneficiaríamos bastante.

Arriola: Se debe lograr tener acceso a la educación. Las estadísticas alarman porque solo el uno por ciento de las personas con discapacidad llega a la universidad.

¿Con qué sueñan?

Pérez: Mi sueño más grande es hacer una aportación para la sociedad con discapacidad.

Arriola: Me encantaría regresar a la universidad y dar clases, pero mi sueño grande lo vengo trabajando desde hace tiempo; por eso estudié ciencias políticas, porque quiero incidir de una manera más grande políticamente.

ESCRITO POR: