Revista D

¡Basta de atropellos!

Testimonios de ciudadanos que se alzaron ante sus gobernantes para exigir su derechos.

Por Roberto Villalobos Viato

Fotoarte: Benildo Concoguá
Fotoarte: Benildo Concoguá

La libertad es el bien más preciado del ser humano, pero también el más vulnerable.

¿Se imagina que a usted lo esclavizaran en labores domésticas desde la niñez? ¿Qué tal vivir en un país donde se explotan los recursos naturales sin que la población perciba las regalías, excepto los políticos? ¿Ha pensado en una nación en la que no existan medios de comunicación independientes y, en cambio, tener solo aliados al Gobierno? ¿Qué pensaría si las autoridades prohibieran conducir a las mujeres?

Cosas de este tipo suceden en todo el mundo, todos los días, en mayor o menor medida. La historia de Guatemala, por supuesto, no se escapa de los atropellos a los derechos humanos.

El problema se agranda cuando la población no reacciona, no denuncia y no exige.

Para evidenciar estos abusos, la Universidad Francisco Marroquín (UFM) llevó a cabo a principios de marzo de este año el College Freedom Forum, promovido por la Human Rights Foundation.

Para resaltar el significado de “libertad” invitó a cinco personajes que se han convertido en el símbolo del respeto a los derechos humanos en sus países.

Uno de ellos, el cubano Danilo el Sexto Maldonado, un joven artista del grafiti que fue encarcelado el 25 de diciembre del 2014 por ejercer su derecho a la libre emisión de pensamiento.

En esa ocasión, creando una analogía del libro La rebelión de la granja, de George Orwell, estuvo a punto de completar un performance crítico hacia el régimen castrista. Pintó de verde a dos cerdos y les estampó los nombres “Fidel” y “Raúl”.

A ambos —los marranos— los planeaba soltar en un parque de La Habana, pero la policía detuvo el vehículo en el que se transportaba, con todo y animales.

El Sexto pasó 10 meses en prisión acusado de desacato y, en ese lapso, nunca gozó de su derecho a un juicio.

Video Prensa Libre: Agencia EFE / YouTube

Otro caso de impacto es el del haitiano Jean-Robert Cadet, quien en su niñez fue restavek, como les llaman a los menores que son esclavizados por familias acomodadas. Corrían las décadas de 1960 y 1970. “Debía levantarme de madrugada todos los días para atender al grupo familiar. Para ese momento pensaba que las cosas eran así; no conocía otra forma de vida”, cuenta.

Una de sus tareas consistía en cargar sobre la espalda a los hijos de esa familia, para llevarlos y regresarlos de la escuela.

Cadet, claro, fue el único de esa casa sin recibir educación. Tampoco percibió un centavo por las tareas domésticas que efectuaba.

Así como él, se calcula que hoy existen alrededor de 300 mil restaveks en Haití, y son pocos los que luchan por su libertad. Cadet lo ha hecho en distintos frentes, como desde su fundación, la Jean R. Cadet Restavek.

Por azares del destino, logró salir de su esclavitud. “Aquella familia decidió mudarse a Nueva York, pero estaba tan acostumbrada a la servidumbre forzosa que me llevaron con ellos”, narra. “Allá supieron que tendrían fuertes problemas con las autoridades si descubrían que a mí no me enviaban a la escuela, así como por las condiciones en las que me mantenían”, agrega.

La familia no tuvo más remedio que enviarlo a estudiar. Cadet aprovechó la oportunidad, pero sus “amos” miraban aquello con desagrado. “Terminaron por echarme a la calle”, refiere.

Ahí fue cuando empezó otra etapa difícil, la de indigente. Cierto día, uno de sus maestros lo encontró y le tendió la mano. El adolescente haitiano tomó nuevas fuerzas hasta graduarse de secundaria.

Al tiempo ingresó al Ejército de Estados Unidos. Después estudió en la Universidad, donde obtuvo una maestría en Literatura Francesa. De hecho, ha escrito dos libros en los que relata sus experiencias como sobreviviente de la esclavitud. También ha colaborado con el Grupo de Trabajo sobre las Formas Contemporáneas de Esclavitud y ha testificado ante el Congreso de EE. UU. y las Naciones Unidas sobre el sistema restavek.

Aunque los cambios han sido lentos en su país, al menos ahora la gente sabe que eso está mal y que se debe erradicar.

Ataques

“Sin libertad de expresión, no hay democracia”, afirma Marcel Granier, abogado, periodista y exdirector de Radio Caracas Televisión (RCTV), quien fue otro de los ponentes en el foro de la UFM.

Granier ha afrontado los embates de la llamada Revolución Bolivariana que encabezó el fallecido expresidente venezolano Hugo Chávez y que continúa Nicolás Maduro.

El movimiento chavista, refiere el comunicador, cerró arbitrariamente RCTV en el 2007, ya que su línea editorial era crítica. “El gobierno sabe que controlando la radio, la prensa escrita y la televisión pueden ocultar las actividades horrendas en las que están involucrados, como el narcotráfico, la protección de la guerrilla, el tráfico de armas, el lavado de dinero y otros actos de corrupción”, comenta en entrevista sostenida en el campus de la referida universidad.

Chávez, además, descalificaba públicamente a los periodistas de esa cadena y los tildaba de “fascistas” y “golpistas”.

Para terminar con sus operaciones, confiscó todos sus bienes, lo cual la Corte Interamericana de Derechos Humanos calificó de ilegal. Incluso, sentenció en favor de la restitución del medio, pero hasta ahora, el gobierno de su país no ha acatado pese a estar suscrito a esos convenios internacionales.

“Los venezolanos vivimos en la incertidumbre. Antes éramos un país próspero, hoy la pobreza está más marcada que nunca. Estamos cerca de niveles de hiperinflación, pero parece que la gente ha olvidado cómo estábamos hace unas décadas, cuando había alimentos y medicina”, reflexiona.

Entonces, ¿qué sucedió para llegar a eso? “Los venezolanos no se involucraron en los procesos cívicos. Por eso, los guatemaltecos deben incidir en ellos; deben ser ciudadanos y no dejar en manos de los demás lo que es responsabilidad de uno. La libertad es el bien más preciado del ser humano, pero también el más vulnerable”, agrega.

De violaciones a los derechos humanos también sabe mucho el abogado y activista chino Chen Guangcheng, otro panelista en la UFM.

En estos tiempos existe un concepto de mayor libertad en China, con un crecimiento exponencial que se refleja en rascacielos, supercarreteras, tiendas de lujo, negocios multimillonarios y turismo.

Pero eso apenas es una pequeña parte de lo que pasa en la enorme nación asiática, con millones que viven en condiciones de pobreza.

Chen nació en 1971 en el distrito rural de Linyi, en la provincia de Shandong. Perdió la vista durante su niñez y por eso no recibió educación. Fue analfabeto hasta que, en 1994, pudo ir a la escuela.

Empezó a destacar por defender a personas con alguna discapacidad, pues en su país son tratados de mala manera.

No tuvo problemas hasta que en junio del 2005 denunció a las autoridades de su ciudad natal, ya que obligaban a las mujeres a hacerse abortos forzosos cuando estaban en avanzado estado de gestación, además de practicar esterilizaciones para cumplir con la política de un hijo por familia.

En respuesta, las autoridades lo sometieron, junto a su familia, a arresto domiciliario. Un año después fue acusado de interrumpir el tráfico y dañar la propiedad privada. En un juicio de dos horas, con un letrado de oficio porque sus tres abogados acababan de ser detenidos, fue condenado a cuatro años de prisión.

Salió libre en el 2010, pero las autoridades lo llevaron con su familia a una casa de la aldea de Shangdong, sin permitirles salir ni recibir a nadie y vigilado las 24 horas. Tras fingir estar enfermo, escapó el 22 de abril y se refugió en la embajada de Estados Unidos en Pekín. Luego de negociaciones, acordó permanecer en China, pero al recibir amenazas, salió del país.

En el 2012 fijó su residencia en EE. UU. y, desde entonces ha colaborado con el Instituto Witherspoon y la Fundación Lantos para los Derechos Humanos y la Justicia en la denuncia de las políticas autoritarias chinas.

Manal al-Sharif

En el 2011, la joven tuvo la “osadía” de conducir un automóvil por las calles de Al Jobar, en Arabia Saudita. Aquella acción la grabó en video, la subió a YouTube y se hizo viral. En tanto, ella fue detenida brevemente. Pocos días después repitió la hazaña, pero las autoridades la encerraron por nueve días hasta que  salió bajo fianza.

Desde entonces, al-Sharif se ha vuelto en el rostro visible del movimiento Women2Drive, que promueve el derecho a que ellas se pongan al volante en el único país del mundo que lo prohíbe  —en 1990, un clérigo emitió una fatua (edicto islámico) al señalar de haram (prohibido en sentido religioso) que las mujeres puedan conducir—.

“No solo es manejar un automóvil; es mi derecho a la dignidad”, ha dicho al-Sharif en diversas conferencias sobre derechos humanos. “Lo que intentamos es animar a las autoridades a proteger a las mujeres que conducen, porque no hay transporte público y los choferes privados son muy costosos para la mayoría”, agrega.

Suleiman Bakhit

El jordano es el autor de exitosos libros de cómics que abordan historias de Oriente Medio, procurando así alejar a los jóvenes de  las ideologías terroristas que imperan en aquella región del mundo.

Bakhit dice que muchos,  en lugar de mencionar a Superman o Batman, tienen en mente a Osama Bin Laden o Abu Mussab al Zarqawi, que lideraron la red extremista Al Qaeda. “Los terroristas saben venderse como héroes, como protectores del islam y de la lucha contra occidente”, ha comentado en reuniones sobre Derechos Humanos. “En la sociedad árabe, el honor juega un papel importante. Por eso, en mis historietas trato de reflejar que es más honorable vivir por una causa que morir por algo”.

Bakhit, a través de su empresa The Hero Factory y sus novelas gráficas con superhéroes árabes, espera generar un efecto positivo en los infantes.

Tutu Alicante

Nació en Guinea Ecuatorial, una nación empobrecida pese a sus enormes riquezas naturales, hasta hoy gobernada por el dictador Teodoro Obiang.

En 1993, un grupo de hombres y mujeres, entre ellos el primo de Tutu Alicante, manifestaron pacíficamente frente a la casa del gobernador de Annobón, su ciudad natal, para exigir respeto a los derechos humanos y para hacerle frente a la pobreza generalizada. En respuesta, las autoridades los arrestaron, a otros los mataron. El primo de Alicante escapó, pero, al no encontrarlo, quemaron la casa de su familia. “Con mi padre tuvimos una conversación sobre aquello y me dijo que no había nada que pudiéramos hacer. Me rehusé a aceptarlo”, cuenta.

Al año siguiente se mudó a EE. UU. para estudiar leyes y, desde ahí, dirige la organización EG Justice, que promueve los derechos humanos y la transparencia en Guinea Ecuatorial.