Vida

Julio Dubois, imaginero

Fue un escultor que trabajó en la primera mitad del siglo XX. Su expresión más conocida y lograda fue la de hacedor de imágenes religiosas

Por POR: GUILLERMO MONSANTO

Hay artistas que pese a su importancia tienden a disiparse de la panorámica plástica. Este destino, producto de la indiferencia, ha tocado paulatinamente a casi todos los artistas que durante su lapso activo fueron influyentes en los modos de pensar de sus contemporáneos.

Julio Dubois (1880-1960) fue escultor y pintor desde temprana edad. Su radio productivo abarca, por lo mismo, desde finales del siglo XIX hasta prácticamente el año de su muerte en la segunda mitad del siglo pasado. Entre sus maestros se han identificado a Cipriano Dardón, Pedro Castillo (especialista en la talla de Cristos), el padre Arcadio Escobar (quien enseñó la técnica del dorado a artistas señeros como Mateo Ayala o Enrique Acuña Orantes) y finalmente Santiago González.

La cercanía a este último maestro, el venezolano Santiago González, permite relacionarlo directamente con la generación de Carlos Valenti, Agustín Iriarte, Rafael Yela Günther y Rafael Rodríguez Padilla. Cosmos que, entendiéndolo correctamente, fue la puerta definitiva para la plástica moderna del país.

Su expresión más reconocida fue en el campo de la imaginería estilo colonial. Asumió su papel como “hacedor de imágenes” desde 1906, cuando abre las puertas de su taller en un local que bautizó como “El Arte Cristiano”. Este, en una dirección distinta, todavía es administrado por sus herederos. En ese mismo año realizó la réplica que sustituyó a la imagen de la Virgen del Rosario de Amatitlán destruida en un incendio.

Esta es una de su primeras piezas reconocidas y a las que los fieles acuden por tradición.

Entre la escultura religiosa creada por él destacan la talla de un Pequeño Crucificado que pertenece a la colección del Vaticano, el Cristo Yacente de la iglesia de La Merced de Guatemala (y del que Carlos Haeussler anota hay copias en Beirut, dos en El Salvador y otra en la ciudad de Quetzaltenango), la Virgen de Loreto en la Catedral Metropolitana, un altar realizado en mármol y bronce en el Templo de la Medalla Milagrosa, el Nazareno y los pasos del Vía Crucis de la iglesia del Espíritu Santo en Quetzaltenango.

Esto sin contar la innumerable cantidad de imaginería doméstica que existe en colecciones particulares que fue adquirida en su momento por razones de devoción.

Como artista siempre se expresó dentro de los cánones académicos. Le tocó la dirección de la Escuela Nacional de Artes Plásticas en el período culminante de la pre-Revolución, de 1942 a 1944, cuando asume el cargo a la muerte de Rafael Yela Günther.

En este pequeño período refuerza valores formales en una generación de destacados escultores entre los que destacan Dagoberto Vásquez, Guillermo Grajeda Mena, Roberto González Goyri, Max Saravia Gual, José Luis Alvarez (además de pintor también tallador e imaginero) y otros importantes artífices revolucionarios.

En la actualidad, salvo algo de la obra religiosa, su producción laica es prácticamente desconocida. En septiembre del 2000 se expuso una miniatura del Niño Dios, de aproximadamente dos pulgadas de alto, estofada en oro y encarnada a la vieja usanza, en una retrospectiva colectiva del arte guatemalteco en el Museo Ixchel.

Días de luto, días negros,

marchas fúnebres...

Paulo Alvarado

presto-non-troppo@yahoo.com

Se ha dicho, con ironía, pero también con fundamento, que la danza nacional de Guatemala es la marcha fúnebre

Tan es así, que las luctuosas procesiones de la Semana Santa alcanzan a verificarse inclusive en el mismo domingo de Resurrección, cuando pretendidamente lo que se conmemora es el triunfo de la vida sobre la muerte; y hasta personas poco asiduas al pesado ritualismo funerario, heredado de oscuras prácticas medievales, se agolpan para presenciar los cortejos velatorios, hipnotizados por el ceremonial y las abrumadoras músicas mortuorias que ejecutan las bandas marciales.

Pero si eso dura sólo unos cuantos días al año, el resto del tiempo nuestra sociedad vive bajo el signo de una obsesión mucho menos simbólica y más desgastante: la del duelo, la del “ya no se puede hacer nada”, la del “ya esto no tiene remedio”. Eso es lo que hemos aprendido de nuestros mayores y lo que neciamos con enseñarle a nuestros descendientes: a lamentarnos cuando las cosas no marchan como mejor nos convendría.

Eso por ello que hacerle un llamado a Guatemala (o, mejor dicho, al porcentaje de personas que pudieran responder a tal convocatoria) para que se sumerja todavía más en el sentimiento de infausta pesadumbre que nos ha acompañado desde hace tanto, nunca ha resultado ni necesario, ni oportuno, ni beneficioso. Antes bien, ese perenne espíritu de estancamiento que ha llevado a nuestro país “ad absurdum absurdae mortis” -hasta el absurdo de la muerte absurda- no requiere de quienes lo invoquen, sino de quienes lo espanten y lo expulsen, a fin de ahuyentar esa inveterada capacidad que siempre hemos tenido para poner un semblante de angustia, apenas vemos amenazados nuestros intereses.

Que no se puede defender al grupo de improvisados y codiciosos que, gobierno tras gobierno, quedan instalados en Palacio, a cuales peores los unos que los otros -eso esta claro.

Pero tampoco será vistiendo de negro que vamos tan siquiera a preocupar a las autoridades. Al fin de cuentas, de luto no podrá estar alguien porque ya no puede utilizar un teléfono portátil como emblema de status social, ni emitir cheques pre-fechados para aparentar que no tiene dinero.

Los que estarán de luto son todos aquellos que de veras no tienen para costearse la curación de una enfermedad, ni la instrucción de sus hijos, ni mucho menos cultivar un talento musical, porque insistimos en mantener una sociedad en la que hasta la salud, la educación y la cultura artística son negocios para el usufructo de unos cuantos privilegiados.

Así, de nada sirve que expresemos nuestra admiración por otros pueblos a los que denominamos “más avanzados” que los nuestros, si al mismo tiempo nos hacemos los desentendidos de sus vigorosas políticas sociales, construidas justamente sobre sistemas tributarios bastante mas exigentes que el nuestro, y nos olvidamos que, si han alcanzado una organización social más sólida, ha sido presionando y logrando que sus gobernantes empleen los impuestos, no simplemente rechazándolos.

Acaso el luto no le sienta a Guatemala... y, en vez de marchas de muerte, seamos capaces de inventar un nuevo género musical: el de las marchas de nacimiento.